martes, 5 de agosto de 2014

Festejos aguados por Merlina Meiler

Hace pocos días, para festejar mi cumpleaños, organicé una fiesta.

Dos horas antes de llegar los invitados, se desató una lluvia torrencial. El pronóstico indicaba que el aguacero seguiría casi toda la jornada.

Un familiar se me acercó, con cara de preocupación, a preguntarme cómo me sentía ante semejante panorama climatológico.

Mi respuesta, con una sonrisa, fue: ¿cuál es el problema? Dentro de una hora, ¡saldrá el sol!

Ya sé. Te estarás preguntando si mi contestación fue que yo esperaba que efectivamente la tormenta se disipara o si se trataba de una metáfora en la que no me importaba cómo estaría el tiempo, sino la celebración de mi cumpleaños con gente querida, lo que lógicamente se sentiría como un sol de mediodía.

La verdad es que me refería a las dos cosas.

Por un lado, me parecía que efectivamente, el cielo se podía abrir y la lluvia cesar, aun incluso en contra de lo que los agoreros sentenciaban.
Por el otro, ¿cuál es la importancia de que el tiempo no nos acompañe en un festejo?

Es más, ¿por qué mucha gente tiende a enfatizar lo secundario y a perder de vista lo que realmente importa?

Me estaba por encontrar con personas muy cercanas que venían a visitarme con sus mejores deseos y con ganas de pasar una linda velada.

Si yo permitía que los preparativos y la fiesta en sí misma se empañaran por muchas o pocas gotas (o por cualquier otra razón), ¡ahí sí que tendría un verdadero problema, independientemente de las condiciones atmosféricas!

Entonces, dediqué escasos minutos a pensar en la cantidad de festejos pasados por agua que uno colecciona en la vida.

Cumpleaños, el comienzo de una relación, días de exámenes aprobados, bodas (propias y ajenas), un nuevo trabajo, mudanzas, etc.

Cuántas veces uno se ha ofuscado por asuntos completamente secundarios, al punto de nublarse la razón, de confundirse, de perder el rumbo y lo que sí es fundamental.

Siempre cabe la posibilidad de que se desate un aguacero o que alguien pronuncie palabras necias que intenten desviarnos de nuestra capacidad de disfrutar de lo que nos está sucediendo, tales como: “sí, conseguiste un buen trabajo, pero queda lejos de tu casa”, “ojalá que este novio no sea como el anterior”, “aprobaste el examen difícil pero la nota fue baja”, y un sinfín de etcéteras.

Tú eres quien decide permitir que tu felicidad se oscurezca o hacer oídos sordos a lo que te digan y a lo absolutamente trivial, para concentrarte a todo vapor en lo que, a las claras, tiene sentido para ti. En mi caso, el recibir seres cercanos, agasajarlos y pasar un tiempo con ellos era lo principal.

¿Me iba a perder de disfrutar de los instantes previos al evento, su llegada, sus risas y sus buenos augurios… por una lluvia?

A esta altura no hay chubasco que logre cambiarme el humor ni aguarme un festejo, en especial, de cara a momentos hermosos e inolvidables.

Pues entonces, me dediqué tranquilamente a terminar lo que faltaba antes del agasajo y, sin darme cuenta de lo que estaba sucediendo, un rato antes de que llegaran los invitados y para acrecentar lo que ya estaba en marcha, salió el sol…

¿Permites que circunstancias externas empañen tus festejos?


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