martes, 22 de julio de 2014

Que no se oxide nuestro corazón

Estamos invadidos por máquinas. Apretamos un botón
y tenemos un mundo a nuestro alcance.
Pero seguimos más tristes y solos que nunca
y no se calma la sed de nuestro corazón.
Procuremos que no se oxide como hierro sin destino.
Procuremos que no lo endurezca el trabajo o el egoísmo,
la soledad o el odio.
Procuremos que siga latiendo siempre al lado de otro corazón.
Aquello que está en movimiento y se utiliza,
ni se oxida ni se atrofia.
Es preciso realizar un buen mantenimiento de nuestro mundo afectivo
y no hay mejor mantenimiento que la acción.

La vida es como ir en bicicleta: uno se cae si deja de pedalear.

Si la función hace al órgano, dice la medicina,
el buen cuidado de nuestra salud psicoecoafectiva
será posible si aprendemos a entender el valor
de nuestras emociones y sentimientos y a darles salida
mediante una acción generosa y solidaria.

Jaume Soler y Mercé Canangla

Biografía de Edward Hopper


Edward Hopper, cuya obra podemos admirar en la exposición del Museo Thyssen, nace el 22 de julio de 1882 en Nyack, en el estado de Nueva York. Su padre, Garret Henry Hopper, originario de New Jersey, posee una tienda de tejidos y de prendas de vestir.

Su madre, Elizabeth Griffins Smith, hereda varias propiedades, lo que proporciona a la familia una situación económica acomodada. La pequeña localidad de Nyack surge en la orilla izquierda del río Hudson, cuarenta kilómetros al norte de Nueva York. A Edward, que ya desde niño es una persona solitaria, le gusta mucho dibujar, una vocación temprana que sus padres alientan.

En 1900, tras graduarse en la Nyack High School, inicia un curso de arte por correspondencia de la School of Illustrating de Nueva York y se plantea ya iniciar una carrera como ilustrador, capaz de garantizar su futuro sustento. Ese mismo año ingresa en la New York School of Art, denominada también The Chase School.



1901-1920

En 1901 cambia de rama dentro de la escuela y se incorpora a Bellas Artes. Entre sus profesores se encuentranWilliam Merritt Chase y Kenneth Hayes Miller. Son condiscípulos suyos George Bellows, Guy Pène du Bois yPatrick Henry Bruce, entre otros. La formación que allí se imparte es antiacademicista: dibujo y color se enseñan simultáneamente y partiendo de modelos al natural.

Desde 1902, Hopper cuenta con un nuevo profesor que influirá poderosamente en su obra: Robert Henri, que había cursado estudios en Filadelfia y en Europa. Mientras prosigue sus estudios, en 1904 la escuela le selecciona para impartir cursos de dibujo, pintura, grabado y composición. Un año después consigue su primer empleo como ilustrador, trabajando a media jornada para la agencia de publicidad neoyorquina C.C. Phillips & Company.

John Sloan es el último profesor cuyas clases frecuenta Hopper en la New York School of Art. En el otoño de 1906, durante su primer viaje a Europa, pasa la mayor parte del tiempo en París, donde reside en la Mission Baptiste, en el número 48 de la rue de Lille. Estudia especialmente las obras de Camille Pissarro, Auguste Renoir y Alfred Sisley.

En el Salon d’Automne es testigo de los homenajes rendidos a Gustave Courbet y a Paul Cézanne, y descubre las obras de Albert Marquet, Walter Richard Sickert y Félix Vallotton.

A propósito de Hopper, Didier Ottinger escribe lo siguiente en el catálogo de la exposición que se celebra en el Museo Thyssen-Bornemisza: “Esa dimensión de crítica social atribuida al realismo de Manet será, para Hopper, una de las aportaciónes esenciales de la enseñanza de Henri. Junto con Manet, en la New York School of Art se imponía a los alumnos la tradición pictórica española. Si los primeros retratos y desnudos realizados por Hopper son deudores, en su dramático claroscuro, de los cuadros «españoles » de Manet, o de Rembrandt, la sólida Con la colaboración de composición de sus escasas naturalezas muertas recuerda a Zurbarán, o incluso al Velázquez de juventud. (…) En sus primeros cuadros parisienses, Hopper sigue recurriendo a la paleta de ocres y pardos que domina las obras realizadas en el estudio de Henri. Para adaptar su técnica a las «tonalidades más suaves» del decorado de París, se convierte al impresionismo, en el que lo inicia Patrick Henry Bruce, uno de sus antiguos condiscípulos de la New York School of Art; con él descubre a Pissarro, a Renoir, a Sisley. Alumno de Henri Matisse, amigo de Sonia y Robert Delaunay, habitual de la casa de Gertrude Stein, Bruce —a quien a comienzos de la década de 1910 se asociará con el orfismo y el sincromismo— no consigue interesar a Hopper en las últimas novedades de la pintura que se hace en París".

