lunes, 3 de noviembre de 2014

En el Atardecer de la Vida, por Wayne Dyer

Totalmente desprevenidos entramos en el atardecer de la vida. Lo peor de todo es que nos adentramos en él con la falsa presunción de que nuestras verdades e ideales nos servirán a partir de entonces; pero no podemos vivir el atardecer de la vida con el mismo programa de la mañana, pues lo que en la mañana era mucho, en el atardecer será poco, y lo que en la mañana era verdadero en la tarde será falso.

Siempre he pensado que el auténtico objetivo de la vida es ser feliz, disfrutar de ella, y llegar a un lugar en que no estés intentando llegar a otro sitio. Muchas personas se pasan la vida esforzándose para poder llegar a otro lugar. Jamás consiguen llegar. Una de las formas de entender cómo encontrar un objetivo en la vida es regresar a la naturaleza y encontrar la tuya propia.

Es el espíritu lo que da la vida, no proviene realmente de tus padres; todos nosotros provenimos de ese lugar llamado espíritu. Todos, cuando llegamos al mundo, lo hacemos a partir de una gota diminuta de protoplasma humano, de una pequeña mota. Todo lo que había en aquella pequeña mota se convirtió en ti, todo lo que necesitabas estaba en aquella pequeña mota.

Una de las metáforas que siempre utilizo es que durante los nueve primeros meses de vida, desde el momento de la concepción hasta el momento del nacimiento, lo han hecho todo por ti y no has tenido que hacer nada. No te preocupas de qué color vas a tener el pelo o qué aspeccto tendrá tu cuerpo. Es algo que no depende de ti, te rindes ante ello. Yo lo llamo impulso hacia el futuro. Es un impulso que te empuja hacia la dirección en la que se supone que tienes que ir. Y no es que sea ninguna barbaridad plantearse que si todo lo necesario para el viaje físico ya está contenido ahí… ¿por qué no todo lo necesario para el resto del viaje? Todos tus problemas están ahí; todo lo que eres, tu personalidad, está ahí; todo lo que puedes llegar a ser, no solo lo físico, sino todo el resto, si eres capaz de abrirte y lo permites.

Finalmente, nacemos y, como padres, miramos a esa pequeña criatura y solo se te ocurre decir: ¡Buen trabajo, Dios, buen trabajo, no podía ser mejor... ahora nos ocuparemos nosotros! Nos rodea un montón de gente, nuestra familia, nuestra cultura… allá donde vayamos y empiezan a decirnos que no podemos confiar en quienes somos. Tenemos que confiar en algo exterior a nuestra persona, y hacemos un viaje hacia la ambición. Desde que nacemos decimos: “ahora nos ocupamos nosotros”, le estás dando un matiz, estás cogiendo esa perfección y estás expulsando al Creador, estamos “echando a Dios”.

Y ahí aparece el Ego. El Ego es una parte nuestra que empieza a decirnos que no somos una creación divina y perfecta, esa parte de Dios de la cual provenimos. De hecho, nos dice: “tú solo eres lo que tienes”. Se empieza con cosas como los juguetes, para pasar a las cuentas corrientes y a las posesiones. En menos que canta un gallo empezamos a identificarnos en base a esas posesiones.

Empezamos a creer en una serie de creencias que dicen que cuanto más tenga más valioso seré como persona. Por lo tanto, nos pasamos la vida cogiendo a los niños y sumergiéndoles en una cultura que enfatiza ese “más”; casi se convierte en un mantra de ley. Tienes que poseer más; cuanto más tienes más consciente eres de que la gente va a intentar arrebatarte las cosas. Y más te obcecas en protegerlas, y en cómo poder conseguir muchas más. Pero el dilema es que, si eres lo que tienes y las posesiones desaparecen, lo que eres también desaparece en el proceso.

La segunda característica del Ego es que no soy solo lo que tengo, sino que también soy lo que hago. Lo que hago se convierte en eso que llamamos lógica. Y en este caótico mundo que cree que se es lo que se hace nos consumimos pensando que la idea del éxito, del valor y de la valía se basa en cuantas cosas puedas llegar a conseguir. Por lo tanto, tengo que ganar más dinero, tengo que intentar ascender, tengo que competir con todo aquel que quiera arrebatármelo. Esto se nos enseña una y otra vez. A los jóvenes se les enseña, por ejemplo, en la práctica del atletismo. Lo más importante es ser el número uno, somos los números uno, somos mejores que el resto, nos vemos constantemente envueltos en esta noción competitiva, de creer que el mundo está diseñado para la competición. Eso es lo que dice el Ego.

