sábado, 6 de julio de 2013

Ambiciones por Merlina Meiler

La palabra “ambición” está bastante mal vista y sin embargo, para mí, es muy útil, utilizada en su justa medida.

Tener la aspiración de obtener algo que nos interesa (ya sea tangible o intangible) o para lo que tenemos talento es muy bueno.

Saber hacia dónde queremos dirigir nuestra energía, también.

Ya reza un dicho popular: “si no sabes hacia dónde estás yendo, ¿cómo sabrás cuando hayas llegado”?

Establecer la vara bien alta nos motiva a esforzarnos, a no quedarnos con menos de lo que deseamos, a no conformarnos con cualquier cosa.

El deseo de alcanzar objetivos es un motor que nos impulsa a mejorarnos, a ir más allá de nuestros límites actuales, a superarnos.

Hasta aquí, las ambiciones son altamente positivas.

Se transforman en lo contrario en ciertos casos puntuales si, para llegar adonde deseas:

- tus escrúpulos o tus principios morales se ven comprometidos

- pisas la cabeza de otra gente o actúas de manera desleal o cuestionable

- no disfrutas de lo que tienes ni de cada tramo que vas consiguiendo, en pos de perseguir permanentemente el final del recorrido

- te ciegas por completo a otras opciones (como un plan B)

- compites desmedidamente contra otros, con el mero fin de demostrar que eres mejor o que tienes más capacidades o influencia – dejando de lado, incluso, lo que en un principio te motivó a buscar el fin al que intentas llegar

Tú eres la persona indicada para saber si tienes las riendas de tus ambiciones o si ellas han llegado a controlarte a ti y a tus comportamientos en algún ámbito.

¿Te consideras una persona ambiciosa?

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