miércoles, 17 de octubre de 2012

Los objetivos en una pareja – Parte 2 por Merlina Meiler

Quien cree que no tiene objetivos personales y toda su vida está enfocada en otros, se equivoca. Estos objetivos están reprimidos y en algún momento harán eclosión, de una manera impensada. Todos precisamos contar con un objetivo individual propio, elegido por nosotros mismos, de acuerdo con nuestros gustos, deseos, expectativas o necesidades, por más pequeño que nos parezca, ya que esto nos dará ese aire extra que resulta esencial para seguir sintiéndonos seres únicos, que nos desarrollamos dentro de un marco de pareja y de familia. Tomar decisiones tiene un costo, no hacerlo tiene un costo mucho más elevado: la pérdida de la individualidad y todo lo que esto atañe.

Cada persona tiene el control de las riendas de su vida, y la facultad de realizar elecciones saludables. Cada persona es responsable de su destino y de determinar qué hacer y cómo vivir en el futuro, qué aceptar y qué rechazar. Asimismo, cada persona necesita alcanzar sus propios objetivos y poner sus propios límites. Si uno de los miembros de la pareja no lleva las riendas de su propia vida, el otro lo hará. Y podrá escoger a su antojo lo que hacemos y lo que no, hasta niveles impensables…

En muchos casos no resulta sencillo diferenciar entre los pensamientos, los objetivos y las aspiraciones que pertenecen a uno y aquéllos que pertenecen a la pareja. Esto está relacionado con la manera en que delimitamos nuestras fronteras como individuos y en el tiempo que hace que formamos parte de este vínculo. Si se genera confusión con respecto a lo de uno y a lo del otro, uno o ambos se ven desdibujados en lo individual y esto genera fricciones y desentendimiento, sería conveniente poner límites y ver qué parte es de cada uno y qué parte es la común, en la pareja.

Es que después de un tiempo de estar juntos, los límites se entremezclan y cuesta separar el bagaje original que cada uno aportó al vínculo. Los miembros de una pareja se mimetizan en ciertos aspectos, en lo relativo a características que originariamente sólo uno poseía. Esto que puede parecer una forma de orden en la modalidad vincular y de acoplamiento a la otra persona, enmascara un caos subyacente ya que muchas de las cualidades en cuestión no le pertenecen a quien las ha incorporado, tan solo reflejan al otro. Se puede desencadenar crisis de distinta índole, y que la persona se sienta sin rumbo y no se reconozca.

De igual modo, es usual que nos encontremos con dos tendencias contradictorias y dudemos al momento de tomar una resolución si cumplir con los requerimientos individuales o los de la relación. Para elegir qué hacer, tengamos en cuenta nuestro propio bienestar y el del vínculo que deseamos preservar, sin relegar aspectos de nuestra personalidad. Al estar en sintonía con nuestro yo interno, podremos reconocer más fácilmente qué necesitamos y qué buscamos lograr en los dos ámbitos. Ser fiel a estas dos variables es la meta a alcanzar y el desafío a resolver.

Fuente:
http://www.mejoraemocional.com/


Los objetivos en una pareja – parte 1 por Merlina Meiler

Cada miembro de una pareja tiene dos objetivos diferentes: uno personal y otro en común. Se generan conflictos cuando se trata de armonizar estos dos objetivos, ya que muchas veces no coinciden en absoluto y una de las dos personas se ve obligada a ceder o, en el peor de los casos, a deshacer el vínculo aún en contra de sus sentimientos.

El objetivo individual se relaciona con la satisfacción de las necesidades genuinas de cada integrante de la unión. El objetivo de pareja tiene que ver con lo que uno espera de la relación, con la idea preestablecida que cada miembro trae al vínculo acerca de los roles que deben cumplir las mujeres y los hombres. Las expectativas de que el compañero o la compañera asuman tal o cual rol (muchas veces, basado en lo que uno de los padres hizo o debió hacer, en presiones culturales o sociales, etc.) tratan de enmarcar la conducta de la otra persona, suelen ponerle límites o desaprobar deseos genuinos del otro, lo que en muchos casos llega a transformarse en materia de discusiones y desavenencias.

