sábado, 12 de enero de 2013

Únicamente se puede amar lo imperfecto

Sólo podemos amar a una pareja imperfecta, humana, porque la pareja ideal nos haría sentir absolutamente pequeños y sin espacio para aportar nada de lo nuestro, ni crear. En la imperfección del otro hay un espacio de acción, de aceptación y de comunión.

Entramos a una relación de pareja desde la vulnerabilidad, y en nuestro corazón llevamos a nuestros padres, imperfectos.

El afán de perfección, y el control que ello implica, oculta las ansiedades provocadas por el sentimiento de desamparo infantil e inseguridad.

Por eso mismo una clave para las parejas es ver lo esencial del otro, reconocerlo. Verlo completamente, a él (ella) y su circunstancia, de dónde viene, qué ha ocurrido antes, qué río de historia lo trajo hasta aquí frente a nosotros para compartir un tramo de nuestro camino de vida. Qué intercambio sí es posible entre nosotros dos y a qué cosas debo renunciar en esta relación.

La pareja implica una renuncia, por un lado es un momento de culminación, pero por el otro significa renunciar a las expectativas infantiles de afecto y seguridad. Estar en pareja es también arriesgarse, dar un salto al vacío, a un nuevo escenario del amor, en el que otras cosas entran en juego, muy distintas a las que pusimos en juego anteriormente en la relación con nuestros padres y familia de origen.

Los traumas infantiles, las expectativas no cumplidas, se reflejan en la relación de pareja. Por eso cuando vemos relaciones muy “tormentosas” tendemos a pensar que lo que está en juego allí es algo del pasado no resuelto y reactualizado en la pareja. Incluso nuestra elección de pareja a veces se basa en esta necesidad de saldar algo con nuestros padres. En los pliegues de aquella persona amada se esconde la potencialidad de proyectarle aspectos de mi padre o madre, para recrear fuera de tiempo una situación anterior. Y todo esto con la ilusión infantil de que esta vez, funcione, que yo obtenga lo que quería o que pueda curar alguna vieja herida. Pero lo único que hago es repetir y repetir, alejando cada vez más a la persona que tengo delante (mi pareja) sintiendo más extrañeza, porque dejamos de ver quién es realmente esa persona, en todo este proceso.

Claro que nunca funciona, entonces exigimos demasiado, olvidamos que la pareja es solamente un área de nuestra vida. En el máximo de esta confusión empezamos a pedirle cosas que en realidad son reclamos disfrazados a nuestros propios padres. La pareja entonces se siente desbordada con esos reclamos que son demasiado exigentes o simplemente imposibles de complacer.

En las constelaciones familiares orientadas a las relaciones de pareja, podremos ver las dinámicas ocultas que están detrás de las dificultades para permanecer en pareja, o para crear una relación de pareja. Qué lealtades afectivas nos impiden avanzar en este terreno. Y también repasar los “órdenes del amor” tan bien descritos por Bert Hellinger, según el cual el amor necesita de cierto respeto a algunas “jerarquías” para que cada integrante de la familia tenga un lugar de fuerza y salud. Así como el agua, necesita su cauce claro.

Para este trabajo nos basamos en las tres reglas del amor, según Bert Hellinger y que son:

Si bien la pareja actual es la importante, deben ser tenidas en cuenta las anteriores, y respetar el orden de cada una (la primera esposa siempre lo será, y la segunda no debería ocupar ese lugar)

Todos los integrantes de una familia son parte, es decir, tienen el mismo derecho a la pertenencia, y la exclusión de alguno de sus integrantes deja la brecha abierta para que otro tome su lugar y mediante enfermedades, síntomas etc. reclame su inclusión en la conciencia familiar.

Entre los hijos también hay un orden, y es el orden en que nacieron, sólo que para la teoría sistémica todos son hijos, incluso los no nacidos (ya sea por abortos o por embarazos que no llegaron a término). Si una madre tiene dos hijos nacidos y dos abortos, internamente ella tiene cuatro hijos. El no reconocimiento (por parte de la madre) de los hijos no nacidos provoca ansiedad, y otro tipo de trastornos en los hijos nacidos, principalmente los que nacieron luego de estos embarazos interrumpidos.

Al comprender todo esto que aquí desarrollamos, claramente queda derribada la ilusión de que en la pareja existe algo así como el “amor incondicional”. El amor de la pareja está condicionado a la necesidad de un cierto equilibrio entre pares. El amor incondicional sólo puede darse de padres a hijos.

Para estar en pareja debemos renunciar a todas nuestras imágenes internas y aprendidas de “cómo debería haber sido” para entregarnos a una corriente nueva, desafiante y amorosa.

