viernes, 29 de mayo de 2015

Las mascotas, ¿pueden alterar la armonía familiar? por Merlina Meiler

Tener una mascota es una hermosa aventura.

Esos seres dependientes y fieles que nos brindan amor incondicional, compañía y muchos buenos momentos, ¿pueden llegar a alterar la armonía de nuestros hogares, en momentos de cambio?

Según esta nota publicada por La Nación y escrita por Laura Reina, sí.

A continuación, algunos casos con final feliz.

Cuando Valeria se enteró de que iba a tener un bebe, su gran preocupación fue Leopoldo, su amado bulldog francés que habían adoptado con su marido, Diego, cuando decidieron irse a vivir juntos, ya de grandes. “Leopoldo fue nuestro primer hijo y con él hicimos todo lo que no teníamos hacer. Le dimos un amor infinito, pero con cero límites -reconoce-. Lo pusimos en un lugar que no correspondía. Por eso, cuando quedé embarazada, recurrimos a una especialista porque nos dimos cuenta de lo que se venía. Si no hubiésemos reaccionado a tiempo, la convivencia hubiera sido imposible y, probablemente, habría tenido, con todo el dolor del mundo, que dejar a Leopoldo al cuidado de otra familia”, dice esta abogada, de 38 años, mamá de Baltasar, de siete meses.

A tono con los tiempos que corren, donde las parejas cada vez retrasan más el momento de paternidad y muchas veces depositan ese amor filial en una mascota, los problemas surgidos de la convivencia con animales se repiten hasta el punto de tener que recurrir a un especialista en conducta animal para restablecer la paz y la armonía hogareña. Son muchos los programas y la bibliografía que dan cuenta de estas situaciones de convivencia poco feliz.

Entre los conflictos más frecuentes están los novios que deciden convivir y deben lograr que sus mascotas congenien entre sí o con el nuevo conviviente; lidiar con animales que tienen serios problemas de comportamiento, y conflictos relacionados con las decisiones en torno a la crianza de esos animales, donde uno de los dueños es más permisivo que el otro. A ellos se les suman parejas que, ante la llegada de un hijo, se preocupan por ver cómo integrar a la nueva realidad familiar a una mascota que, hasta ese momento, había sido el centro de la casa, como en el caso de Valeria, Diego y su bulldog francés.

“Leopoldo tenía acceso irrestricto a todos los lugares de la casa, dormía con nosotros, le dábamos de comer nuestra comida mientras nosotros estábamos cenando, se subía a todos lados, incluso dormía encima de Diego. Recuerdo que era imposible tener una reunión en casa porque se ponía nervioso con los ruidos y se angustiaba al tener que compartirnos con otras personas”, relata Valeria, al asegurar que hoy lograron, los cuatro, una convivencia feliz. “Seguimos los consejos que nos dio una especialista, y Leopoldo recibió súper bien al bebé. Verlos jugar nos llena de placer”, cuenta, aliviada, Valeria.

Lejos de ser un tema menor, los dueños de perros y gatos con mal comportamiento padecen las consecuencias del mal carácter del animal. Karina, dueña de Frida, una bóxer de diez meses a la que adoptó con su pareja cuando tenía apenas 60 días de vida, reconoce que hubo momentos en que se preguntaba si podían seguir conviviendo. “Frida era muy desobediente y no respondía a ninguna consigna -describe-. Yo ya había tenido cachorros y notaba que el comportamiento de ella se pasaba de lo normal. Había días que estaba tan estresada que llegaba llorando al veterinario, no sabía qué hacer.”

Después de varias consultas, dieron con el origen de su mal comportamiento: Frida había sufrido un destete demasiado temprano de una madre muy, muy joven. Eso había generado un cuadro de ansiedad que impedía un buen vínculo con sus dueños. Hoy, después de varios meses de tratamiento con una médica veterinaria especialista en comportamiento animal, Karina asegura que Frida es otra perra, aunque reconoce que todavía faltan cosas por trabajar. “Antes de tener a Frida, no tenía idea de que un animal demandara tanto. No tengo hijos, pero sí sobrinos y mi hermana me asegura que le dan menos trabajo que mi perra”.

La pareja debe colaborar, remar para el mismo lado. Lo primero es evaluar el comportamiento de todos y después el ambiente, o sea, el espacio físico disponible porque muchos de los conflictos tienen que ver con la falta de espacio. Razas grandes en departamentos pequeños suelen ser sinónimo de problemas. Con los gatos es posible ampliar territorio con la altura, pero con los perros, no.
Cuando Martín se fue a vivir con su novia, buscó un departamento que aceptara mascotas. Y en plural. Él, dueño de Kamikaze, un perro que en ese entonces era cachorro, y ella, dueña de Zarco, un gato adulto de ocho años, tenían claro que el mayor desafío para ellos era que sus mascotas congeniaran.
“Cuando nos fuimos a vivir juntos, estaba muy en claro la importancia que tenía cada mascota para el otro. Yo no era muy amigo de los gatos; ella, en cambio, se llevaba bien con los perros. Muy de a poco, el gato fue tomando confianza y hoy se acostumbraron a convivir. Si bien no son amigos, se toleran lo más bien”, asegura Martín.

Pero al principio de la convivencia, hubo que hacer acuerdos: aunque Martín se reconoce más duro que su mujer en el momento de poner límites a los animales, finalmente, terminó cediendo y hoy comparte la cama con Zarco, que dormía con su dueña desde antes de la convivencia, y con Kamikaze, que adoptó esa costumbre cuando se produjo la mudanza a su nuevo hogar. “Me daba cosa dejar al perro en el piso y mi novia ni loca dejaba de dormir con Zarco. Lo mejor es dar un trato igualitario, no hacer diferencias”, opina Martín.

En el caso de Estefanía, dueña de Yoko, de seis años, la adaptación de la perra a la presencia permanente de su novio, Iván, fue sencilla: “Congeniaron desde el principio. Cuando conocí a Iván, yo ya tenía a Yoko, y ninguno de los dos tenía chance: debían gustarse. Hoy la perra es de los dos y está integrada a todos nuestros programas, la llevamos a todos lados”, dice Estefanía, que al no tener hijos reconoce que cría a Yoko como si fuera un niño. “Ella es el centro”, admite su dueña, que, como ambos trabajan todo el día, le pide a su mamá que vaya a la casa a cuidar a Yoko para que no esté sola.

Lo que sí hay es una lucha por el espacio de cada uno en la cama: “Yoko dormía conmigo, nos sobraba lugar. Ahora, con Iván hay que acomodarse. Al principio a él le parecía extraño que durmiera con la perra, pero ya lo aceptó”, dice Estefanía, que no tiene planes inmediatos de hijos, con lo cual, Yoko seguirá ejerciendo el reinado por un tiempo largo.

Fuente: Mejora Emocional


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