Hay sectores del ámbito de la pareja que pueden compartirse por completo, y algunos en los que es mejor que tomemos determinaciones solos con nuestra alma. Hay áreas personales que lógicamente se pueden conversar con quien comparte nuestra vida, como la toma de algunas decisiones cotidianas o importantes. El pedir puntos de vista o consejos alimenta el intercambio y la posibilidad de llegar a un terreno en común para que las dos partes se sientan integradas. Si nuestro compañero o compañera se siente excluida, probablemente tomará de peor manera los cambios o las decisiones individuales que queramos encarar.

En la formación de una pareja se va llegando a acuerdos inconscientes que determinan cierta manera de interactuar y complementarse. Estos acuerdos sostienen la manera en que funciona la estructura de la pareja. A veces uno de los integrantes decide (de manera consciente o inconsciente) no mejorar para no ser más que el otro, no alcanzar más metas, no ganar más dinero. Trata de que todo siga funcionando de la misma manera que cuando se creó el vínculo, bajo los mismos patrones de conducta, para que no se produzca un cambio con consecuencias imprevisibles. Las modificaciones que se producen en esta clase de acuerdos inconscientes (cambios de roles, por ejemplo) sacuden y hacen tambalear al vínculo si una de las dos personas no se adapta a los cambios individuales que el otro va teniendo, o no los acepta como lógicos del devenir de la vida y del tiempo.

Asimismo, el freno al desarrollo personal también provoca un impacto imprevisible en la pareja, a corto o largo plazo. Por ejemplo, una mujer que deja su estructura de vida para dedicarse a su esposo y a sus hijos puede llegar a experimentar una frustración muy grande con este cambio de objetivo individual si ella no está completamente de acuerdo con este rol, y si lo aceptó por patrones familiares, sociales o por imposición o acuerdo inconsciente con el marido.

Asimismo, el no aceptar un puesto mejor o incluso no terminar estudios para no eclipsar de algún modo a quien comparte nuestros días es una manera de limitarnos en nuestra vida personal o profesional y en nuestras capacidades, y esto, nuevamente, en algún momento hará mella en el vínculo ya que provoca resentimientos, angustias, desvalorización, dependencia y otros sentimientos similares que sólo aportan desasosiego e incomodidad.

El relegar nuestros propios deseos en función de otros y el suponer que tiene absoluta prelación la satisfacción de las necesidades de los demás antes que las nuestras impide que identifiquemos nuestros anhelos y deseos reales, y les demos su justo lugar.

Esto genera un conflicto intrapersonal (que ocurre dentro del individuo, la persona consigo misma) que lógicamente de traspasa a un conflicto interpersonal (con el otro individuo), en este caso con la pareja, que puede traer aparejada indiferencia, malos tratos, enfermedades de toda índole, infidelidad. De este modo, este conflicto repercute negativamente en la relación. Es sustancial que los dos integrantes de la pareja se sientan contentos y satisfechos como seres humanos individuales y en lo que respecta a su vínculo con el otro. El no intentar alcanzar la realización personal o relegarse muchas veces tiene un efecto tan potente que pone en juego el bienestar e incluso la continuidad del vínculo.

Fuente:


Biografía de Arthur Miller

(Nueva York, 1915 - Roxbury, Connecticut, 2005) Dramaturgo estadounidense. Autor de obras emblemáticas como La muerte de un viajante y Las brujas de Salem, y ganador en dos ocasiones del premio Pulitzer, Arthur Miller está considerado como uno de los mejores dramaturgos del siglo XX. Escritor comprometido, Miller supo trasladar a los escenarios el conflicto del ser humano y el espíritu crítico, arremetió contra el masificador antihumanismo estadounidense, se acercó al marxismo, para después criticarlo, se opuso activamente a la “caza de brujas” del senador McCarthy y denunció la intervención estadounidense en Corea y Vietnam. Su nombre fue sinónimo de audacia y de ruptura, tanto temática como estructural.

Arthur Asher Miller nació en Nueva York el 17 de octubre de 1915, tercer hijo de un matrimonio de emigrantes austríacos formado por Isidore Miller (un fabricante de abrigos judío que se arruinó durante la Gran Depresión) y Augusta Bernett. Se graduó en la Abraham Lincoln High School y para pagarse los estudios de periodismo, que cursó en la Universidad de Michigan, trabajó en una radio local, en un almacén y como editor de noche en el Michigan Daily.


