miércoles, 16 de diciembre de 2015

Dicen que...

Dicen que a cierta edad las mujeres nos hacemos invisibles,
que nuestro protagonismo en la escena de la vida declina
y que nos volvemos inexistentes para un mundo
en el que sólo cabe el ímpetu de los años jóvenes.

Yo no sé si me habré vuelto invisible para el mundo, es muy probable,
pero nunca fui tan consciente de mi existencia como ahora,
nunca me sentí tan protagonista de mi vida,
y nunca disfruté tanto de cada momento de mi existencia.

Descubrí que no soy una princesa de cuentos de hadas,
descubrí al ser humano que sencillamente soy.
Con sus miserias y sus grandezas.

Descubrí que puedo permitirme el lujo de no ser perfecta,
de estar llena de defectos, de tener debilidades,
de equivocarme, de hacer cosas indebidas,
de no responder a las expectativas de los demás.

Y a pesar de ello...

¡quererme mucho!

Cuando me miro al espejo ya no busco a la que fui...
sonrío a la que soy...

Me alegro del camino andado, asumo mis contradicciones.
Siento que debo saludar a la joven que fui con cariño,
pero dejarla a un lado porque ahora me estorba.
Su mundo de ilusiones y fantasías, ya no me interesa.

¡Que bien vivir sin poner el listón tan alto!
¡Que bien no sentir ese desasosiego permanente
que produce correr tras los sueños!

“La vida es tan corta y el oficio de vivirla es tan difícil,
que cuando uno comienza a aprenderlo, ya hay que morirse”.

Desconozco a su autora


El verdadero amor

Un hombre de cierta edad vino a la clínica donde trabajo, para curarse una herida en la mano.

Tenía bastante prisa, y mientras se curaba, le pregunté qué era eso tan urgente que tenía que hacer.

Me dijo que tenía que ir a una residencia de ancianos para desayunar con su mujer que vivía allí. Me contó que llevaba algún tiempo en ese lugar y que tenía un Alzheimer muy avanzado.

Mientras terminaba de vendar la herida, le pregunté si ella se alarmaría en caso de que él llegara tarde esa mañana.

Me dijo, ella ya no sabe quién soy. Hace ya casi cinco años que no me reconoce.

Entonces le pregunté extrañado, ¿Y si ya no sabe quién es usted, por qué esa necesidad de estar con ella todas las mañanas?

Me sonrió, y dándome una palmadita en la mano, me dijo:

'Ella no sabe quién soy yo, pero yo todavía sé muy bien quién es ella'.

Tuve que contener las lágrimas, y mientras salía pensé:

'Esa es la clase de amor que quiero para mi vida;
el verdadero amor, no se reduce a lo físico ó romántico,
el verdadero amor es la aceptación de todo lo que el otro es,
de lo que ha sido, de lo que será, y de lo que ya nunca podrá ser'.

Desconozco a su autor


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En cierta ocasión un reportero le preguntó a un agricultor si podía divulgar el secreto de su maíz, que ganaba el concurso al mejor producto, año tras año.

El agricultor confesó que se debía a que compartía su semilla con los vecinos.

—"¿Por qué comparte su mejor semilla de maíz con sus vecinos, si usted también entra al mismo concurso año tras año?" preguntó el reportero.

—"Verá usted, señor," dijo el agricultor. "El viento lleva el polen del maíz maduro, de un sembradío a otro. Si mis vecinos cultivaran un maíz de calidad inferior, la polinización cruzada degradaría constantemente la calidad del mío. Si voy a sembrar buen maíz debo ayudar a que mi vecino también lo haga".

Lo mismo es con otras situaciones de nuestra vida.

Quienes quieran lograr el éxito deben ayudar a que sus vecinos también tengan éxito.

Quienes decidan vivir bien, deben ayudar a que los demás vivan bien, porque el valor de una vida se mide por las vidas que toca.

Y quienes optan por ser felices, deben ayudar a que otros encuentren la felicidad, porque el bienestar de cada uno se halla unido al bienestar de todos.

Que Dios les conceda la gracia del éxito en sus vidas compartiendo lo que Dios les da.

James Bender