domingo, 19 de octubre de 2014

¿Conviene ayudar o no a los niños con sus tareas escolares?

A diferencia de lo que vivimos de pequeños, parece que la tendencia actual es que no conviene ayudar a los niños con sus tareas escolares…

Estos fragmentos de un artículo de Soledad Vallejos para La Nación aborda este tema.

“Para mí es chino básico. Anoche, el tema de la cena familiar fueron las fracciones, y mi hija Maru, de 10 años, me lo explicaba con un tonito como diciendo: «Mamá, esto es una papa». Para mí es imposible ayudarlos con las tareas de matemáticas -confiesa Ximena Ferreira Sánchez, madre de tres hijos de 10, 8 y 5 años-. Igual, aunque pudiera o quisiera hacerlo, en el colegio nos pidieron explícitamente que no intervengamos. Pero hay otras veces en las que no puedo contenerme. No me podía quedar callada cuando en primer grado veía en el cuaderno una cantidad de faltas de ortografía sin corregir. Nos explicaban que era un proceso, que la conciencia ortográfica llega después y que el objetivo de no marcar los errores era para no cohibirlos ni bloquearlos. Pero «hada» va con hache, y yo se lo decía”.

Los métodos de enseñanza cambiaron. Los chicos de hoy aprenden con modelos de trabajo diferentes a los de las generaciones pasadas, lo que produce -a priori- un desencuentro. Es que los padres quieren ayudar a los hijos a su manera, mientras que ellos aprenden de otra. No en vano muchos colegios organizan talleres para padres, sobre todo durante los años del primer ciclo escolar, con el objetivo de explicarles cómo se trabaja hoy en las aulas, tanto en matemáticas como en lengua.

Según los especialistas, uno de los ejes centrales en la crianza es que los padres se involucren activamente en su educación. Pero eso requiere, en determinados momentos, comprender que el hecho de no ayudarlos favorece a la construcción de sus propias estrategias e hipótesis para la resolución de un determinado problema.

Para Rebeca Anijovich, Magíster en Formación de Formadores, de la Universidad de San Andrés, que los hijos reciban tareas de la escuela para realizarlas en la casa es, frecuentemente, objeto de discusión y debate. “Las propuestas académicas van desde resolver todo en el aula hasta pedir una enorme cantidad de contenidos para el hogar porque es necesario incrementar la práctica y complementar lo que «no se alcanza» a realizar en la escuela. Una primera consideración nos lleva a distinguir quiénes son los destinatarios de estas tareas para el hogar y, en este caso, nos referiremos especialmente a los alumnos de la escuela primaria. Aunque, tal vez, la cuestión más compleja está referida al modo en cómo los padres acompañamos a nuestros hijos, así como también el vínculo que mantenemos con la escuela. ¿Confiamos y apoyamos a la institución en sus modos de encarar la enseñanza? ¿Cuánto incide nuestra propia historia escolar al momento de guiar la de los niños? ¿Cómo acompañarlos sin hacer la tarea por ellos? ¿Debemos reconocer que los niños resuelven sus trabajos de un modo diferente a como lo hacíamos en nuestra época de estudiantes?”

Los replanteos de Anijovich suelen hacer eco cada tarde en un batallón de padres que deben lidiar con la tarea escolar de sus hijos, como le sucede a Elena Stambulsky, quien reconoce que, a la par de su hijo, Kevin, ella también está “terminando” séptimo grado por segunda vez.

“En los últimos años, la preocupación por saber hasta dónde tenía que ayudarlo fue creciendo. Muchas veces me sentaba con él y terminábamos haciendo la tarea juntos, más yo que él. Pero si después en la prueba le iba mal, yo era la responsable -cuenta Elena, que con su hijo menor, de 6 años, confiesa intentar otra metodología-. La verdad es que no es nada sencillo poder ayudarlos, sobre todo cuando los enfoques de enseñanza son tan distintos a los nuestros. Hace un par de años, pedí una reunión en el colegio para que me explicaran el método apropiado para resolver las divisiones. Terminamos todos agotados. El límite de hasta dónde intervenir o soltarles la mano es difícil. Finalmente, después de mucho ensayo y error, y encuentros con la psicopedagoga, ahora nos focalizamos en la duda. Y si hay cosas que en casa no se pueden resolver, se recurre a los maestros”.

