jueves, 2 de junio de 2016

Desorden por Merlina Meiler

Me he dado cuenta de que hay distintas clases de desorden.

Y que unas se pueden aplicar a las otras para mejorar no solo la convivencia, sino también la tranquilidad interior.

Durante años me han “acusado” de ser desordenada. Cuando era una niña, en mi clóset, la ropa estaba mal doblada o se caía al abrirlo… Bueno, a decir verdad, esto no solo me pasaba de “pequeña”. Yo entendía en líneas generales lo que se requería que hiciese (doblar, colocar una prenda arriba de la otra, sacar una con cuidado para evitar que se arruguen las demás), pero me resultaba difícil sostenerlo en el tiempo.

Por otro lado, en mi vida universitaria y luego laboral, siempre he sido bastante prusiana con respecto a mis obligaciones. Mientras estudiaba, jamás se me hubiera pasado por alto la entrega de un trabajo práctico –mucho menos un examen–, y siempre supe dónde estaban los libros/apuntes que precisaba.

En mi vida profesional, nunca entregué algo después de una fecha límite, me resulta muy fácil encontrar los documentos que necesito (aunque tenga varios encimados), tengo listas de cosas por hacer por día/semana, también uso una lista para ir al súper, la que voy armando diariamente según lo que falta en mi casa. Hasta agendo en mi teléfono todos mis compromisos futuros con alarmas, para que me recuerden el evento un día antes y así estar bien preparada.

También tengo una escala de valores muy clara y me resulta sencillo tomar decisiones basándome en ella.

Ahora, mis clósets están más prolijos que cuando era una niña, aunque muchos de ustedes tal vez no compartirían este punto de vista completamente

Mis conclusiones son:

Todos somos desordenados en algún área de nuestra vida (objetos, responsabilidades, prioridades, etc.).

Por consiguiente, es seguro que seamos ordenados en otra/s.

Tal vez tu primer instinto sea decir que no, pero piénsalo dos veces y habrá algún aspecto en el que te encuentres “en la vereda de enfrente” a lo que habitualmente consideras.

Amigarse con el desorden propio es una buena manera de reconocerlo y de entender que si somos capaces de encontrar el lugar que le corresponde a algo (sea tangible o no), bien podemos hacerlo con la mayoría de las demás cosas.

Cuando el orden o el desorden alteran la convivencia (se trate de adolescentes o de adultos desordenados o con una idea del “lugar que le corresponde” a cada cosa diferente al nuestro), gritar o enfadarse no dará ningún resultado positivo, ya que en general se trata de conceptos diferentes de lo que el orden significa. Hay gente a la que no le molesta una cama sin tender durante todo el día y a otra no se le pasa por la cabeza algo semejante.

En estos casos, la solución más inteligente es sentarse a hablar tranquilamente e intentar llegar a un lugar común (es muy probable que ambas partes tengan que hacer concesiones para esto, incluso cuando se trata de padres e hijos). Una manera de hacerlo en este terreno podría ser: “ocúpate a tu manera de ese clóset/tu escritorio, pero cuando entre a tu cuarto quiero que esté ordenado de esta manera” (explica tu idea de lo que deseas con claridad: sin objetos en el piso, con la cama tendida, la ventana abierta para que se oree, etc.)

En el caso de adultos, el concepto es el mismo: lograr a un acuerdo que conjugue las dos ideas de orden para que todos se sientan cómodos.

Con respecto al orden interno, para mí es la base para que todo lo de alrededor funcione en armonía. Bien vale la pena dedicarle unos minutos.