jueves, 7 de febrero de 2013

¿Qué es el amor?

Fíjate en la rosa:
¿puede acaso decir la rosa: 'Voy a ofrecer mi fragancia a las buenas personas y negársela a las malas'?

¿O puedes tú imaginar una lámpara que niegue sus rayos a un individuo perverso que trate de caminar a su luz?

Sólo podría hacerlo si dejara de ser una lámpara.

Observa cuán necesaria e indiscriminadamente ofrece el árbol su sombra a todos, buenos y malos, jóvenes y viejos, altos y bajos, hombres y animales y cualesquiera seres vivientes... incluso a quien pretende cortarlo y echarlo abajo.

Ésta es, pues, la primera cualidad del amor: su carácter indiscriminado.

Por eso se nos exhorta a que seamos como Dios,
'que hace brillar su sol sobre buenos y malos y llover sobre justos e injustos; sed, pues, buenos como vuestro Padre celestial es bueno'.

Contempla con asombro la bondad absoluta de la rosa, de la lámpara, del árbol... porque en ellos tienes una imagen de lo que sucede con el amor.

¿Cómo se obtiene esta cualidad del amor?
Todo cuanto hagas únicamente servirá para que tu amor sea forzado, artificial y, consiguientemente, falso, porque el amor no puede ser violentado ni impuesto. No hay nada que puedas hacer. Pero sí hay algo que puedes dejar de hacer.

Observa el maravilloso cambio que se produce en ti cuando dejas de ver a los demás como buenos y malos, como justos y pecadores y empiezas a verlos como inconscientes e ignorantes.

Debes renunciar a tu falsa creencia de que las personas pueden pecar conscientemente. Nadie puede pecar 'a conciencia'. En contra de lo que erróneamente pensamos, el pecado no es fruto de la malicia, sino de la ignorancia. '

Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen...'
Comprender esto significa adquirir esa cualidad no discriminatoria que tanto admiramos en la rosa, en la lámpara, en el árbol...

La segunda cualidad del amor es su gratuidad.

Al igual que el árbol, la rosa o la lámpara, el amor da sin pedir nada a cambio.

¡Cómo despreciamos al hombre que se casa con una mujer, no por las cualidades que ésta pueda tener, sino por el dinero que aporta como dote...!

De semejante hombre decimos, con toda razón, que no ama a la mujer, sino el beneficio económico que ésta le procura.

Pero ¿acaso tu amor se diferencia algo del de ese hombre cuando buscas la compañía de quienes te resultan emocionalmente gratificantes y evitas la de quienes no lo son; o cuando te sientes positivamente inclinado hacia quienes te dan lo que deseas y responden a tus expectativas, mientras abrigas sentimientos negativos o mera indiferencia hacia quienes no son así?

De nuevo, sólo necesitas hacer una cosa para adquirir esa cualidad de la gratuidad que caracteriza al amor:

abrir tus ojos y mirar.

El simple hecho de mirar y descubrir tu presunto amor tal como realmente es, como un camuflaje de tu egoísmo y tu codicia, es esencial para llegar a adquirir esta segunda cualidad del amor.

La tercera cualidad del amor es su falta absoluta de auto-conciencia, su espontaneidad.

El amor disfruta de tal modo amando que no tiene la menor conciencia de sí mismo.

Es lo mismo que ocurre con la lámpara, que brilla sin pensar si beneficia o no a alguien; o con la rosa, que difunde su fragancia simplemente porque no puede hacer otra cosa, independientemente de que haya o deje de haber alguien que disfrute de ella; o con el árbol que ofrece su sombra...

La luz, la fragancia y la sombra no se producen porque haya alguien cerca, ni desaparecen cuando no hay nadie, sino que, al igual que el amor, existen con independencia de las personas.

El amor, simplemente, es, sin necesidad de un objeto.

Y esas cosas (la luz, la sombra, la fragancia) simplemente, son, independientemente de que alguien se beneficie o no de ellas.

Por tanto, no tienen conciencia de poseer mérito alguno o de hacer bien.

Anthony de Mello


El cuento de la montaña


Un hijo y su padre estaban andando por las montañas.

De repente el hijo se hizo daño y gritó:

-¡Aaaaaahhhhhh!- Sorprendido oyó como la voz se repetía en algún lugar de la montaña:

-¡Aaaaaahhhhhh!-

Con curiosidad, gritó,

-¿Quién eres?-

Se enfadó con la respuesta y gritó

-¡Cobarde!- Recibió la respuesta

¡Cobarde!-

Miró a su padre y preguntó

-¿Qué esta pasando?

