jueves, 18 de abril de 2013

Emociones tóxicas por Merlina Meiler

Te encuentras con personas que, decididamente, te hacen mal.

Te ves inmerso en situaciones de desgaste, angustia, desilusión, sin saber cómo has llegado hasta allí ni cómo salir (ni siquiera airoso, simplemente, salir).

La respuesta: una emoción tóxica.

No es casualidad que se repita una y otra vez la misma sensación interna de desasosiego y de desesperanza, ya sea con parejas fallidas, con amistades engañosas o con hechos que te dejan un conocido sabor amargo en la boca.

De alguna manera y por alguna razón que suele ser poco clara, tienes dentro de ti una emoción tóxica que busca, permanentemente, justificativos y validaciones en el afuera, para emerger y adueñarse de tu razón y de tu corazón. La puedes resumir en una palabra generalmente (envidia, celos, sentimiento de inferioridad, culpa, odio, luchas de poder, resentimiento, etc.). Lo importante es saber que hay algo atrás que la moviliza y en esto debemos centrarnos para poder liberarnos de estas pesadas cadenas (sí, es posible abrirlas, ¡y ya tienes en tu poder la llave!).

He visto personas a quienes, ante estas circunstancias exteriores (maltrato de una pareja, engaño de un amigo, clima de trabajo insoportable, etc.) que disparan la aparición de la emoción tóxica, se les nubla la visión (literal o figuradamente), pierden objetividad, les late rápidamente el corazón, se les cierra el estómago, se les dificulta conciliar el sueño, etc. Estas reacciones son simples conexiones con la emoción tóxica en su forma más primitiva, que de estas maneras aflora.

De nada sirve culpar al afuera de la “mala suerte”: “los hombres/las mujeres son tod@s iguales”, “no se puede confiar en nadie”, “siempre me encuentro con gente que …”

Tampoco es necesario saber exactamente qué refleja esa emoción tóxica: en general, copiamos conductas de algún miembro de la familia (desde que somos bebés vamos “aprendiendo” cómo relacionarnos con los demás a través de comportamientos ajenos, sin discernir si son saludables o productivos). Otras veces nos acostumbramos a resolver asuntos de cierta manera (creemos que aclara cuando en realidad oscurece) o permitimos que nos hagan participar del “drama de control” de otros y nunca más pudimos (o intentamos) salir a la luz.

Sí puedes hacer algo – ¡mucho, en realidad!: las emociones que albergamos no son barcos a la deriva sin rumbo. Tú eres el timonel que puede hacer que llegues a buen puerto en medio de la peor (y, probablemente, última) tormenta.Si has tomado la decisión de correrte de ese lugar y de saber que la emoción tóxica existe pero ya no necesitas conectarte con ella ni dejar que se adueñe de tu vida o de tus instintos, entonces, ha llegado el momento del adiós.

Por última vez, recrea durante unos minutos qué sientes cuando te suceden estos hechos que parecen estar fuera de tu alcance: qué reacciones corporales tienes, qué imágenes se te presentan, qué te dices, qué voces familiares escuchas.

Dedica un rato a experimentar lo que vaya surgiendo, y tómalo como una despedida de lo que ya está aflorando.

Concéntrate en lo que más te llame la atención: una voz, cierta apariencia, una reacción corporal, un recuerdo, una situación que no sabes si sucedió realmente o no, lo que sea estará bien. Mira con nitidez cómo es, qué características tiene, colores, sonidos incluidos, sensaciones que emerjan y todo lo demás relacionado.

Una vez hayas fijado claramente esta imagen, destrúyela. Como te venga en gana. Córtala en pedacitos, pégale mazazos, haz que los colores se destiñan hasta quedar en blanco y negro, luego en gris y blanco y finalmente sea transparente y desaparezca, quémala, tírale pintura de colores, lo que te surja y de la manera en que se te presente.

Para esto, también tómate el tiempo que precises: serán minutos pero para tu sanación interna, se transformarán en meses y en años de plenitud.

Después de hacer este ejercicio, sentirás que un gran peso ha quedado atrás.¡Cuéntame cómo fue tu experiencia!

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