jueves, 14 de mayo de 2015

Muchas opciones vs. pocas opciones por Merlina Meiler

Desde que tengo uso de razón, siempre me gustó elegir.

Pero con el correr del tiempo, empecé a cuestionarme este tema, ya que conocía personas que se manejaban de otra manera y a quienes, de hecho, la falta de alternativas no les importaba.

Para que quede claro a qué me estoy refiriendo: uno de los recuerdos más vívidos que tengo con respecto a este asunto es el de los perfumes. Conozco gente que durante años usa la misma fragancia, en todo momento y para toda ocasión. Es más, ni siquiera se plantea esto como un inconveniente ni como objeto de discurrimiento.

Algunos, como máximo, tienen dos marcas diferentes que alternan en invierno y en verano o, cuando se cansan de una, usan la otra, para luego regresar a la que estuvo relegada durante algún tiempo.

En mi caso, preciso tener varios perfumes para seleccionar el que mejor se ajusta a mí, según mi estado de ánimo, la ocasión o alguna otra razón puntual.

Y así en (casi) todo.

No se trata de dudar o de carecer de seguridad al tomar una decisión (al menos, no en mi caso), sino que me gusta contar con un abanico de posibilidades delante de mí y siento que algo me falta cuando la cantidad es muy limitada (o no hay cabida para elegir).

Algún hombre avezado y risueño estará pensando “así son las mujeres”, pero lamento contradecirlos en esta ocasión: hay tanto hombres como mujeres que precisan tener múltiples opciones para escoger, y otros que dicen que sí a lo primero que se les aparece y así viven felices y contentos.

De hecho, es probable que estos últimos jamás hayan destinado ni un minuto a pensar sobre esta cuestión, porque lo natural para ellos es tomar lo que se les presenta cuando cumple su finalidad, sin dar tantos rodeos.

Admito que llegué a preguntarme si había algo de malo en mi enfoque (mientras mi colección de perfumes seguía creciendo, cosa que me provocaba felicidad y preocupación al mismo tiempo).

Por suerte, mientras estudiaba mi Master en PNL (Programación Neuro Lingüística), me topé con un concepto que echó luz a este comportamiento.

¿De qué se trata?

A algunos nos gusta que nos permitan optar (y no nos digan exactamente qué hacer, aunque aceptamos sugerencias). Si es necesario que nos indiquen qué se espera de nosotros con exactitud, entonces preferimos que no nos expliquen el “cómo” y explorarlo por nosotros mismos. Nos agrada la variación en ciertos aspectos (aunque el trasfondo sea de estabilidad, como un trabajo o una pareja, variar los detalles nos da un aire que nos hace bien).

Otras personas (cuyo foco de atención es interno) prefieren que les indiquen qué hacer, detalladamente, y no toparse con disyuntivas. Son seres bastante predecibles y, en ciertos casos, rutinarios. Con una respuesta para una pregunta, les alcanza y les sobra.

Esta descripción puede ayudarte no solo a entenderte a ti mismo, sino también a familiares, amigos, compañeros de trabajo e, incluso, a quien acompaña tus días. Además, evita conflictos – ya que puedes comprender el motivo de por qué tu mujer quiere “hacer algo distinto cada domingo a la tarde” o por qué a tu vecino tienes que decirle paso a paso “cómo regar las plantas el fin de semana que no estarás” (horarios, cantidad de agua, etc.).

Ninguna de las dos posturas es desfavorable afortunadamente, y la verdad es que se trata de rasgos de nuestra personalidad (y de la personalidad de los demás) a descubrir, a aceptar y, con el tiempo, ¡a disfrutar!

¿Eres una persona a la que le gusta tener muchas opciones o pocas opciones?



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