En 1907 viaja a Londres, Ámsterdam, Berlín y Bruselas. De regreso en Nueva York, trabajará sin entusiasmo como ilustrador para la agencia de publicidad Sherman & Bryan hasta 1923 y realiza portadas para las revistas comerciales Tavern Topics y Hotel Management.

En 1924 se instala definitivamente en Nueva York, donde aprovecha su tiempo libre para pintar. Robert Henri prosigue su cruzada por un arte nacional estadounidense, independiente de los modelos europeos.

La exposición que organiza en las Macbeth Galleries es todo un éxito: pintores realistas de la vida estadounidense que se dan a conocer con el nombre de The Eight (Los Ocho).

Posteriormente, esta muestra se considerará como el punto de partida de la Ashcan School (la Escuela del Cubo de Basura), un término que se empezará a utilizar a partir de 1934.

Hopper, mientras tanto, renuncia ya a los temas franceses en pro de la modernidad estadounidense y elige trenes, barcos o escenarios de espectáculos populares como motivos centrales de sus obras. En 1909 disfruta, sin embargo, de una segunda estancia en París, en cuyo Barrio Latino se aloja nuevamente, y comienza a pintar al aire libre.

Un año después, Henri, Sloan y Arthur B. Davies incluyen a Hopper en la Exposición de Artistas Independientes, que se celebra en un almacén comercial vacío de la calle 35 Oeste de Nueva York. Ese mismo año realiza su tercer y último viaje a Europa, que lo llevará de París a Madrid y a Toledo.

En 1913, el Armory Show (Exposición Internacional de Arte Moderno), organizado en Nueva York y seguidamente en Chicago y en Boston por Arthur B. Davies y numerosos pintores del grupo The Eight, introduce las vanguardias europeas contemporáneas en los Estados Unidos. Hopper participa en esta exposición y vende su primera obra, Sailing, por 250 dólares a Thomas F. Vietor, un fabricante textil de Manhattan. Esta primera transacción inaugura un libro de cuentas que el artista llevará sistemáticamente durante toda su vida.

El verano de 1914 lo pasa en Ogunquit (Maine), un pueblo de pescadores convertido en colonia de artistas a raíz de las estancias de Winslow Homer. Un año después empieza a practicar el grabado, una técnica a la que se dedicará hasta 1923. En 1920, Guy Pène du Bois, que se ha convertido en miembro del Whitney Studio Club, fundado por Gertrude Vanderbilt Whitney y dirigido por Juliana Force, logra convencer a éstas para que expongan la obra de Hopper. En esta exposición individual presenta dieciséis lienzos, once de ellos realizados en París. Las estampas de Hopper son generalmente bien recibidas en el mercado artístico de Nueva York. Sin embargo, en esta ocasión no logra vender ninguna, por lo que sigue dependiendo económicamente de su trabajo de ilustrador.



1921-1940

En 1923 vuelve a veranear en Gloucester, donde coincide con Josephine (Jo) Verstille Nivison, pintora y antigua condiscípula suya en la New York School of Art, con la que comparte la misma pasión por la cultura francesa. El 9 de julio del año siguiente se casa con ella. Ese mismo año se celebra la primera exposición individual de Hopper en la galería de Frank K. M. Rehn, quien seguirá siendo su galerista hasta el final de sus días. Se venden todas las obras presentadas, dieciséis acuarelas realizadas en Nueva Inglaterra. Entre los compradores figura el coleccionistaStephen Clark.

A partir del año siguiente, aproximadamente, la venta de sus obras le proporcionan ya ingresos suficientes, por lo que puede prescindir de su actividad de ilustrador y dedicarse plenamente a la pintura. En esta época pinta House by the Railroad, celebrado a menudo como el primer cuadro de su etapa de madurez. La obra, que es adquirida casi inmediatamente por Stephen Clark, inspirará muchos años después a Alfred Hitchcock la siniestra mansión de su película Psicosis.