Todos los especialistas consultados coinciden en un punto. Una máxima que no admite entre líneas: hay que intervenir cuando ellos pidan ayuda, pero sin hacer la tarea que les encomendaron. Asistirlos también es reconocer que aprenden de un modo diferente de nosotros.

QUE NO SE FRUSTRE NI SE DEPRIMA

Nada es igual en la escuela de hoy que en la de hace tres o cuatro décadas: Ximena Ferreira Sánchez, mamá de tres niños en edad escolar, aprendió definitivamente la lección después de algunos años de ensayo y error. “Si te equivocaste, mi amor, o no entendés, pregúntale a la maestra -les dice ahora Ximena a sus hijos, ante la aparición de la duda-. Al principio, me sentía impotente por no poder asistirlo, pero aprendí que en casa debo contenerlo, ayudarlo a resolver la situación, que no es lo mismo que ayudarlo a resolver la tarea. Yo sé que los viernes tienen fecha de entrega y estoy atenta, pregunto si necesitan algo. Pero no me meto”, asegura.

DIÁLOGO ENTRE ADULTOS

Claridad en el diálogo entre la escuela y los padres. Docentes y directivos reconocen que, en determinadas situaciones, falta comunicación entre la institución y las familias. “A veces, la escuela no es del todo clara, y los padres no saben cuándo es el momento de intervenir. Por eso trabajamos con las familias desde el primer ciclo para analizar las diferentes estrategias de los niños, sobre todo desde primero hasta cuarto grado. Tanto la matemática como la escritura son situaciones cotidianas de trabajo, y la posibilidad de compartir con un hijo ese proceso de aprendizaje refuerza la relación cognitiva que se va construyendo de a poco -opina María Victoria Alfieri, directora del colegio Aletheia-. Lo que es terrible es cuando aparece la violencia del mandato por parte de los padres; una violencia simbólica que se muestra en la falta de respeto hacia los tiempos del niño, que no son los mismos que los del adulto”.

En sintonía con la reflexión de Alfieri, se expresa la directora de la Escuela del Sol, e insiste en este concepto: “Es difícil crear un clima de trabajo distendido y paciente cuando una madre llega de trabajar y quiere que, en dos horas, sus hijos se bañen, coman y hagan la tarea. Hace poco una madre pidió una reunión porque estaba preocupada por este tema y no sabía cómo ayudar a sus hijos con los deberes. «Sácate la oficina de encima cuando llegas a tu casa», fue mi primer consejo. Y ojo que no hay que sentarse al lado del chico como un sargento para ver cómo trabaja. Mientras la mamá cocina puede invitar a su hijo a que se siente en la mesa y le cuente lo que tiene que hacer. Acompañarlos sin intervenir directamente es ayudarlos”.

Para Elena Stambulsky, la mamá de Kevin, no fue fácil “soltarle la mano” a su hijo, pero hoy reconoce que trajo sus recompensas. “Hoy me importa más el esfuerzo que el resultado. Uno quiere que a su hijo le vaya bien, por supuesto, pero hay que aceptar los errores, las equivocaciones, los bochazos. Uno deposita un voto de confianza en el colegio, entonces hay que respetar las decisiones de los maestros, y los pedidos. Hoy sólo ayudo a Kevin cuando aparece la duda, y lo acompaño.”

Grace Horne también insiste. “Dejar que hagan solos sus tareas es ayudarlos a ser autónomos y responsables. Y cuando se tropiezan con una piedra, hay que tenderles la mano para levantarse. Imponer el propio método para esquivarla no los favorece”.

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