La tercera característica es que soy lo que los otros pìensan de mí, es decir, soy mi reputación. Esto es muy importante entre los jóvenes a quienes se enseña que tienen que vestirse según el gusto de los otros, y que si no les gustas tienes un problema. Si esto te tortura serás distinto cada vez que salgas. Esto es bastante destacable entre las mujeres, sobre todo en relación con la familia. En nuestra cultura y sociedad a menudo se enseña que las mujeres solo pueden realizarse en sus relaciones familiares, ya sea como hijas, ya sea como madres, ya sea como abuelas. Y aunque estos aspectos sean muy importantes y creativos en la vida de cualquier mujer, si esa es su elección no es necesariamente la única opción. Muchas mujeres sienten la vocación de lograr algo grande, de poder hacer una gran contribución, pero, con frecuencia, lo dejan de lado. Así que desde aquí animo a las mujeres a que no desoigan esa llamada, no desoigáis esa parte que os dice que estáis aquí para crear algo poderoso, porque no solo tenéis la capacidad para hacerlo, sino que también tenéis el derecho de hacerlo igual que el resto.

El Ego tiene un sistema de creencias muy resistente que dice que la persona está separada del resto y de todo lo que echó en falta en la vida, todas las cosas que me gustaría tener. Finalmente el Ego nos enseña el error más mayúsculo de todos, nos enseña que estamos separados de Dios. Y una de las cosas más simples que se aprenden en el atardecer de la vida, cuando pasas a la fase del sentido de la vida es darte cuenta de que provienes de una fuente. Podemos llamarla Dios, Tao, no importa cómo la llamemos, esa fuente está en todas partes, no hay ningún lugar donde no esté. Tiene que ser así, porque lo crea todo, todo proviene de esa fuente. Por lo tanto, si está en todas partes, también está en mí. Y si está en mí está claro que también tiene que estar en lo que siento que me falta en la vida.

Si entiendes esto de algún modo ya estás en sintonía, en espíritu, con todo lo que echas en falta en la vida y te gustaría tener. Solo te queda buscar la manera de formar parte de ello y ser consciente de que ya estás en sintonía. A medida que nos acercamos al atardecer de la vida, seguimos las mismas directrices del Ego que aprendimos en el amanecer de la vida, que se basa en la ambición, en ganar, en ser mejores que el resto, etc. Intentamos aplicar estas mismas conductas en el atardecer de la vida, y por eso acabamos viviendo una mentira, porque lo que era verdad por la mañana, por la tarde es una mentira.

El problema es que no sabemos cómo pasar a la fase del sentido de la vida. Se trata de regresar a esos primeros nueve meses, desde el momento de la concepción hasta el momento del nacimiento. Tenemos que llegar a un lugar donde podamos rendirnos y tener la certeza de que no estamos solos, de que nos van a guiar, de que tenemos una naturaleza y de que podemos confiar en ella. No se trata de algo con lo que siempre tengamos que luchar, de lo que siempre tengamos que estar a cargo. Pensad en ello de esta forma: déjate llevar por él en vez de intentar controlarlo todo. Sin embargo, a medida que entramos en la fase del sentido de la vida lo que sucede es que empezamos a pensar en el cumplimiento de un dharma, en cumplir un destino, en algo más profundo, un llamamiento que solo podemos sentir en nuestro interior. Nadie más puede deciros qué es, pero si lo sentís y lo sabéis, ganar y superar a otra gente se vuelve menos importante que sentirse realizado y vivir la vida con un objetivo.

Todas las cosas del universo tienen que ser igual a su origen. Tienes que mirarte y hacerte las preguntas: ¿de dónde vengo? ¿quién soy? ¿cómo soy? En vez de tomar las decisiones desde el lugar que estamos realmente, nuestro auténtico ser, las hacemos desde el Ego, y cuando tomamos una decisión desde el Ego empiezan a suceder todo tipo de cosas que nos alejan de encontrar el sentido de nuestras vidas. Lo juzgas todo basándote en cómo te sientes, ¿estás estresado? ¿tienes miedo? ¿estás enfadado? ¿te sientes bien contigo mismo? ¿sigues un propósito? ¿tu vida tiene algún sentido? Cuando actúas desde la única parte de tu ser que es auténtica, la felicidad es la respuesta. Tu dharma no es algo que tienes que encontrar, es algo a lo que siempre has estado conectado, es tu propósito divino; es más, de hecho, seguirás conectado a ello toda tu vida, pero el Ego lo ha alejado. Ése es el problema.

