viernes, 26 de julio de 2013

Cuidados finales por Merlina Meiler

Ayer me encontré en la calle con una conocida que hace tiempo no veía.

Ella es licenciada en terapia física (kinesiología) y me comentó que estaba dedicándose, exclusivamente, a enfermos terminales.

Mi primera reacción fue quedarme perpleja y pensar qué duro que debía ser su trabajo diario.

De hecho, le expresé mi inquietud. Le pregunté si podía dejar de lado sus vivencias laborales durante el resto del tiempo y si no la angustiaba tratar a gente durante un corto lapso, sabiendo que en cualquier momento se produciría el desenlace.

Pero ella, con la mayor tranquilidad, me explicó que su trabajo es altamente gratificante y que no lo cambiaría por ningún otro.

Que ayudar a las personas enfermas en la última etapa de su vida es algo hermoso, ya que se siente útil de poder ayudarlos.

De hecho, me comentó que no aceptaba situaciones menores, como un esguince o una lumbalgia, porque “hay casos más importantes para atender”.

Inmediatamente, pensé en la enorme labor que ella también realiza para las familias de los enfermos, ya que ellos perciben cierto alivio en la persona y les reconforta sentir que aún se puede hacer algo –no importa si mucho o poco- que resulta bueno y positivo para ellos.

También le pregunté cómo tomaba el hecho –cotidiano para ella- de la muerte de alguien con quien había estado en contacto y, tal vez, se había encariñado. Me explicó que ella, un par de días antes, se da cuenta de que ese ser va a fallecer, ya que “la persona entra en un estado de paz profunda, lo único que irradia es paz” y ella se va tranquila, sabiendo que ha desarrollado una tarea importante para ese paciente.

Ese estado de paz lo percibe en absolutamente todos, ya sea que estén al tanto, acepten, desconozcan o nieguen la gravedad de su situación y es independiente de la religión y de las creencias de cada uno de ellos sobre la muerte (o sobre lo que hay o no hay posteriormente).

Cuando después de unos minutos nos despedimos, fue evidente que yo me quedé más apesadumbrada que ella por el tema que habíamos tocado. Ella se fue caminando a su siguiente consulta con el mismo paso despreocupado con el que la había encontrado.

Ahí fue cuando me decidí a escribir esta columna.

Sé que no todos los temas que desarrollo les tocan de cerca a todos, pero ciertos asuntos pueden ser de utilidad a algunos de ustedes en diversos momentos. O conocen a alguien a quien le pueda servir. O les ayuda a entender alguna circunstancia en retrospectiva.

Y este es, como siempre, el fin que busco con mis escritos.



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