martes, 26 de marzo de 2013

Reuniones de la primaria por Merlina Meiler

Quienes tenemos perfiles en redes sociales (o, simplemente, correo electrónico), no estamos exentos de recibir invitaciones a reuniones con ex compañeros de la escuela – incluso después de décadas de haber terminado nuestros estudios.

Me han preguntado en varias ocasiones si vale la pena asistir (o promoverlas) y mi respuesta categórica siempre ha sido: SÍ.

Lo que me sucedió en la reunión que tuve con ex compañeros de la primaria hace pocos días fue, sencillamente, hermoso.

Al recibir la invitación (por Facebook, hace algunos meses), se agolparon en mí muchas emociones diferentes y también afloraron un sinfín de preguntas: ¿Quién irá? ¿Serán los mismos o me parecerán extraños? ¿Qué recordarán de mí, o mejor dicho, me recordarán? ¿Por qué dejé de verme con gente a la que adoraba y con la que pasamos tantos momentos únicos?

Creo que muchas de mis inquietudes tenían que ver con ideas mías de lo que significó esa etapa y del miedo de que quienes formaron parte de mis recuerdos ya no los tuvieran en cuenta o no les dieran importancia. Desde la adultez, vemos la infancia como un periodo lleno de valor “que ya no existen”, de sueños inocentes, de esperanzas (algunas concretadas, otras no), de sentir que todo es posible a futuro.

En lo personal, no me preocupa el paso del tiempo ni me importaba cómo me iban a ver físicamente después de tantos años; mi ansiedad iba por otro lado: el impacto interior de volvernos a encontrar y la extraña felicidad que eso me provocaba.

Pero hubo gente que al enterarse de la convocatoria decidió no ir, de plano. Me hubiese gustado saber la razón que los motivó a tomar esa determinación. ¿Qué tendrían miedo de enfrentar? ¿La mirada ajena? ¿No haber cumplido los sueños de niño? ¿Algún fantasma al que su “niño interior” aún no ha podido hacer frente o permitir que descanse en paz? Ponerse cara a cara con ciertas situaciones representa una buena oportunidad para dilucidar qué asignatura nos ha quedado pendiente y resolverla, para poder seguir adelante con un pie más firme y con la carga alivianada.

En lo personal, en todo momento pensé en asistir y, con el transcurso de las semanas, la expectativa iba creciendo, junto con la movilización interna.

Creo que mi preocupación principal era saber si los sentiría lejanos o si los reconocería desde el alma. De hecho, una de mis mejores amigas de la primaria me llamó para ir juntas. La ocasión comenzaba aun mejor de lo esperado.

Si tengo que describir en pocas palabras el encuentro, diría que fue un “mimo para el alma”.

Tantas anécdotas.

Tanta emoción.

Tanta buena onda.

Tantos recuerdos imborrables que, por lo que felizmente constaté, siguen siendo compartidos (¡además me hicieron rememorar situaciones que tenía olvidadas!).

Tantos mensajes sin palabras, expresados con sonrisas, con miradas, con cariño incondicional.

En un punto del corazón, el tiempo no ha pasado.

Me gustó ver que muchos de mis ex compañeros y compañeras forman parte de matrimonios largos (desde sus veintipico) y se los ve felices.

Es toda gente de bien con un denominador común: la esencia, los ideales y los valores que tuvimos en la primaria permanecen inalterables. Y esta fue una excelente manera de reconectarnos con ellos y de saber que forman parte de nuestro ADN y, aunque en alguna circunstancia flaqueemos o dudemos, están dentro de nosotros guiando e iluminando todos nuestros pasos.

En mi caso, la experiencia fue sublime y superó mis ya altas expectativas. Hay vínculos permanentes que trascienden los llamados, los mails y los encuentros en persona y es lindísimo reconectarse con ellos.

Como dijo otra de mis grandes amigas de esos años: “Las vivencias de chicos quedan en el corazón y, aunque tenemos cara de gente grande, el alma sigue siendo jovencita”.

¿Te gusta reencontrarte con gente que hace mucho no ves?

Fuente: http://www.mejoraemocional.com

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