jueves, 7 de mayo de 2015

Sobre el cigarrillo por Merlina Meiler

Soy exfumadora.

Y les quiero contar esta historia.

Tal vez, a algunos de ustedes los entretenga o les resulte útil.

Comencé a fumar como la mayoría de la gente, cuando estaba en la escuela secundaria.

Junto con una amiga, probamos un par de veces y se convirtió en un hábito. (Lógicamente, yo dejé que esto pasara… la adolescencia).

Es que me ayudaba a sentirme más segura, más grande, más decidida.

Luego, en la universidad, muchos de mis descansos del estudio (y también las largas horas frente a los libros) iban acompañados de bocanadas de humo.

Con el correr de los años, se convirtió en un compañero incondicional.

Creo que además, cuando uno no sabe muy bien qué hacer, prende un cigarrillo para “relajarse” y para “concentrarse”, como si las ideas provinieran de una nube de productos químicos.

Nunca fui una fumadora empedernida, un atado (paquete) me podía durar varios días, y por este motivo he escuchado en innumerables ocasiones que “eso no es nada”.

Pero sí lo es.

Porque el cigarrillo causa estragos en dos áreas que considero fundamentales:

La primera es la más obvia: la salud. Fumar 4 o 40 cigarrillos al día es perjudicial. Me pueden decir que el grado de daño no es el mismo, que por supuesto depende de la cantidad (y de la tolerancia de cada persona) y esgrimir otras teorías, ¡pero igual es nocivo!

La segunda área (y no por ello, menos importante) es la personal: genera una relación de dependencia.

Uno está subordinado a un objeto externo para que transcurra un día normal de la vida.

Sin esa cosa perniciosa, el fumador se angustia porque siente que le falta algo y que no podrá desarrollar sus tareas habituales.

Mi decisión de abandonar el tabaco hace ya más de una década se basó en esos dos pilares.

Por un lado, mi salud: ¡era joven y no podía subir un piso de escaleras sin agitarme!

Por el otro, es que ya siendo una mujer y no una niña, decidí no tener relaciones de dependencia con nadie… ni con nada.

Así fue que de un día para otro dejé de fumar y comencé a ir a un gimnasio a caminar en la cinta, con el propósito de llegar a una hora. Comencé con 5-7 minutos (¡era lo máximo que mis pulmones toleraban en ese momento!) y fui aumentando el tiempo hasta que, 1 año después, alcancé mi objetivo (y lo mantengo actualmente) de caminar durante 60 minutos sin agitarme.

Todos tenemos la capacidad de abandonar hábitos dañinos cuando lo decidamos, si tenemos en cuenta no solo lo que deseamos para nuestra vida, sino también aquello que ya no queremos más.

Fuente: Mejora Emocional


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