Marga Angrill 

Cambios ajenos por Merlina Meiler

Permanentemente, esperamos que los demás cambien para satisfacer nuestras necesidades o para sentirnos mejor.

Esto se aplica a nuestra pareja, amigos, vecinos, compañeros de trabajo e incluso, nuestros dirigentes o referentes.

Y nosotros, mientras esperamos que ellos modifiquen alguna conducta, ¿qué hacemos?

Es muy sencillo pedirles a los demás que se ajusten a la idea que tenemos de lo que debería ser una pareja (o un hermano, un vecino, etc.) y quedarnos desesperanzados y dolidos si no vemos lo que nosotros consideraríamos mejoras.

¿Pero cuál es nuestra responsabilidad en este asunto? ¿Cómo podemos acortar los tiempos para obtener respuestas y no sentirnos defraudados o desesperanzados en el camino?

Propongo algunos puntos a seguir para lograr excelentes resultados:

- El primero es revisar nuestras creencias: ¿cómo aceptar el cambio de otra persona si descreemos de lo que puede llegar a alcanzar? Por ejemplo: si consideras que “toda la gente es tacaña”, ¿de qué manera le estás dando la oportunidad a alguien de que demuestre que puede ser más dadivoso o generoso? Si sostienes que “siempre hay un vecino molesto”, ¿no estarás buscando actitudes en los demás que justifiquen lo que piensas, sin darles la chance de que lo modifiquen?

- Otro punto importante es expresar claramente qué deseas que los demás cambien. “Él debería darse cuenta de lo que me molesta” o “ella siempre hace lo mismo y ya lo hablamos” no tiene la claridad necesaria para lograr algo diferente: habla o escribe claramente lo que te disgusta o lo que te gustaría que suceda, la gente no es adivina y una cara larga o una mala contestación no dan indicios de qué deseas, específicamente.

- Además, ¿qué puede cambiar tú para dar lugar a que se produzca lo que quieres, de manera fluida? Porque por ejemplo, si constantemente buscas pelea con tu pareja, es difícil que dejes de recibir lo mismo. Un pequeño cambio de actitudes de tu parte puede facilitar que tu contraparte haga lo mismo – y vayan llegando al terreno que tanto estás esperando.

- Y mi última propuesta de hoy es que caviles unos instantes sobre lo real de tu exigencia. La otra persona, ¿puede hacer un cambio como el que querrías que se produjera? ¿Has visto que tiene ese trato o esas actitudes con otras personas o, simplemente, le son ajenas? ¿Tiene la capacidad de darte lo que necesitas? En estas preguntas y en otras similares que te están surgiendo tendrás la clave para saber si tu deseo puede convertirse en realidad o si excede a las posibilidades del otro.

¿Hay algún cambio importante que quisieras ver concretado?


Sin decepciones por Merlina Meiler

En distintos momentos de nuestra vida nos sentimos decepcionados o desilusionados, porque las cosas no salieron como queríamos, porque alguien no respondió de la manera esperada… en fin, por un sinnúmero de razones variadas. A continuación, te ofrezco una guía práctica para sobrellevar el momento de la decepción.

Te propongo que transitemos por lo que sucedió a fondo, por última vez, y luego que nos enfoquemos en cómo capitalizar este hecho para acceder a un futuro más pleno.

Primero, es necesario pensar en lo que realmente pasó, para poder despedirnos de los recuerdos que el hecho conlleva. Enfocar qué nos produce esta sensación que nos invade en este momento. Si incluye a una persona, especificar qué esperábamos y no ha sucedido, o no ha cumplido, o ha dejado de hacer. Si son hechos, separar el azar o las actitudes de los demás de las nuestras.

En segundo lugar, preguntarnos (nuevamente, por última vez) por qué nos afecta tanto esto. Cuál ha sido nuestra responsabilidad para que eso ocurriera (o no ocurriera). Por qué nos sentimos decepcionados (y no de otro modo). Una decepción es lo mismo que una des-ilusión… ¿cuál es la ilusión que se ha visto afectada? ¿Era realista? ¿Tal vez exigimos demasiado de una persona o de una situación?

Tercero: ¿qué aprendemos de esto? ¿Qué enseñanza nos queda, hacia el futuro? ¿Qué podemos modificar para que algo así no vuelva a pasar? Este paso es importantísimo para que llegue el alivio final y puedas avanzar hacia tu futuro, con mayor tranquilidad y paz interior.

Siempre hay gente confiable alrededor nuestro, y hay oportunidades para que cumplamos nuestros sueños. De nosotros depende darnos cuenta de quién es quién, ser realistas y esperar lo mejor, porque puede y va a suceder.

Fuente: http://www.mejoraemocional.com