El padre se sonrió y dijo,

-Hijo mío, presta atención.- El padre gritó a la montaña -¡Te admiro!-

La voz respondió - ¡Te admiro!-

Otra vez gritó el hombre

-¡Eres un campeón!- La voz respondió -¡Eres un campeón!-

El chico se sorprendió, pero no entendió. Así que su padre explicó

–La gente lo llama Eco, pero la verdad es que es la vida.-

Nuestra vida es simplemente un reflejo de nuestras acciones.
Si quieres que haya más amor en el mundo, crea más amor en tu corazón.
Si quieres que haya más competencia en tu equipo, mejora tu competencia.
Se puede aplicar esa relación a todo, a todos los aspectos de la vida.
La vida devolverá todo lo que te la has dado.
Tu vida no es una coincidencia.
¡Es un reflejo de ti!

La vida fluye

Pienso que la forma en la que la vida fluye está mal. Debería ser al revés:

-Uno debería morir primero, para salir de eso.

-Luego, vivir en un asilo de ancianos hasta que te echan cuando ya no eres tan viejo.

-Entonces empiezas a trabajar. Trabajas por cuarenta años, hasta que eres lo suficientemente joven para disfrutar de tu jubilación.

-Fiestas, fiestas negras, parrandas, drogas, alcohol, sales con mujeres o tipos, qué sé yo, hasta que estás listo para entrar en la secundaria.

-Después pasas a la primaria, eres un niño que se la pasa jugando sin tener responsabilidades de ningún tipo.

-Luego pasas a ser un bebé. Vas de nuevo al vientre materno, pasas los últimos nueve meses de tu vida flotando en líquido amniótico, hasta que tu vida se apaga en un tremendo orgasmo...

¡Eso sí es vida!

Quino

Opiniones ajenas por Merlina Meiler

El otro día hizo 37 grados y algunos extras de sensación térmica. La ciudad parecía emanar aún más calor de sus calles. Sofocada como estaba en mi coloreado vestido fresco, me llamó la atención encontrarme con una vecina que tenía puesto un pantalón de jean (mezclilla), una blusa y la frente llena de gotitas de sudor, muestra clara de cómo influía ese tiempo tan abrumador en ella.

Entonces le pregunté: ¿Cómo toleras esos pantalones gruesos con semejante calor?

Su respuesta: “La verdad es que no los aguanto. Pero tengo piernas tan feas… Hace 20 años que no uso una falda.”

Ya pueden imaginar mi contestación a semejante situación y las distintas opciones que le propuse (por ejemplo, faldas amplias o largas de telas bien finitas) para que se sienta mejor con sus piernas, para que se deshaga de la mochila que le implica la mirada ajena (“A esta altura, ¿a quién le importa lo que digan los demás? Si siempre van a hablar…”) y trate de encontrar solaz en situaciones como esta (y seguramente, en otras similares que también debe de estar padeciendo).

Y me quedé pensando… Para ella, es más importante “el qué dirán” que intentar gozar de cierto bienestar en caso de clima extremo.

Además de no darse su lugar ni de priorizar sus necesidades, esto implica estar demasiado pendiente de lo externo, a punto tal de relegar lo que nos corresponde o lo que nos haría bien en función de lo que suponemos que los demás esperan de nosotros (y digo suponemos porque, en la enorme mayoría de las circunstancias, no hay pautas 100% estrictas sobre cómo vestirnos o expresarnos o en las cuales basar nuestras decisiones).

Obviamente, este tipo de conducta suele implicar mucho más. Me pregunté a mí misma en qué otros momentos mi vecina cederá más de la cuenta para no confrontar o para agradar a cualquier costo. Qué decisiones personales importantes habrán quedado relegadas por lo que ella considera que es necesario que haga (o que no haga).

Tener el foco de nuestra atención en el afuera (en vez de en nuestro interior, priorizando nuestros deseos y necesidades) da lugar a desarreglos varios y a que nos dejemos de lado o nos pospongamos debido a que valoramos más la mirada ajena que la de nosotros.

La gente siempre va a opinar. Torcer nuestra voluntad a su merced por el solo hecho de ser aceptado es una elección posible, pero nada saludable.

Escuchar el punto de vista ajeno, respetarlo y luego pasarlo por nuestros propios filtros para ver si se ajusta a nuestras creencias y necesidades y tomar –si queremos- lo que nos resulte beneficioso redundará en nuestro bien personal.

De ti depende tener la vestimenta apropiada y cómoda el próximo día de calor extremo o la agobiante y que supones que los demás prefieren para ti. ¿Cuál elegirás?

¿Cómo reaccionas ante las opiniones ajenas?

Fuente: http://www.mejoraemocional.com