miércoles, 12 de marzo de 2014

Soy lo que soy,... de José Ramón Marcos Sánchez

Soy el cobarde que a veces se esconde hasta de sí mismo,… soy culpable cuando callo,… cuando digo,…. cuando me desprendo de todo hasta hacerme transparente,… hasta desaparecer o no parecer nadie,…. a veces todo no es nada,…. a veces nada lo es todo,… en ocasiones soy la lluvia cuando llueve,…otras una lagrima de alma,… quien me odia tiene tantos motivos como aquel que me ama,… porque puedo ser el defecto de una virtud,… y la virtud de un defecto,…acumulo imperfecciones y las muestro,… también muestro aquello que alimenta mi ego,… porque soy vanidoso y superficial,… profundo y humilde,… quisiera ser sólo esa parte que idealizo de mi,… que me gusta,… pero no lo soy y lo sé,… desnudo mis sentimientos más profundos buscando sinceridad,… y soy sincero aunque miento,…. a veces doy para que se sepa que he dado,… pero también soy capaz de entregar sin pretender,… aliado con el silencio sincero del solidario sincero,… a veces me mataría,… otras volvería a nacerme,… soy lo que soy,… y pido perdón por ello,… soy lo que soy,…. y me acepto,…

PD: Dios no me quiere y el Diablo me tiene miedo.
José Ramón Marcos Sánchez.

¿Honras tu ira?

Hola, soy Laura Foletto. ¿Honras tu ira?

De todas nuestras emociones, la ira es la más controvertida. Socialmente depreciada, la negamos, la condenamos, nos culpamos por sentirla. ¿La solución es luchar con ella? No. Ya sabemos que luchar contra algo hace que eso crezca más. Comencemos por conocerla.

¿Para qué sirve la ira? Podemos considerar dos vertientes. Una es la de protección. Si nos sentimos atacados, lastimados, ignorados, rechazados, engañados, la ira nos ayuda a poner límites, a cuidarnos, a considerarnos. La otra es la de lidiar con la frustración. Si no logramos algo, si las cosas no son como deseamos, si vemos una injusticia, la ira nos habilita a encontrar una solución.

Al considerarla una “mala” emoción, nos perdemos estas posibilidades. Al definirla como“incontrolable”, nos dejamos llevar por ella y caemos en la violencia y la descalificación, tanto nuestra como de los demás. Por definición, toda emoción es pasajera y nos mueve a hacer algo. Es algo así como una mensajera que nos advierte sobre una situación y, al ser corporal, nos incita a resolverlo a través de una acción eficiente.

Lamentablemente, al vivir de manera inconciente, no mediamos entre la información y la reacción, por lo que saltamos impulsivamente y después lamentamos las heridas ocasionadas, los problemas físicos que involucra y las consecuencias indeseadas. Otros, en cambio, no se permiten sentirla. Hace tiempo, una paciente me contó una escalofriante historia, en la que su madre había abusado de ella (y lo seguía haciendo) de muchas formas. Con ese antecedente, no era raro imaginar porqué tanto sus esposos como sus jefes como sus amigas habían sido victimarios feroces. Cuando le pregunté si estaba enojada con su madre o con ellos, virtuosa, me contestó que no, que ella jamás había sentido ira por nadie. Le dije que justamente ésa era la razón por la que había pasado por esos sufrimientos. Cuando tomó conciencia de la ira que reprimía y comenzó a permitirla, no podía creer la energía que sentía y el aprecio por sí misma que nacía.

La clave está en honrar la ira y canalizarla adecuadamente. ¿Qué significa honrar? Aceptarla en sus beneficios y cuidarla en sus riesgos. Es la más fuerte e intensa de las emociones; si la dejamos a su antojo erosionará nuestra autoestima y las relaciones con los demás; si la reconocemos como parte de nuestra conexión cuerpo-mente y descubrimos salidas apropiadas a su llamado, nos beneficiaremos con su potencia. Así, encontraremos la diferencia entre sentirnos encolerizados y actuar encolerizados.

Esto implica vivir con conciencia. Sólo si nos damos cuenta de lo que sentimos, regularemos nuestra reacción y discerniremos de forma provechosa. Al prestar atención a la irrupción del enojo, podemos respirar, exhalarlo, centrarnos lo mejor que nos sale e interrogarnos:“¿qué me está tratando de decir esta ira”. Esta simple pregunta acepta lo que sentimos (sin engancharnos ni culparnos) y nos revela su propósito.