En 1930, Stephen Clark, que se ha convertido en uno de los fundadores del Museum of Modern Art de Nueva York, dona al museo House by the Railroad como la primera obra de su futura colección de pintura. Ese mismo año Hopper pinta Early Sunday Morning —inicialmente titulado Seventh Avenue Shops—, en cuya parte superior derecha, un rectángulo oscuro sugiere un rascacielos, en una de las raras representaciones en su pintura de este símbolo del paisaje urbano neoyorquino. Un año después pinta Hotel Room, su primer cuadro de gran formato y una de las composiciones más ambiciosas de su carrera.

En 1933 el MoMA organiza su primera retrospectiva, siendo el comisario de la exposición el propio director del museo,Alfred H. Barr. Durante el verano de 1938 Hopper se ve inmerso en una crisis de inspiración que le impide encontrar nuevos temas para pintar en Cape Cod. Momentos como éste se repiten desde hace varios años, por lo que el inventario de obras disponibles en la Rehn Gallery no se renueva.

En 1939 el matrimonio Hopper visita las exposiciones Three Hundred Years of American Painting, en el Metropolitan Museum of Art, y Picasso: Forty Years of his Art, en el Museum of Modern Art. Esta última, en la que se exhibe el Guernica, permanecerá abierta hasta 1940.

Ese año pinta Office at Night, una obra inspirada en sus trayectos en el metro neoyorquino y en los cuadros americanos de Edgar Degas, especialmente Un bureau de coton à la Nouvelle-Orléans, 1873.

1941-1967

Para componer Nighthawks (1942) se inspira al mismo tiempo en cuatro imágenes diferentes: en un restaurante de la avenida Greenwich, en Café de noche (1888), de Vincent Van Gogh, en las películas de gánsteres de los años treinta y en la novela corta Los asesinos (1927), de Ernest Hemingway.

Además, tal vez lo hiciera recordando así mismo La ronda de noche de Rembrandt —en inglés, Nightwatch—, una obra que descubrió decenios atrás en Ámsterdam. En 1944, Hopper homenajea a los amigos con los que suele salir a navegar con el cuadro titulado The «Martha McKeen» of Wellfleet.

Años después, en 1949, pinta Conference at Night. Expuesto casi inmediatamente en la Rehn Gallery, el cuadro es adquirido por Stephen Clark pero el clima de anticomunismo producido por la guerra fría es tan intenso, que el coleccionista devuelve el cuadro por el temor de que la escena representada se pueda entender como una reunión clandestina de agentes comunistas.

Un año más tarde, el Whitney Museum of American Art de Nueva York le dedica una retrospectiva, organizada porLloyd Goodrich. Tras exhibirse en esta ciudad, la exposición se traslada al Museum of Fine Arts de Boston, a cuya inauguración acuden Edward y Jo Hopper. En 1956 muere Frank Rehn. John Clancy, su asistente desde hace años, le sucederá al frente de la galería hasta 1981.

Él mismo es quien, en 1985, dona los archivos Hopper al Whitney Museum of American Art. Poco después del fallecimiento de Rehn, Hopper pinta Lane Road. «Me compré una pequeña cámara fotográfica para captar detalles arquitectónicos y cosas por el estilo, pero la foto era siempre tan distinta respecto a la perspectiva dada por el ojo, que desistí», reconoce el pintor entonces. Un año después, su obra Early Sunday Morning forma parte de la exposición The American Vision: Paintings of Three Centuries.

En 1960 John Morse entrevista a Hopper para Art in America, una revista que le concede su premio anual por la excepcional contribución que el pintor ha hecho al arte estadounidense. Tres años después, Hopper pinta Sun in an Empty Room. «Siempre me ha intrigado una habitación vacía. Cuando estábamos en la escuela, Du Bois, Rockwell Kent y otros debatían sobre cuál sería el aspecto de una habitación cuando nadie la veía ni nadie la miraba. ¡Claro está que siempre podría haber un ratón en algún lugar de la misma!

He trabajado tanto con la figura, que he decidido dejarla fuera», explica el artista sobre la obra. En 1965 Hopper pinta el que será su último cuadro: Two Comedians.

«La intuición de Hopper de un paralelismo entre él y Pierrot refleja su consciencia de la soledad que el pintor comparte con los payasos y con otros artistas en sus papeles de marginales».

