lunes, 29 de febrero de 2016

Presencias por Merlina Meiler

La vida está hecha de presencias.

Estar ahí es primordial para demostrarles a los demás que los queremos, que nos importan, que somos incondicionales.

En la actualidad, ya no son como eran antes, aunque pueden tener la misma fuerza e intención.

Por un lado, tenemos cada vez menos tiempo para juntarnos, para compartir, incluso para planificar de antemano cuándo nos encontraremos con alguien.

Sentarse a tomar un café o un trago solo para charlar es cada vez más complicado, en especial para quienes tienen variados compromisos laborales y familiares (ni hablar si se trata de alguien con un hobby o afición especial como un deporte o una expresión artística).

Según mi punto de vista, decir que no nos comunicamos con alguien porque “no tenemos tiempo” o no dedicarle un rato de calidad, enfocándonos en ese ser, es una excusa. Siempre hay un momento para detenernos y acercarnos a quien lo espera, lo necesita o, simplemente, queremos que nos tenga presente.

La otra cara de la moneda es que las maneras de comunicarse ahora son múltiples y muy cómodas. Aunque hay quienes dicen que nada reemplaza la presencia física, el verse, tener algún contacto físico como un abrazo, escucharse en persona y todo lo demás que está relacionado con esto, las demás formas de acortar distancias también son muy válidas: el teléfono, el correo electrónico, las videollamadas, incluso las cartas (hoy caídas en desuso), son todas vías de acercamiento hacia nuestros seres queridos.

Las ausencias se hacen notar mucho más que las presencias. Es más probable que a uno le echen en cara no haber estado en cierto lugar o en una situación en particular que haber dado nuestro apoyo aunque solo sea un rato o haya sido inesperado.

Claro que no es fácil dilucidar la medida en la que resulta conveniente que estemos visibles. Hay quienes tienen miedo de resultar cargosos (padres con hijos ya crecidos, por ejemplo) o de ser rechazados (habría que rever la historia personal para ver qué da lugar a este sentimiento), pero en este punto me parece importante tener en claro que es mejor un poco de más que de menos. Para decir esto, me baso en la sensación que es más lindo y placentero sentirnos cuidados de más que descuidados.

Es que como dije en un principio, no hay nada más importante que la presencia para afianzar vínculos, ya sea que se trate de hacer crecer los nuevos o que florezcan y se intensifiquen los existentes.


La vergüenza

La gente suele sentir vergüenza por muchas cosas: Por el físico, por la educación, por la forma de vestir, por la forma de hablar, a veces por las acciones de otras personas, a veces por las propias.

Pero la mayoría de las cosas por las que la gente siente vergüenza, no justifican tal sensación. Uno no debería avergonzarse por sus condiciones físicas, ni culturales, ni nada de eso. Sólo debería sentirse algo así cuando uno daña a alguien teniendo conciencia previa del daño que puede causar.

Debemos tener en cuenta que casi nadie nos rechazará por ser gordos o narigones, o por no ser eruditos en algo, o por no vestirnos a la moda... A la gente, lo que verdaderamente le importa, es que seamos buenas personas... con un espíritu puro, y un proceder limpio y recto.

Si alguien nos rechazara por el físico o cualquiera de esas cuestiones superfluas, no debemos preocuparnos: Esa persona no vale la pena...

No, no vale la pena...

Desconozco a su autor

Sonidos del corazón

Un rey envió a su hijo a estudiar donde un gran maestro con el objetivo de prepararlo para ser una gran persona y un buen gobernante al heredar la corona del reino.

Cuando el príncipe llegó ante el maestro, éste lo envió al bosque. Tendría que regresar después de un año para describir todos los sonidos que escuchara allí.

Transcurrido este tiempo, cuando el joven volvió, el maestro le pidió que hiciera un relato de todo lo que había conseguido oír.

El príncipe le dijo:

"Maestro, pude escuchar el canto de los pájaros, el ruido de las hojas, el regocijo de los grillos, el ritmico croar de las ranas, la brisa rozando el pasto, el zumbido de las abejas, el rumor del viento cortando los cielos... "

Al terminar su narración, el maestro pidió al muchacho que regresara al bosque, para oír todo aquello que fuera posible.

A pesar de estar intrigado, el príncipe obedeció la orden del maestro, pensando: "No entiendo, ya distinguí todos los sonidos del bosque... "

Por días y noches permaneció solo oyendo, oyendo, oyendo... pero no conseguía distinguir nada nuevo, además de lo que ya había dicho al maestro.

No obstante, cierta mañana, comenzó a distinguir sonidos vagos, diferentes a todos los que escuchara antes.

Y mientras más atención prestaba, más claro se volvían los sonidos.

Una sensación de encantamiento se apoderó del chico.

Pensó:

"Esos deben ser los sonidos que el maestro quería que yo escuchara... "

Y sin prisa, permaneció allí oyendo y oyendo, pacientemente. Quería tener la seguridad de que estaba en el camino correcto.

Cuando regreso al monasterio, el maestro le preguntó que más había logrado oír.

Paciente y respetuosamente el príncipe le dijo:

"Maestro, cuando presté atención pude oír el inaudible sonido de las flores abriéndose, el sonido del sol naciendo y calentando la tierra y el del pasto bebiendo el rocío de la noche... "

Luego el maestro dijo al muchacho:

Solamente cuando se aprende a oír con el corazón es posible percibir de las personas, sus sentimientos mudos, sus miedos no confesados y sus quejas silenciosas. Asímismo, podrás inspirar confianza a tu alrededor, entender lo que está equivocado y atender las necesidades reales de cada uno.

No así, cuando se escuchan solamente las palabras pronunciadas por la boca, sin que atiendas lo que está en el interior del ser que las emite y sin oír sus sentimientos, deseos y opiniones reales.

Es necesario, entonces escuchar el lado inaudible de las cosas, el lado no medido, pero que tiene su valor, pues es el lado más importante del ser humano.

Desconozco a su autor