¿Alguien nos está faltando el respeto? Pongamos un límite respetuosamente entonces. ¿No nos sale en el momento? Contener la emoción ya es saludable y nos permite dejar para más tarde la resolución que necesitamos, para ponerla en práctica cuando decidamos. Lo peor es entrar en una sucesión interminable de descargos y sucesos previos que alimentan el fuego de la ira, victimizándonos inútilmente. Somos creadores de nuestra vida. ¿Para qué atrajimos a esta persona y a esta situación aquí? Al hallar la respuesta, hallamos la esencia de nuestro aprendizaje.

Tengo un temperamento fácilmente inflamable. Me ha llevado mucho tiempo canalizar adecuadamente mi ira. Sigue siendo una maestra poderosa, que me guía a través del aprecio y la frustración. Procuro usar su energía cuidándome y encontrando creativas formas de transitar mi camino, transformándola en humildad, autoestima, aceptación y amor.

Biografía de Tirso de Molina

(Seudónimo de Fray Gabriel Téllez; Madrid, 1584 - Almazán, 1648) Dramaturgo español. Es uno de los grandes dramaturgos del Siglo de Oro español. En su obra dramática se mantuvo fiel a Lope de Vega, del que sólo se diferencia por el análisis más profundo de la psicología de sus protagonistas, en especial en los tipos femeninos, cuya variedad y matización es poco usual en el teatro español de la época.


Pocos datos se conocen respecto de la biografía de Tirso de Molina. Se sabe que se ordenó en el convento mercedario de Guadalajara (1601); que vivió en el monasterio de Estercuel (1614-1615); que viajó a Santo Domingo en 1616, de donde regresó dos años más tarde. Una Junta de Reformación le condenó a destierro de la corte por escribir comedias profanas. En 1626 estaba de nuevo en la corte y fue nombrado comendador del convento de Trujillo. Fue confinado en el convento de Cuenca por orden del P. Salmerón, visitador general, al parecer por las mismas causas que promovieron su destierro. En 1632 fue nombrado cronista de su orden; en 1645 fue comendador del convento de Soria, y al año siguiente, definidor provincial de Castilla.

Fue un autor muy fecundo. Dejó unas 300 comedias, que se imprimieron en cinco partes: Primera parte(Sevilla, 1627); Segunda parte (Madrid, 1635); Tercera parte (Tortosa, 1634); Cuarta parte (Madrid, 1635), yQuinta parte (Madrid, 1636). Como dramaturgo religioso, escribió varios autos sacramentales (El colmenero divino, No le arriendo la ganancia, El laberinto de Creta), comedias bíblicas (La mujer que manda en casa, sobre la historia de Acab y Jezabel; La mejor espigadera, sobre Ruth; La vida y muerte de Herodes;La venganza de Tamar) y comedias hagiográficas (la trilogía de La Santa Juana, La ninfa del cielo, La dama del Olivar).

Extrajo de las historias y leyendas nacionales argumentos de numerosas comedias: la trilogía de los Pizarro (Todo es dar en una cosa, Amazonas en las Indias y La lealtad contra la envidia); la historia de Martín Peláez (El cobarde más valiente), o la de María de Molina (La prudencia en la mujer). Entre las comedias de carácter destacan Marta la piadosa y El vergonzoso en palacio. Al grupo de comedias de intriga pertenecen La villana de Vallecas, Desde Toledo a Madrid, Por el sótano y el torno y Don Gil de las calzas verdes.

Se le atribuyen, aunque no se incluyeron en lasPartes de sus comedias, dos obras de contenido filosófico de gran importancia: El burlador de Sevilla y convidado de piedra, que introdujo el tema del libertino don Juan Tenorio en la literatura universal, y El condenado por desconfiado, en la que trató el tema de la arrogancia del hombre frente a la gracia divina y la importancia del libre albedrío. Su obra en prosa incluye una Historia de la orden de la Merced y dos obras misceláneas: Cigarrales de Toledo (1621) yDeleitar aprovechando (1635).

Fuente: Biografías y Vidas

Biografía de Ana Frank

(Anne Marie Frank; Frankfurt, 1929 - campo de concentración de Bergen-Belsen, Alemania, 1945) Joven de origen judío que dejó testimonio en un famoso diario de los dos años que vivió oculta con su familia para escapar al exterminio nazi. Hija de una familia germana de origen judío, se trasladó con los suyos a los Países Bajos con la llegada de Hitler al poder en 1933. Durante la Segunda Guerra Mundial, después de la invasión alemana de Holanda en 1940 y de padecer las primeras consecuencias de las leyes antisemitas, Ana y su familia consiguieron escondrijo en unas habitaciones traseras, abandonadas y aisladas, de un edificio de oficinas de Ámsterdam, donde permanecieron ocultos desde 1942 hasta 1944, cuando fueron descubiertos por la Gestapo.


