viernes, 29 de abril de 2016

Todo ya por Merlina Meiler

Vivimos en la época del “todo ya”.

No tenemos tiempo para esperar.

Queremos resultados inmediatos, sin importar de qué se trate.

Los medios que nos rodean no solo no ayudan, sino que incentivan esta carrera desenfrenada.

Lo que muchas veces no tenemos en cuenta es que cada cosa tiene su evolución y su desarrollo y, en muchos los casos, los plazos no se pueden acortar.

Algunos casos que seguramente te parecerán conocidos:

– Tu pareja te pide un tiempo para pensar sobre la relación y, aunque en un principio le dices que sí, no respetas su deseo (en vez de dejar que los días transcurran, comience a extrañarte y, por qué no, a darse cuenta de lo importante que eres para él/ella).

– Hay que seguir un proceso habitual en el trabajo, pero preferimos saltar algunos pasos para terminar cuanto antes y obtener el resultado buscado a la brevedad. Esto puede dar lugar a distintos problemas cuya resolución nos lleve muchas más horas (y fastidio) que las iniciales.

– He visto gente que, cuando está enferma, toma mayor cantidad de los medicamentos recetados por su médico o en intervalos más breves que los indicados, e incluso agrega otros “que le recomendaron” o “que le quedaron de la vez pasada cuando tuvo algo parecido” para acelerar la curación, sin entender la importancia de seguir las indicaciones profesionales y de dejar que las medicinas apropiadas hagan lo suyo para devolvernos la salud tan preciada.

– Estamos pendientes de las respuestas por Whatsapp, miramos cuándo la persona se conectó por última vez, si el mensaje que le enviamos tiene una o dos rayitas y de qué color son, y mientras tanto nos devanamos los sesos ideando motivos por los que no contestó aún… Todo esto me suena a pérdida de tiempo y de energía y, muchas veces, aunque elucubremos teorías dignas de un culebrón o de un policial, el destinatario está ocupado o en un lugar con mala señal y, simplemente, recién lee lo que le enviamos horas después.

El “Todo ya” puede dar lugar a más frustración y angustia, porque los apresuramientos y el deseo de gratificación/finalización instantánea no suelen llevarnos al mejor puerto.

A veces recuerdo con añoranza las épocas en las que no existían los celulares y había que volver a casa para escuchar los mensajes telefónicos que nos habían dejado en el “contestador automático”.

Créanme que amo los teléfonos celulares y considero que son uno de los objetos más útiles que se han inventado en varios sentidos, pero antes de que irrumpieran caminábamos por la calle alertas, íbamos por la vida más despreocupados y, durante las comidas y los eventos compartidos, realmente hablábamos y nos comunicábamos con los demás.

En lo personal, cuando me siento superada por algún apuro imperioso, trato de concentrarme en la palabra PACIENCIA.

Porque me ayuda a enfocarme y a entender que, en la situación que se me ha presentado, tendré que esperar.



lunes, 25 de abril de 2016

Esperando lo mejor por Merlina Meiler

Habitualmente espero lo mejor en todas las situaciones.

Ya sé, esto suena a algo muy lógico y evidente. Si uno hace algo, debe desear que todo salga según lo planeado… pero en muchos casos, no es así.

Nosotros mismos jugamos en contra de lo que estamos haciendo. Porque, según la situación:

. Nos desmerecemos utilizando palabras y frases que no nos permiten sacar a la luz todo nuestro potencial (como por ejemplo, “nunca me sale nada bien”, “si no se concreta, no es tan importante”, “nunca puedo lidiar con este tipo de situaciones”).

. Partimos desde una baja autoestima y así, en lugar de pisar con todo el pie al caminar, temblorosos, solo apoyamos las puntas de los dedos, con la consecuente alta probabilidad de caer.

. No nos involucramos plenamente por miedo, inseguridad, descreimiento…

. Como ya hemos tenido resultados adversos anteriormente, intentamos avanzar pero sin grandes expectativas. Si esta es la actitud, ¿de qué manera uno pone su energía y su mejor esfuerzo para que algo muy bueno suceda?

. Es común boicotearse o “abrir el paraguas antes de que llueva”, lo que es muy similar a hacer las cosas a medias.

Esperar lo mejor es jugarse al ciento por ciento y creer que merecemos lo óptimo.

Es enfocar la energía para que eso que tanto anhelamos sea una realidad.

Es permitir que la vida nos sorprenda y que aquello que pase incluso pueda superar nuestras previsiones.

Implica también saber que las cosas pueden resultar distintas, pero tenemos la entereza suficiente para capear cualquier temporal e igualmente llegar a obtener buenos frutos.

Es tener ese convencimiento interno total y absoluto que esta vez, lo mejor para nosotros realmente sucederá.


jueves, 7 de abril de 2016

No me tocó a mí por Merlina Meiler

Cuando me enfrento a mis carencias, me acostumbré a repetir esta frase: no me tocó a mí.

Al mirar a mi alrededor, incluso a quien parece gozar de diversas abundancias le falta algo. Se trate de familiares, pareja, trabajo, bienes materiales o alguna cualidad interna, creo que una característica innata de los seres humanos es acceder a algunas cosas fácilmente, a otras con gran esfuerzo y mirar el resto como simples espectadores.

Entonces, me doy cuenta de que no es posible tenerlo todo; pero cuando aquello que no es mío me genera dolor o añoranza al verlo en los demás, o he luchado mucho por alcanzarlo y me ha sido vedado, en ciertos aspectos me resulta difícil sobrellevarlo.

Por eso entendí que, simplemente, ciertas cosas no me han tocado a mí.

Es parte del aprendizaje que me ha tocado vivir y del que nadie está exento, en mayor o menor medida y con distintos grados de visibilidad.