Esta obra pertenecerá durante mucho tiempo a Frank Sinatra, que en su canción Send in the clowns cuenta la vida de una pareja ya mayor que parece referirse al cuadro.

El 15 de mayo de 1967, Edward Hopper muere a los 84 años de edad en su estudio de Washington Square. Es enterrado en el cementerio de Oak Hill de Nyack, con vistas al río Tappan Zee.

Josephine Nivison fallece al año siguiente. En 1970, sus herederos donan al Whitney Museum of American Art lo que se conoce como “El Legado Hopper”, formado por un gran número de obras, así como muchos documentos, entre ellos los diarios del artista.

Imágenes

Blackwell's Island, 1928 (Blackwell's Island) Óleo sobre lienzo. 88,9 x 152,4 cm Colección Soledad and Robert Hurst

Reunión nocturna, 1949 (Conference at Night) Óleo sobre lienzo. 71,7 x 102,4 cm Wichita Art Museum, Roland P. Murdock Collection Edward Hopper

Sol de la mañana, 1952 (Morning Sun) Óleo sobre lienzo. 71,4 x 101,9 cm Columbus Museum of Art, Ohio: Howald Fund Purchase

Copyright de texto e imágenes © Museo Thyssen Bornemisza. 
Reservados todos los derechos.

Biografía de Manuel Puig

Novelista argentino

Nació el 28 de diciembre de 1932 en General Villegas , una ciudad desértica de la provincia de Buenos Aires, y se mudó a la capital en 1949 para estudiar arquitectura.

Más tarde viaja para cursar estudios de cine a Roma y Nueva York.

En el año 1968 publicó su primera novela, La traición de Rita Hayworth, con una calurosa acogida por parte de la crítica, que un año después volvió a ser favorable ante Boquitas pintadas (1969), que además consiguió un gran éxito de público. En La traición de Rita Haywort (1968) y Boquitas Pintadas (1969), óperas primas de su arte novelístico, Manuel Puig se adueñó de los signos de atracción del cine norteamericano de estrellas y del latinoamericano de los años cuarenta y cincuenta. Este préstamo busca la comunicación inmediata con el receptor por medio de una serie de indicios intertextuales (nombres de actores famosos, títulos de películas, adopción de ideas, situaciones y conflictos, etc.) instalados productivamente en la diégesis novelesca. El encuadre de las escenas descritas, la aparente transparencia de los episodios y la secuencia orgánica de la acción -factores todos propiciadores de una descodificación refrescante e inmediata- son similarmente influjos racionales de la dramaturgia cinematográfica y radial tomados en préstamo por el fabulador rioplatense.

The Buenos Aires Affaire (1973), tiene además implicaciones psicoanalíticas. En El beso de la mujer araña (1976), tal vez su novela más conocida, trata de la represión política que por entonces sufrían algunos países del Cono Sur. Fue llevada al cine y representada en el teatro con gran éxito. Siguieron Pubis Angelical (1979) y Cae la noche tropical (1988) entre otras novelas, donde demuestra su dominio de los diálogos. 

Manuel Puig murió el 22 de julio de 1990 en la ciudad de Cuernavaca,  México, dejando inconclusa su novena novela: Humedad relativa: 95%.

Obras

Novela

La Traición de Rita Hayworth (1968)
Boquitas pintadas (1969)
The Buenos Aires Affair (1973)
El beso de la mujer araña (1976)
Pubis angelical (1979)
Maldición eterna a quien lea estas páginas (1981)
Sangre de amor correspondido (1982)
Cae la noche tropical (1988)

Teatro

Bajo un manto de estrellas (1983)
El beso de la mujer araña (1983, versión teatralizada)
La cara de villano (1985)
Recuerdos de Tijuana (1985)


Los verdaderos amigos, ¿se hacen solo en la infancia? por Merlina Meiler

La amistad es uno de los regalos más lindos que la vida nos puede brindar.

Personalmente, considero que se puede hacer amigos en cualquier etapa de la vida. De hecho, así como podemos darnos cuenta de que ya no tenemos demasiados puntos en común con quienes hace algún tiempo compartíamos todo, es hermoso descubrir gente nueva con la cual nos sentimos muy a gusto.

Mas algunos piensan que los verdaderos amigos solo se hacen cuando uno es pequeño o muy joven.

