martes, 1 de octubre de 2013

Desequilibrio por Merlina Meiler

Tener falta de equilibrio significa no estar en nuestro centro y, por ende, no poder contar con la claridad necesaria para ver las cosas tal cual son o para tomar decisiones acorde a lo que está sucediendo.

Claramente, no me estoy refiriendo a los trastornos que necesitan atención médica, sino a aquellos momentos de incertidumbre o de zozobra en los que nos sentimos incómodos, fuera de foco, y se nos dificulta acceder a los recursos internos con los que contamos para hacer frente a lo que nos toca.

Nuestros razonamientos y nuestros comportamientos se ven alterados por hechos que se produjeron y que nos desestabilizaron. O sentimos que solemos volver a ese lugar en el que se repite cierto estímulo proveniente del exterior (como el trato despectivo de parejas o de superiores, engaños, etc.) y nos sentimos indefensos, inestables, a merced de personas o de situaciones que acaecen.

Los desequilibrios pueden producirse por influencias internas o externas.

Influencias internas

Nosotros mismos damos lugar al desequilibrio por conflictos sin resolver (yo lo llamo talón de Aquiles emocional”, por no enfrentarnos a lo que deberíamos, por miedos, por pesadumbres extremas sobre las que no tomamos medida alguna. Albergamos diversos puntos álgidos que cada vez que se disparan nos retrotraen al mismo escenario.

También se produce por creencias arraigadas en nuestro interior y que condicionan el entorno. Si consideramos, por ejemplo, que todo el que se nos acerca sentimentalmente tiene un interés económico y quiere aprovecharse de nosotros, eso es lo que atraeremos: el desasosiego y la sensación de desequilibrio volverán a surgir, una y otra vez, hasta que modifiquemos el patrón que da lugar a esta clase de vínculos (nuestra creencia).

Influencias externas

Prestar demasiada atención al qué dirán o a las directivas y a lo que hayan decidido para nosotros quienes nos rodean, en desmedro de nuestros propios intereses y deseos, conforman el caldo de cultivo ideal para perder o para no poder hallar el equilibrio.

Aceptar malos tratos y faltas de respeto (o sea, problemas para poner límites y para hacernos valer) y taparlos o intentar obviarlos también nos alejan de nuestro centro y condicionan nuestro quehacer cotidiano, aun las tareas más pequeñas o rutinarias.

Claro que lo que nos digan con buenas intenciones puede ser utilizado como una referencia para establecer qué rumbo tomar, pero la decisión tiene que ser nuestra en todas las circunstancias y basarse en quiénes somos y en qué queremos en lo profundo de nuestro ser.

Siempre que tengamos un talón de Aquiles emocional –conflictos irresueltos– correremos el riesgo de que alguien toque esa fibra y nos haga perder el equilibrio. Lo mejor es abocarse a él apenas lo detectemos, para entenderlo y llegar a desactivarlo.
Si el desequilibrio está afectando el normal desarrollo de tus actividades o diferentes áreas de relación y de desempeño, es conveniente que visites a un profesional.

Sentir cierto desequilibrio en un área de nuestra vida o en un momento en particular debido a hechos acaecidos no es malo ni un síntoma para preocuparse: nos está mostrando cuál es nuestra flaqueza y hacia dónde dirigir nuestras energías para volver a gozar de la armonía interior tan deseada.


Fuente: Mejora Emocional

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