lunes, 18 de julio de 2016

Los motivos no siempre son lo que parecen por Merlina Meiler

Hace poco me sucedió algo que no anduvo por los caminos que yo suponía.

Empecé a tener distintos síntomas físicos, como insomnio (muy infrecuente en mí), mal humor, mala digestión, resfrío…

Como suelo hacer en estos casos, comencé a indagar qué es lo que me estaba produciendo todos estos malestares – claramente, un hecho los estaba desencadenando.

Primero, mis relaciones cercanas pasaron por una lupa.

¡Fue el primer paso más lógico! Es que por lo general, cuando estamos tristes o inconformes por alguna situación relacionada con los sentimientos, nos sentimos mal físicamente.

¿Había discutido con alguien? No lo tenía presente.

¿Alguna persona me había defraudado, herido, molestado, jugado una mala pasada? No, en absoluto.

Estuve un par de días dándole vueltas al asunto, hasta que opté descartar el plano emocional y pasar a otros, para lo cual escudriñé mis actividades habituales una por una, pero nada estaba fuera de lo normal.

Entonces, traté de dilucidar si había algún sentimiento subyacente que provocara esas manifestaciones físicas. Y fui haciéndome preguntas, para ver qué podía descubrir.

Al llegar a: ¿algo me angustia? Una luz roja se encendió.

¡Y afloró más angustia! Di en la tecla, pero, ¿qué es lo que la estaba provocando? Y me vino a la mente algo totalmente impensado.

Unos días atrás, un cliente me había pedido una tarea un poco diferente a las habituales (capacitación en empresas). Implicaba quedarme toda una noche despierta trabajando para cumplir con la fecha límite requerida.

Cuando me propusieron esto, acepté de inmediato. Me parecía lógico encargarme de este tema también, porque estaba relacionado con el servicio que habitualmente les brindo.

De hecho, me pareció un reto interesante.

Pero con el correr de los días, mis síntomas me fueron advirtiendo que ese no era un trabajo para mí. Yo funciono muy bien por la mañana, aunque tenga que levantarme al alba, mas a la noche me resulta difícil concentrarme (y mantenerme despierta, incluso en fiestas).

¿Cómo iba a hacer para tener la atención y la claridad mental suficiente para llevar a cabo esa tarea apropiadamente?

Mi cuerpo me estaba señalando lo que yo no había notado: hay momentos en los que hay que ser realistas y asumir hasta dónde podemos rendir y poner un límite, incluso en el trabajo. Tanto cuando uno es empleado como cuando trabajamos de forma independiente, muchas veces se dificulta saber a qué acceder y a qué no, así como también cuándo y cómo delegar. Surgen miedos, incógnitas, inseguridades…

En resumidas cuentas, mi alivio fue instantáneo al darme cuenta de lo que me estaba haciendo mal. Hallé a una persona para que me sustituyera (por supuesto, muy confiable y responsable) que afortunadamente me hizo quedar bien. Darme cuenta de que no puedo todo y que hay cosas que pueden salir muy bien aun sin mi presencia es, en resumidas cuentas, un peso menos – ¡y una satisfacción!

miércoles, 6 de julio de 2016

Criticando las decisiones ajenas por Merlina Meiler

Estoy un poco cansada de quienes permanentemente critican lo que hacemos, y aun peor, hablan a espaldas de la gente, expresando que lo que los demás han decidido para sus vidas es decididamente incorrecto.

Parecería que -por algún motivo imposible de dilucidar- ellos supieran qué es lo mejor para cada uno de nosotros, y su capacidad de entablar empatía y de relacionarse con los deseos o con las necesidades ajenas fuera casi nulo.

Quienes no osamos pensar como esos seres o tener las cosas “tan claras” como ellos pregonan estamos del otro lado y deberíamos escucharlos un poco más para lograr acceder a la clave de nuestra felicidad.