Esta es parte de una nota firmada por Soledad Vallejos para La Nación

La frase es conocida y se escucha con frecuencia: “Somos amigos de toda la vida”. Pero cuál es la etapa donde las personas forjan los lazos de amistad más fuerte es una pregunta que abre el debate y dispara diversas respuestas. ¿Sólo a los amigos de la infancia se les puede reservar el mote de mejores amigos? ¿Es difícil construir este tipo de relaciones después de los 30? ¿O, por el contrario, es en la adultez donde florecen las uniones más fuertes?

Según una encuesta de la Universidad Abierta Interamericana (UAI), en relación a cuántas personas uno puede considerar verdaderos amigos, casi el 45 % de los encuestados dijo tener sólo dos, o tres. Ahora bien, de ese puñado de amigos cercanos, ¿cuántos son de la infancia, de la adolescencia o de la adultez? Ante la pregunta, el 42 % de los 1368 casos de la muestra se inclinó por la última opción.

El porcentaje, además, crece conforme aumenta la edad (a partir de los 35 años) y según el sexo, ya que son las mujeres las que parecen cultivar más amistades en esta última etapa. Fernando Adrover, decano de la Facultad de Psicología y Relaciones Humanas de la UAI, reflexiona: “Con excepción de los más jóvenes, donde predominan las amistades de la niñez u adolescencia, cada grupo etario considera que los amigos más cercanos son los propios del período en el que el sujeto está viviendo. Y si bien la diferencia entre sexos no es muy grande, son las mujeres las que tienen mayor flexibilidad para continuar creando vínculos de amistad en la edad adulta, sobre todo en ámbitos como el colegio de sus hijos, el trabajo o el club”.

A partir de los 30, dicen los expertos, las personas se vuelven más selectivas en cuanto a las amistades. “No soportas al que siempre quiere llamar la atención ni al que te cuenta penas todo el tiempo. También tu escala de valores está mucho más sólida y sabes las cosas que te gustan y las que no. Cuando pasas los 30, eliges a un amigo por afinidad, tiempo compartido y una misma visión de la vida”, opina María Ospina, que entre sus mejores amigas cuenta a tres mujeres madres que conoció en el colegio de sus hijas.

Algo similar le sucedió a Ariel Vittori, que conoció a algunos de sus mejores amigos a los 26 años, cuando decidió formar parte de la ONG Rotaract. “Muchas veces conservamos amigos de la niñez por cariño, por costumbre, y a medida que uno crece te acercas a otra gente que comparte los mismos intereses. En mi caso, del grupo de la infancia que éramos siete, actualmente mantengo contacto con dos o tres. Al resto sólo los veo en ocasiones especiales. Hoy, comparto mucho más tiempo con mis amigos de la ONG que con los de «toda la vida». El hecho de tener deseos y gustos similares hace que los planes sean compartidos por todos. Y nos juntamos porque queremos, no por compromiso.”

Aquí la cuestión: ¿es posible entonces que alguien que no nos acompañó durante un largo período de la vida pueda ser considerado mejor amigo? En una nota publicada en The New York Times, de la que se hizo eco la edición española de The Huffington Post, planteaba las dificultades que atraviesan muchas personas para hacer amigos de verdad después de los 30 años, cuando las obligaciones laborales y familiares (con hijos de por medio) dejan pocos momentos para los compinches de siempre. “El mejor amigo suele ser una persona que te acompaña desde la adolescencia o la universidad, creo que es muy difícil que nazca a los 30, de repente. Es alguien que debe haberte acompañado a lo largo de un período de la vida y, sobre todo, en los malos momentos. Para que alguien demuestre todo eso, básicamente, se necesita tiempo”, señaló, con referencia a ese artículo, la psicóloga y bloguera del portal español Patricia Ramírez.

Florencia Bauzá (31) atesora entre sus mejores amigas a sus compañeras de colegio, que saben todo y conocen cada paso de su vida. Después los 30, sólo conquistó dos amistades excepcionales, “y está bueno poder innovar, que valga tu carta del presente y no el peso de la historia”. Aporta otra mirada Pilar Torres Melo (40), especialista en Recursos Humanos, que considera que “al igual que es muy raro que uno termine casándose con el primer novio de su vida, algo parecido sucede con esos primeros amigos de la infancia. Muchos no duran para siempre y es lógico que así sea, forma parte de una evolución”.