jueves, 24 de enero de 2013

Apego igual a miedo

Apego, igual a miedo, miedo a no ser aceptado, rechazado. Pero, el miedo más grande es; no ser amado. Ser dependiente.

Se comenta entre los expertos que originalmente el apego, radica en el miedo, y que este a su vez alimenta y hace permanecer el apego. Toda la vida se nos ha dicho que; el miedo es una emoción necesaria, que nos precisa a darnos cuenta de que existen los peligros y a defendernos de ellos. Está en nosotros huir o luchar, pero con frecuencia el miedo generalmente nos paraliza. Cuando los mecanismos del miedo están revolucionados, sentimos un miedo desproporcionado y enorme con respecto al peligro real o contrariamente no lo percibimos.

El miedo más grande

¿Y a que viene todo este cuento? Porque; por estos tiempos el miedo más grande ahora parece ser el de no ser amado (a), hasta llegar a ser tratado originalmente, como un asunto de vida o muerte, dado sea el anclaje de dicha fantasía o patología en el inconsciente. ¿Cómo se erige este miedo? Los especialistas dan como ejemplo un bebé cuando nace, necesita ser amado y depende exclusivamente de sus padres. De tal manera que cualquier amenaza de no tener ese amor le produce un miedo y vacio profundo.

El niño necesita ser amado, de modo que decide que tiene que hacer algo para lograr ese amor. Desde tan poca edad llega a la creencia equivocada de que el amor hay que; como exigirlo, o llega a entender que ser niño bueno te gana la aprobación de tus padres. Esto es campo fértil para que se desarrollen los apegos mal sanos. A estas alturas se sabe que solo es necesario que los niños estén apegados a los padres, como parte de su proceso de crecimiento (un apego insano, es el de una persona adulta que ha sido incapaz de desarrollar en toda plenitud su individualidad y crea dependencias emocionales, respecto a otras personas, hasta a objetos o circunstancias).

En un desarrollo normal de crecimiento, o mejor dicho ideal de crecimiento, el bebé nace, e instintivamente sabe que es bienvenido, que su presencia provoca una gran dicha en su entorno, y se siente seguro. Si el bebé entra tal vez en brazos de su madre, en una habitación donde se encuentran amigos y familiares, la habitación es invadida por la luz, hay sonrisas, le hacen carantoñas, etc., ¿Qué hizo el bebé para hacer esto, para merecer estas manifestaciones de alegría y cariño?

Afecto de los padres

Nada, sencillamente vivir y llega a ser capaz de pararse frente a un hombre, cinco veces más grande que él, y de quien depende para vivir, y con todo y eso decirle “no quiero”, y hacer un berrinche de antología sabiendo que los padres siguen ahí, con su afecto inconmovible. En la generalidad de los casos, para cuando esta persona llegue a la edad adulta, debería ser, independiente, libre, seguro de sí, con un firme amor por sí mismo y capaz de amar en forma auténtica y sin apego para nada dependiente de la aprobación o atención, o de la presencia de otras personas para ser feliz..

Este proceso ideal, sin embargo muy raras veces ocurre en esta forma perfecta que le estamos contando. La dilatada mayoría de los seres humanos encontramos tropiezos en este desarrollo. Puede ser; desde que el bebé no haya sido deseado, que la nueva de su existencia haya sido mal asimilada, que durante su gestación la madre se haya sentido angustiada o deprimida. Podría ser que al nacer el bebé en la mirada de los padres haya leído ¡Esta es demasiada responsabilidad para mí!

O, “Eres una carga”, lo cual es traducible en “No eres bienvenido (a)”. Puede ser; porque los padres estaban demasiado jóvenes o pasaban por una etapa conflictiva, o la madre estaba enferma, no importa; el mensaje es el mismo. En la mente del bebé se va formando la idea de “no merezco ser amado”, “necesito luchar por ganar la atención”. Es posible que en todo su desarrollo puedan venir un cúmulo de errores y mensajes equivocados.

Desarrollo de la independencia

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Ejemplo; el de una educación autoritaria, que no deja al niño desarrollar su independencia, violencia mental, emocional o física, que lastima indefectiblemente la seguridad de cualquiera, incluso; hasta la sobreprotección es una forma de manifestarle al niño que no sirve y que toda forma de amor condicionado y hasta el llegar a ser criado por otras personas y en otros hogares. Dicen las estadísticas que la persona que no recibió amor incondicional, perdió su centro.

Vive para complacer a otros, con tal de obtener su atención, su aprobación, su afecto, y no un amor verdadero. No logra su independencia, depende de los demás para ser feliz y se apega a ellos como cuando era bebé, con un sentimiento por demás inconsciente, pero; igualmente fuerte y dañino, es una cuestión de vida o muerte, ser aprobado y aceptado (a). Esta dependencia, arropa inclusive el trabajo, el prestigio, el poder, el éxito, a los bienes materiales, pero; allá en el fondo subyace el mismo miedo a no ser aceptado (a). Amigo (a), vivir sin apego significa amar desde la libertad, no desde el miedo. Yo te amo, porque quiero amarte, me llena de placer el amarte.

Finalmente

Si me correspondes, mi placer es mayor y si no, de todos modos me siento bien y disfruto de tu compañía cuanto sea posible. Vivir con apego es amar con el dolor (sin ti no puedo vivir). Vivir sin apego es ser libre para amar y ser amado y siempre dueño de sí 
mismo. ¡Soy libre!
German Agraz

Nos acostumbramos

Nos acostumbramos a vivir en nuestra casa y a no tener otra vista que no sean las ventanas de los edificios que nos rodean. Y como estamos acostumbrados a no ver más que ventanas y edificios, nos acostumbramos a no mirar hacia afuera.

Como no miramos hacia afuera, nos acostumbramos a no abrir del todo las cortinas. Al no abrir completamente las cortinas nos acostumbramos a encender la luz antes. Nos acostumbramos tanto, que olvidamos el sol, olvidamos el aire, olvidamos el paisaje.

Nos acostumbramos a despertar sobresaltados porque se nos hizo tarde. A tomar rápido el desayuno porque llegamos tarde. A comer un sándwich porque no tenemos tiempo para comer a gusto. A salir del trabajo cuando ya anocheció. A cenar rápido y dormir con el estómago pesado sin haber vivido el día, porque tenemos que ir a trabajar temprano.

Nos acostumbramos a esperar un “no puedo" en el teléfono. A sonreír sin recibir una sonrisa de vuelta. A ser ignorados cuando necesitamos ser vistos. Si el trabajo resulta duro, nos consolamos pensando en el fin de semana. Y cuando llega el fin de semana, nos aburrimos y deseamos que llegue el lunes para ir a trabajar.

Nos acostumbramos tanto a este estilo de vida, que parece que estamos ahorrando vida por miedo a gastarla, y al final, nos olvidamos de vivir.