A estas personas que alardean con aire de superioridad como si tuvieran todo resuelto, con todo respeto, quisiera preguntarles:

¿Qué les molesta si tomamos nuestros propios caminos y nuestras propias resoluciones?

¿Realmente creen que solo ellos saben qué es lo mejor para nuestra existencia?

¿No tienen en cuenta que cada uno necesita sus propias experiencias y que es útil que cometamos nuestros propios errores y equivocaciones, para aprender? Se trate de buenas intenciones o de simples ganas de inmiscuirse en lo que no les interesa, sería interesante que se den cuenta de que hay límites personales que no es oportuno ni bienvenido intentar traspasar.

¿Saben que lo que le hace feliz a cada ser humano es único y especial, y no hay fórmulas prestablecidas ni que funcionen en todos los casos? Tal vez lo que para ellos es fundamental y absolutamente necesario, para nosotros pase completamente desapercibido o sea irrelevante.

¿No tienen algo mejor que hacer con su tiempo que centrarse en la vida y en las decisiones de los demás, como por ejemplo, enfocarse en la suya? ¿O es demasiado difícil o doloroso hacerlo?

¿Quién ha dicho que, por ejemplo, no se puede ser feliz o lograr plenitud por tener una pareja despareja o no tradicional, un trabajo muy exigente o un lugar pequeño para vivir, o por carecer de estudios convencionales o dormir a horarios dispares? Tal vez los demás cuentan con una capacidad de amar o de disfrutar diferente – ¡y completamente válida para cada uno!


Malas reacciones por Merlina Meiler

Muchas malas reacciones están basadas en algo totalmente distinto a lo que las produce.

Vemos a alguien irascible (jefe, pareja, hijo, amigo), que estalla sin motivo aparente. Contesta mal por el solo hecho de hablarle y consideramos que su conducta es desmedida en relación con lo que hemos dicho o hecho.

Yo veo dos posibles motivos para estas actitudes:

1 – Si este comportamiento es habitual, entonces la persona es maleducada, agresiva y poco respetuosa. Su modus operandi es maltratar verbalmente al resto y así obtener lo que quiere (si este es el caso, la mejor opción es abstenerse de su presencia lo máximo posible o poner la mayor distancia que se pueda).

2 – Si alguien de vez en cuando tiene exabruptos que parecen exagerados en función de lo que los ha provocado –y aquí sí que estaríamos enmarcados prácticamente todos, en algún momento o circunstancia–, se trata de personas que solo algunas veces tienen conductas que parecen distar o incluso no tener que ver con lo que las ha provocado.

Quién no ha contestado de manera indebida o desmesurada a alguien y después se ha quedado pensando en por qué ha dicho palabras o tenido actitudes que no tenían correlato con el asunto en sí mismo.

En estos casos, considero que, efectivamente, la reacción no fue generada por lo que sucedió, sino por otro hecho aún pendiente y que nos afecta.

Puede suceder que haya alguna circunstancia actual que nos preocupe o nos afecte en cierto grado y, al no encararla de la manera debida, busca su forma de exteriorizarse por otro lado. Nuestra capacidad de actuar en función del estímulo producido está afectada y reaccionamos mal ante cualquier contratiempo o pensamiento diferente a los nuestros, que no nos gusta o que no esperamos. Es el típico caso de estar muy pendientes de algo o de estar molestos/enojados con otra persona sin poder decírselo, y nos desquitamos con el primer ser que aparece, de un modo impensado.

Este tipo de reacciones también puede estar motivada por algún problemasin resolver del pasado que volvió a presentarse o fue recreado en el presente por lo sucedido: por ejemplo, algo te hizo acordar (consciente o inconscientemente) una situación dolorosa o incómoda, y la única manera que tienes de lidiar con ello es encerrarte en ti mismo mediante el malhumor y una barrera verbal poco amigable para los demás.

La próxima vez que tengas (o alguien de tu entorno presente) una mala reacción, presta atención a las razones subyacentes para ponerle el punto final al tema con un resultado bueno y positivo.