domingo, 9 de febrero de 2014

Falta de felicidad por Merlina Meiler

El otro día observé ciertas conductas que parecerían no tener demasiada relación entre sí.

Una persona que suele tomar a diario, hasta quedar obnubilada. Comienza en el horario que puede (al mediodía los fines de semana o al volver del trabajo en días laborables) y, al terminar la jornada, está literalmente mareada e incoherente, siete días a la semana. Como socialmente está permitido y, en algunos ámbitos como fiestas o reuniones, alentado, se podría suponer que este comportamiento pasa desapercibido.

Personas que trabajan demasiado y parecerían no poder funcionar sin este requisito. De lunes a viernes, sus jornadas pasan largamente las horas recomendables e incluso consideradas posibles, y sábado y domingo algo siempre se filtra: horas delante de la computadora, llamadas telefónicas o lectura que documentos que han quedado pendientes. Y no lo hacen por necesidad (ya que quienes tienen varias ocupaciones por dificultades económicas tienen otros motivos para hacerlo)

Amantes del ejercicio físico que lo realizan hasta quedar exhaustos. Casi todos los días, durante varias horas, llueva o haga sol, incluso aunque tengan dolores o lesiones (lo que a otros les implicaría la decisión de tomarse un descanso necesario), practican un deporte o alguna disciplina (en el gimnasio o al aire libre) arduamente. Lo que a simple vista suena a una práctica saludable, en la exageración no lo es y logra el mismo efecto que las dos anteriores.

El denominador común que hallé en estos comportamientos, según mi perspectiva, es la falta de felicidad.

Se trata de gente disociada de sus emociones y, para lograr este alejamiento, se esfuerzan mucho más de la cuenta en crear y en mantener un hábito hasta llegar al agotamiento físico/mental y así permanecer obnubilados.

Cuando logran que esas actividades que les consumen la mayor parte del tiempo y de la energía se conviertan en una rutina, ponen piloto automático y siguen así, alejados cada vez más de sus sentimientos.

Incluiría en este grupo a esas personas que nunca se separan de su celular. Están permanentemente mandando mensajes, leyendo noticias, “compartiendo” en Facebook o en Twitter, haciendo llamadas, etc. No respetan comidas, reuniones o conversaciones que surgen en el hogar o en cualquier otro entrono que estén: hacen acto de presencia pero su mente (y sus emociones) no están en ese sitio. Tal vez piensen que están comunicándose con los demás, pero la realidad es que el aislamiento aumenta gradualmente y, por el contrario, sus habilidades para conectarse en vivo y en directo con los demás se van atrofiando.

¿Por qué falta de felicidad?

Cuando necesitamos dejar de estar presentes en el aquí y ahora y buscamos -hasta encontrarla- una vía de escape, se nubla la capacidad de relacionarnos con el entorno y, por consiguiente, de sentir dolor o tristeza – ¡pero también felicidad! Esto es, sin lugar a dudas, condenarnos a vivir a medias.

Este desequilibrio puede mantenerse durante un tiempo, pero ya aparecerá el detonante que te hará torcer el rumbo y volver a acercarte a tu interior.

Los escapismos nunca son el mejor camino a seguir.

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