Ana llevó un diario de ese período de reclusión, que su padre, único superviviente de la familia, dio a conocer acabada la guerra, después de que Ana y el resto de la familia hubieran sido detenidos y confinados en un campo de exterminio, en donde murieron. El Diario constituye un conmovedor testimonio de ese tiempo de terror y persecuciones. Albert Hackett y Frances Goodrich lo adaptaron al teatro, y George Stevens lo llevó al cine en 1959.

El Diario de Ana Frank

En el Diario, Ana Frank imagina que escribe a Kitty, una amiga hipotética, para contarle las peripecias de su vida en el escondrijo donde vivió desde el 14 de junio de 1942 al 4 de agosto de 1944, cuando la Gestapo descubrió la "dependencia secreta" en la que vivían la familia Frank (compuesta por los padres, por Ana y por su hermana mayor Margot), la familia Van Daan (la madre, el padre y su hijo Peter) y el dentista Dussel, con la vana esperanza de escapar a la captura de los nazis.

Ana cuenta la vida en aquellos pocos metros cuadrados del refugio en que la convivencia de ocho personas, arrancadas de la vida normal, planteaba tantos y tan delicados problemas, y narra el desarrollo de la existencia cotidiana con tal sencillez, fuerza y verdad, que ello constituye el primer encanto de estas páginas. Alejada de sus coetáneos y de los intereses que sonreían a su exuberante juventud, pero también, aunque a la fuerza, de la barbarie del momento, la autora-protagonista mira y juzga las cosas con un candor que subyuga.

En las páginas del Diario, a menudo alegres y divertidas, asistimos al desarrollo intelectual y físico de una muchacha, a la variedad de sus problemas, de sus estudios y diversiones a pesar de su reclusión, a sus relaciones y a sus juicios sobre sus familiares y compañeros de aislamiento y sobre los hombres en general. Los acontecimientos y fases alternas de la guerra y de la política mundial, tal como lograban llegar a aquel refugio aislado, adquieren un aspecto nuevo y diferente, con perspectivas insospechadas. Y la vida de una reducida colectividad, obligada a compartir la buhardilla en condiciones tan dramáticas, se ilumina con episodios singulares, en los que los hechos triviales de la vida diaria adquieren una importancia particular, y donde una niña con mirada clara y terriblemente objetiva se juzga a sí misma y a los adultos, analizándolo todo con gran libertad.

Ana Frank habla de sus aspiraciones a corazón abierto, y también de los peligros, pero con gran conocimiento y sin perder la esperanza. Dos personajes del exterior (el señor Kraler, amigo de Otto Frank, y Miep, secretaria de Frank y luego de Kraler) son como seres que pertenecen a otro planeta y que, como promotores del ocultamiento de los Frank y favorecedores de los mismos, parecen redimir al resto de la humanidad de sus culpas de complicidad y de miedo.

El idilio que se inicia entre Ana y Peter tiene la gracia de una flor espontánea en sus diversas fases y manifestaciones; la descripción de la pubertad tiene una delicada naturaleza que difícilmente se encuentra en otra parte; el afecto por un gato parece el símbolo de los vínculos deseados pero imposibles con el mundo externo; las relaciones con los padres (y en particular, con la madre) se observan con gran madurez. No hay nada que la induzca a prorrumpir en invectivas y a juzgar con acritud aquella vida tan injusta y contraria a la naturaleza. "A pesar de todo, continúo creyendo en la bondad íntima del hombre", afirma Ana en el Diario; estas palabras constituyen la moral de este libro que, nacido como de una necesidad personal, tiene la honestidad genuina e inmediata de un desahogo espontáneo nunca dirigido a la publicación.

Las alusiones a los problemas judíos (que podrían parecer frecuentes en una persona que vivía en aquellas condiciones especiales pura y simplemente por la "culpa" de pertenecer al pueblo judío) son muy raras, aunque inspiradas en una extrema dignidad y firmeza: Ana pertenecía a una de aquellas familias asimiladas que no habían tenido una profunda cultura hebrea y que sólo muy tarde se dieron cuenta de todo ello. El libro, además de sus valores humanos y documentales, revela en la joven autora cualidades literarias nada comunes: el mismo hecho de fingir una destinataria para sus confidencias es ya un índice de madurez artística.

Traducido a todas las lenguas y llevado también al teatro y al cine, el Diario de Ana Frank se ha convertido en el paradigma testimonial, más impresionante incluso que otros documentos detallados, de la opresión sufrida en muchos países bajo el nazismo y de las condiciones en que millones de personas se vieron obligadas a vivir con la esperanza de escapar al exterminio.