jueves, 7 de abril de 2016

No me tocó a mí por Merlina Meiler

Cuando me enfrento a mis carencias, me acostumbré a repetir esta frase: no me tocó a mí.

Al mirar a mi alrededor, incluso a quien parece gozar de diversas abundancias le falta algo. Se trate de familiares, pareja, trabajo, bienes materiales o alguna cualidad interna, creo que una característica innata de los seres humanos es acceder a algunas cosas fácilmente, a otras con gran esfuerzo y mirar el resto como simples espectadores.

Entonces, me doy cuenta de que no es posible tenerlo todo; pero cuando aquello que no es mío me genera dolor o añoranza al verlo en los demás, o he luchado mucho por alcanzarlo y me ha sido vedado, en ciertos aspectos me resulta difícil sobrellevarlo.

Por eso entendí que, simplemente, ciertas cosas no me han tocado a mí.

Es parte del aprendizaje que me ha tocado vivir y del que nadie está exento, en mayor o menor medida y con distintos grados de visibilidad.

El camino que recorro es este, y aquí es donde depende de mí ser feliz y centrarme en el medio vaso lleno (medio, como mínimo) o dejarme llevar por esos vacíos presentes y enojarme con todos y también conmigo por situaciones que están fuera de mi control y que se han dado de una manera en particular por motivos que tal vez yo nunca sepa.

A veces uno hace todo lo que puede o incluso va más allá de sus límites y no llega al destino deseado.

En estos casos, tiendo a pensar que el destino para mí no era ese, sino otro en el que puedo desarrollarme con facilidad y en el que parece que todo fluye. Esto me da la pauta de que ese es el camino a seguir.

Como decía John Lennon, “La vida es lo que sucede mientras estás ocupado haciendo otros planes”.

Si persigo algo demasiado tiempo y en ello se van grandes esfuerzos y energía, me parece lo mejor aceptar que eso no me tocó a mí, soltarlo y dirigir mis pasos hacia donde sé que podré encontrar amor y felicidad.


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