Lo que intento decir es que llegas a un lugar en la vida en que te empieza a guiar algo que es mucho mayor que tú. Persiste en tus motivaciones y armoniza con el espíritu, con Dios, con la fuente. Sigue así, si insistes, la fase del sentido de la vida empieza a ganar importancia, y cuando empiezas a cruzar el atardecer de la vida es imposible regresar.

(He transcrito la mayor parte del mensaje que Wayne nos regala en la primera hora de la película. No cuento más, debéis verla. La verdad es que llega muy adentro a los que estamos en el "atardecer de la vida", nos sentimos identificados en esa búsqueda.)

Wayne Dyer: El Cambio (The Shift)



Biografía de San Martín de Porres

Fraile dominico peruano

Probablemente nació el 9 de diciembre de 1579 en Lima. Hijo natural del español Juan de Porres y de la afro-panameña Ana Velásquez. Cuando contaba ocho años de edad fue adoptado por un noble español que se encargó de su educación.

Cursó estudios para ser cirujano aunque consagró su vida a ayudar a los más desfavorecidos. Monje en el monasterio dominico del Santísimo Rosario, ingresó en la orden nueve años más tarde. Su servicio como enfermero se extendía desde sus hermanos dominicos hasta las personas más abandonadas que podía encontrar en la calle.

Su santidad se manifestó a través del amor que mostró por los demás y la gran pureza de su vida, especialmente en el cuidado que siempre dispensó a los pobres y los enfermos, enfermero y hortelano herbolario, Fray Martín cultivaba las plantas medicinales que aliviaban a sus enfermos.

Martín de Porres murió en Lima el 3 de noviembre de 1639.

Fue canonizado por el papa Juan XXIII en 1962 y su festividad se celebra el 3 de noviembre. El Gobierno peruano lo declaró Patrono de la Justicia Social.

Biografía de Henri Matisse

Pintor francés líder del fauvismo

Nació el 31 de diciembre de 1869 en Le Cateau-Cambrésis, norte de Francia, en el seno de una familia de clase media.

Su formación es lenta y la alterna con viajes a Londres e Italia. En 1892 abandonó su carrera de abogado y entró en la Escuela de Bellas Artes de París. Su primer estilo consistía en un convencional naturalismo. Realizó muchas copias de cuadros de los maestros clásicos. Estudió el arte contemporáneo, sobre todo el de los impresionistas, iniciando su propia experimentación. Recibió influencias de Paul Gauguin, Paul Cézanne y Vincent van Gogh, cuya obra estudió con detenimiento desde 1899 aproximadamente.

Hasta 1904, período conocido como oscuro, realiza bodegones y paisajes de gran solidez estructural y planos de color, como puede apreciarse en Platos y fruta (1901) y Bosque de Boulogne (1902). En 1904 pinta Lujo, calma y voluptuosidad, en el que sigue el neoimpresionismo, pero ya se anuncia el fauvismo, que estallará en el verano de 1905 en Colliure donde pinta cuadros que todavía siguen de cerca los métodos puntillistas, como Mujer con sombrilla, para alcanzar una libertad y espontaneidad absolutas en otras obras, como Vista de Colliure. Hacia 1905 había producido unas imágenes cuya audacia cromática rompía con todo lo anterior. Entre estas obras destaca Raya verde (Madame Matisse; 1905, Museo Estatal de Arte, Copenhague), un retrato con notas expresionistas de su mujer. Ese mismo año Matisse expuso junto a pintores de la misma tendencia como André Derain y Maurice de Vlaminck. Como consecuencia de esta exposición, el grupo es bautizado como les fauves (literalmente 'las bestias salvajes') por su uso estridente del color, distorsión de las formas y su sentido expresionista en la captación de emociones.

Considerado como líder del radicalismo artístico, se ganó la aprobación de la crítica y de los coleccionistas, como la de la escritora estadounidense Gertrude Stein y su familia. Entre los encargos más importantes que recibió se encuentra el del coleccionista ruso que le pidió unos paneles murales ilustrando temas de danza y música: La Música y La Danza (acabados ambos en 1911; hoy en el Ermitage, San Petersburgo).

Desde 1920 hasta su muerte, pasó mucho tiempo en el sur de Francia, sobre todo en Niza, pintando. Se le encargó la decoración de la capilla de Santa María del Rosario en Vence (cerca de Cannes), que terminó entre 1947 y 1951. Durante sus últimos años, se dedicó al découpage (técnica de papeles gouacheados y recortados), creando obras de un brillante colorido.

Henri Matisse falleció en Niza el 3 de noviembre de 1954.