lunes, 11 de febrero de 2013

La soledad o el miedo a hallar lo que se busca por Merlina Meiler

Hay gente que padece el estar sin pareja.

No sabe qué hacer con su vida en ciertos momentos y esto se profundiza los fines de semana y en eventos sociales.

Pero en realidad, ¿tendrán miedo a hallar lo que tanto desean?

Hace poco tiempo salió publicada esta nota en el diario La Nación, escrita por Miguel Espeche, que versa sobre el tema.

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Muchos son los solos y las solas en la ciudad. Muchos de ellos desean, o dicen desear, una pareja estable, alguien a quien querer y por quien ser queridos. En diferentes sintonías y códigos van por la vida en busca de una pareja que no siempre llega en tiempo y forma, por más que los ensayos sean muchos y variados. Es verdad que hay quienes prefieren buscar pareja a encontrarla. Buscan y buscan, pero nunca encuentran. Es que de encontrar a alguien que pudiera dar con el perfil de “pareja” quizá les vendría un gran susto, el susto del que encontró lo que buscaba y ahora teme perderlo.

Suponen que es menor el dolor de no encontrar lo que se anhela a encontrarlo y que la cuestión no funcione. Por experiencias pasadas en las que vivieron penas, desencuentros y abandonos, o por lo que se dice por ahí de lo que pasa con las parejas, encuentran temible al amor y sus circunstancias, por más que sueñen con él a diario.

Antes de que haya quejas, digamos que sí: existen los que no tienen pareja y no sólo no se quejan, sino que hacen militancia de su condición de solitarios. De ellos sólo podemos decir que existen y que negarían mil veces anhelar el amor de pareja, dada su disfrutada condición de lobos esteparios. No es por no poder, sino por no querer, dirán seguramente con razón, que no hay otro compartiendo su vida, y repetirán una y otra vez que “el buey solo bien se lame“.

En los fines de semana, sin embargo, la noche de la ciudad se puebla de la ambivalencia del “quiero, pero no“, la danza de los que se buscan, se miran, hasta se tocan, pero no siempre se encuentran, quizá porque no quieren de verdad el encuentro cercano, o, tal vez, aunque lo desean, una barrera invisible y a veces incomprensible se ubica frente a ellos, impidiendo esa intimidad tan temida: la emocional, esa que duele, y mucho, cuando es herida.

Es verdad, la intimidad que más temor genera es la emocional, mucho más que, por ejemplo, la física. Los cuerpos, por aquello de la modernidad, se pueden encontrar más asiduamente que en épocas muy anteriores a las nuestras, y de hecho ya a veces ese tipo de encuentro es tomado deportivamente. Pero las almas, digámoslo así sin temor a ser cursis, andan por ahí, solas, parapetadas por miedos disfrazados de otras cosas.

Modernosos o tangueros, cancheros o nerds, jovencitos o ya grandes y con varias historias encima, la fauna ciudadana, sobre todo al caer la noche, disfraza anhelos atávicos de intimidad para lanzarse al encuentro de lo que sea que mantenga viva la ilusión.

De día, sin embargo, los consultorios de psicólogos y afines se pueblan de soledades, sean éstas dolidas o no. En la mañana una treintañera se duele frente al psicoterapeuta por tanto desencuentro en su vida amorosa. Al atardecer, en el mismo sillón del mismo consultorio, un hombre, quizás una potencial pareja de la dama antes mencionada, se lamenta, en sus masculinos códigos, de lo mismo: de la dificultad de encontrar alguien que no sólo se acerque superficialmente, alguien que permita esa plenitud anhelada y, a la vez, temida.

Y así andan todos, libres de las dificultades del amor, ajenos al riesgo de perder, gozando quizás el torbellino del cortejo que llega “hasta allí” en lo que a afectos refiere- y está bien, sólo que a la larga la gente se cansa de la cuestión y, se sabe, lo lindo de emprender un viaje es tener un lugar al cual volver.

De lo social a la intimidad, de la intimidad a lo social. Es bueno salir y navegar diferentes aguas para conocerlas y, a través de ese conocimiento, conocerse a uno mismo. Pero sepamos que, tarde o temprano, la intimidad es el cobijo por todos (o casi todos) anhelado. Por eso, mejor perderle el miedo y aprender a cuidarse sin que ello implique parapetarse en la histeria o el corazón blindado. Es bueno saber que la soledad es una opción, no un destino marcado por el miedo a la pena y al desengaño, disfrazado de libertad.

Fuente: http://www.mejoraemocional.com

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