sábado, 1 de junio de 2013

Volar o arrastrarse

La ambición es una energía nacida del deseo y está conectada siempre
con una visión de futuro. Se enfoca en aquello que queremos ser o lograr.
No es buena o mala en sí.
Cuando decimos que alguien es ambicioso, lo describimos como una persona ligada a un ideal, a un proyecto, a una utopía.
En todo caso depende de qué se ambiciona.
¿Poder para mejorar el mundo, para hacer funcionar la justicia,
para alimentar valores morales?
¿O poder para mejorarse sólo a uno mismo a costa de otros, para sojuzgar,
para depredar?
Podemos aplicar estos interrogantes a muchos rubros sobre los que
la ambición se extiende.
Como decía Edmund Burke (1729-1797), escritor y filósofo político irlandés,
defensor de los derechos y las instituciones:
“Con la ambición tanto es posible volar como arrastrarse”.
Depende de aquello a lo que se la aplica, y de quién y cómo la encarna.
Las ambiciones que vuelan permiten desarrollar recursos propios,
trascender a través de la tarea que hacemos, crear, abrir caminos fecundos
que otros también transitarán, comunicar una visión inspiradora.
Las que se arrastran despuntan cuando, guiados por el egoísmo ético
(el que nos lleva a pensar sólo en nosotros y a considerar a los otros
como instrumentos), enfilamos a objetivos sórdidos, como los llama
André Comte-Sponville en su Diccionario de filosofía:
conservar bienes y vida a cualquier precio, obtener dinero y poder
como fines en sí mismos.
La ambición carente de sentido trascendente nunca se calma.
La que lo tiene suele alcanzar metas que serenan el alma…

Diálogos del Alma
Sergio Sinay



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