lunes, 10 de marzo de 2014

Voy a seguirte queriendo,... de José Ramón Marcos Sánchez

Voy a seguirte queriendo hasta que el tiempo me niegue,…. hasta agotar la verdad exhalada en el último de los resuellos,….. sincero porque se acaba,….. mentido por acabado,…. voy a seguir siendo tuyo hasta cuando sea etéreo,…. para nacer a diario de la fuerza del recuerdo,….. de las cenizas de la ternura,…. para abrazarte sin brazos,…. para besarte sin labios,…. me sentirás a tu lado en cada latido,… en cada suspiro,…. seré el viento que acaricie cada mañana tu cuerpo,… seré la voz del consuelo que se esconde en el silencio,…. seré el matiz necesario que llene de luz tu lienzo,….. que acompañe tus desganas,…. que consuele tus tormentos,…. para que la soledad se encuentre perdida,… se pierda,….. voy a seguirte queriendo aún cuando ya no me quieras,… cuando el olvido me olvide,…. cuando debas despedirme para borrarme entre los brazos de algún sentimiento nuevo,….. me encontraras en tus sueños,…. susurrándote al oído,….. voy a seguirte queriendo aunque viva en el intento,…. cuando quieras que regrese,… sólo tienes que quererlo,….

PD: Dios no me quiere y el Diablo me tiene miedo.
José Ramón Marcos Sánchez

La envidia

Cervantes llamó a la envidia “carcoma de todas las virtudes y raíz de infinitos males.”

La envidia no es la admiración que sentimos hacia algunas personas, ni la codicia por los bienes ajenos, ni el desear tener las dotes o cualidades de otro. Es otra cosa.

La envidia es entristecerse por el bien ajeno. Es quizá uno de los vicios más estériles y que más cuesta comprender y, al tiempo, también probablemente de los más extendidos, aunque nadie presuma de ello (de otros vicios sí que presumen muchos).

La envidia va destruyendo —como una carcoma— al envidioso. No le deja ser feliz, no le deja disfrutar de casi nada, pensando en ese otro que quizá disfrute más. Y el pobre envidioso sufre mientras se ahoga en el entristecimiento más inútil y el más amargo: el provocado por la felicidad ajena.

El envidioso procura aquietar su dolor disminuyendo en su interior los éxitos de los demás. Cuando ve que otros son más alabados, piensa que la gloria que se tributa a los demás se la están robando a él, e intenta compensarlo despreciando sus cualidades, desprestigiando a quienes sabe que triunfan y sobresalen. A veces por eso los pesimistas son propensos a la envidia.

Wilde decía que “cualquiera es capaz de compadecer los sufrimientos de un amigo, pero que hace falta un alma verdaderamente noble para alegrarse con los éxitos de un amigo”.

Observar lo positivo. Para superar la envidia, es preciso esforzarse por captar lo que de positivo hay en quienes nos rodean: proponerse seriamente despertar la capacidad de admiración por la gente a la que conocemos.

La envidia lleva también a pensar mal de los demás sin fundamento suficiente, y a interpretar las cosas aparentemente positivas de otras personas siempre en clave de crítica.

Admirarse de las dotes o cualidades de los demás es un sentimiento natural que los envidiosos ahogan en la estrechez de su corazón.

Alfonso Aguiló