El camino que recorro es este, y aquí es donde depende de mí ser feliz y centrarme en el medio vaso lleno (medio, como mínimo) o dejarme llevar por esos vacíos presentes y enojarme con todos y también conmigo por situaciones que están fuera de mi control y que se han dado de una manera en particular por motivos que tal vez yo nunca sepa.

A veces uno hace todo lo que puede o incluso va más allá de sus límites y no llega al destino deseado.

En estos casos, tiendo a pensar que el destino para mí no era ese, sino otro en el que puedo desarrollarme con facilidad y en el que parece que todo fluye. Esto me da la pauta de que ese es el camino a seguir.

Como decía John Lennon, “La vida es lo que sucede mientras estás ocupado haciendo otros planes”.

Si persigo algo demasiado tiempo y en ello se van grandes esfuerzos y energía, me parece lo mejor aceptar que eso no me tocó a mí, soltarlo y dirigir mis pasos hacia donde sé que podré encontrar amor y felicidad.


Dudas cruciales por Merlina Meiler

Antes de dar un paso importante nos vemos abrumados por dudas cruciales.

¿Estoy tomando la dirección correcta?

¿Vale la pena que hable y diga lo que me quedó atravesado o que me ponga en acción?

¿Saldré herido?

¿Lastimaré a esa persona que tanto quiero?

¿Se entenderá lo que quiero decir o seré malinterpretado?

¿Llegó realmente el momento de tomar una decisión?

Si no hago nada, ¿las cosas no se resolverán por sí solas?

¿Es necesario tomar estas medidas?

¿Y si me equivoco?

¿Y si sigo esperando?

MUCHAS DUDAS

Está bien que te hagas estos y otros planteos. Es lógico que afloren antes de actuar. Lo importante es que no permitas que te inmovilicen o que te hagan dudar de lo que quieres alcanzar.

Tal vez busques consejo y te acerques a alguien para exponerle algunas de tus dudas cruciales, pero en definitiva, quien tiene –ahora- o tendrá -a su debido momento- todas y cada una de las respuestas a ellas eres tú.

Porque eres el único que sabe cómo es realmente lo que está pasando, lo que significa para ti y el costo que estás pagando por no haber actuado debidamente, hasta ahora.

Es probable que no sepas aún todo lo que te espera por delante, y que además de preguntas cruciales tengas miedo e incertidumbre. Una vez que empieces a recorrer el camino, te irás dando cuenta solo de cuáles son los mejores siguientes pasos a dar e irás afianzando tu propósito y aclarando el panorama.

Hay cosas que no se pueden ver o incluso imaginar antes de empezar, se van presentando a medida que avanzamos.

En lo personal, pienso que lo que puede aportar una solución y paz interior es tomar la iniciativa y dejar que aflore lo que nos preocupa o inquieta. Ponernos en movimiento para dejar atrás el letargo y los sinsabores, y encontrarnos con nuevas oportunidades de ser felices.

Porque siempre es mejor cometer un error y pedir disculpas que quedarnos con los brazos cruzados ante situaciones que consideramos injustas, inmerecidas o dolorosas, pensando qué hubiera pasado si actuábamos o nos animábamos a intentar lograr un cambio positivo.

Al fin y al cabo, la conciencia a la que tenemos que rendir cuentas todas las noches al irnos a dormir es la nuestra.


Los de afuera siempre opinan por Merlina Meiler

En las parejas, los de afuera siempre tienden a darnos su opinión.

Y muchas veces, ellas influyen en nuestra percepción de cómo van las cosas entre nosotros y el otro integrante del vínculo, aunque no siempre para bien…

Cuando nos dicen algo que no nos gustó sobre nuestra relación, nos suele quedar un sabor amargo y además, por lo general, no tenemos en claro cómo manejar esta información.

¿Le presto atención o es mejor hacer oídos sordos?

¿Solo se trata de una percepción de quien la dijo y poco tiene que ver con la realidad o estoy tratando de obviar algo realmente importante?

¿Si tiene razón, cómo influirá esto en mi vínculo?

Hay dos posibilidades primordiales para entender por qué nos ha dejado pensando o nos altera el comentario que hemos escuchado:

porque nos dimos cuenta de que esa persona ha dado en la tecla con algún terreno en el que tenemos cierta inseguridad, ya sea propia –por baja autoestima o celos, por ejemplo– o realmente generada por el otro (como no darnos nuestro lugar o respetarnos) o

porque sentimos que el parecer de quien nos dio su opinión no está basado en nuestro bien, exclusivamente. Hay quienes gustan de los chismes por el mero hecho de inmiscuirse en la vida de los demás o por sembrar discordia y no tienen ninguna finalidad positiva. Además, les gusta sembrar dudas e incertidumbre. ¡Es sano darse cuenta de estas “malas vibras” y reaccionar para mantenerlas alejadas a ellas y a las personas que las han generado!

Solo tú sabes qué está pasando realmente en tu pareja y en qué medida te sientes satisfecho y pleno en términos generales (ya sabemos que lo perfecto no existe). Tu vara es la única que importa a la hora de determinar si todo está bien o si lo que te han dicho hace eco en algún aspecto que convendría rever o mejorar.

Lo que a otros puede parecerles inapropiado (como, por ejemplo, que la mujer gane más que el hombre, que haya diferencias de edad o de religión o que uno tenga varios hijos y el otro ninguno) pueden ser aspectos que hayas trascendido y que no sean relevantes en absoluto como determinantes del éxito de tu unión.

Entonces, sincérate contigo mismo, sin importar lo que los demás opinen, por más que consideres que sus intenciones son buenas.

Tú eres quien siempre tiene la llave de tu felicidad. ¡No se la entregues a ninguna otra persona!