Arthur Miller

Poco antes de obtener la licenciatura, escribió Todavía crece la hierba (1938), una comedia que le valdría los primeros reconocimientos. Tras finalizar sus estudios, regresó a Nueva York y se inició en la escritura de seriales radiofónicos.

La década de 1940 supuso un período de cambios para Miller. Por un lado, en 1940 contrajo matrimonio con su novia de la universidad, Mary Grace Slattery, con la que tuvo un hijo, Robert, y una hija, Jane, y por otro se consolidó como escritor. Después de debutar en Broadway con El hombre que tuvo toda la suerte del mundo, una comedia de escaso éxito comercial, pero que le proporcionó el Theatre Guild Award en 1944, curiosamente fue una novela, Focus(1945), un alegato contra el antisemitismo, la que le reportó su primer éxito.

Influido por Ibsen, Miller mostró su preocupación por la sociedad que le rodeaba y su problemática enTodos eran mis hijos (1947), donde abordó la actividad de los que se aprovechan de la guerra. La obra obtuvo el premio de la Crítica de Nueva York en 1948, inscribió al autor dentro del realismo norteamericano de su tiempo y supuso su espaldarazo definitivo.

En estos sus primeros títulos se entrevé ya lo que sería el elemento fundamental de toda su obra: la crítica acerba a todos aquellos valores de carácter conservador que comenzaban a asentarse en la sociedad de Estados Unidos. Dos años después llegaría su mayor triunfo con una denuncia del carácter ilusorio del sueño americano: La muerte de un viajante (1949), obra por la que obtuvo el Pulitzer de Teatro y, de nuevo, el premio de la Crítica de Nueva York, y que a menudo se cita entre las mejores del teatro contemporáneo. Ese mismo año, el montaje teatral, dirigido por Elia Kazan, obtuvo seis premios Tony. La obra se representó ininterrumpidamente desde el 10 de febrero de 1949 hasta el 18 de noviembre de 1950, y posteriormente se estrenó en salas de todo el mundo. En 1985 fue llevada al cine por Volker Schlöndorff, con un memorable Dustin Hoffman en el papel protagonista.


La primera representación de La muerte de un
viajante (1949) fue dirigida por Elia Kazan


Arthur Miller sufrió en sus propias carnes la “caza de brujas” del senador McCarthy. Su obra Las brujas de Salem (1953), un alegato contra la intolerancia y el puritanismo ambientado en 1692, era en realidad una denuncia contra las investigaciones que desde 1946 llevaba a cabo el denominado Comité de Actividades Antiamericanas. El comité, dirigido por Joseph McCarthy, había sido investido con la facultad de averiguar la filiación política de los ciudadanos, al objeto de depurar el país de “antiamericanos” y comunistas. Actores, directores, guionistas y escritores fueron multados o enviados a prisión. En 1956 Miller compareció ante el comité, que lo condenó por desacato al no querer delatar a los miembros de un círculo literario sospechosos de actividades procomunistas. Miller apeló la sentencia y finalmente fue absuelto.

Las brujas de Salem se representó por vez primera en Broadway en 1953 y obtuvo un gran éxito. En esta ocasión el encargado del montaje no fue Elia Kazan, quien en un episodio oscuro de su vida había delatado a varios camaradas ante el comité (Miller no le habló durante años), sino el legendario Jed Harris. La obra fue llevada al cine en 1996. Protagonizada por Daniel Day-Lewis (esposo de Rebecca Miller) y con guión adaptado por el propio Miller; en español se hizo una versión de la obra que se tituló El crisol.

La vida de Arthur Miller cambió radicalmente cuando, tras divorciarse de Mary, el 29 de junio de 1956 contrajo matrimonio con la mítica actriz Marilyn Monroe. La boda coincidió con el estreno dePanorama desde el puente (1955), pieza en la que el autor reproducía el tema de la llegada de inmigrantes a Estados Unidos, y por la que obtendría el segundo Pulitzer.


Arthur Miller y Marilyn Monroe

La popularidad del intelectual que había sabido ganarse el corazón de la mujer más adorada del siglo XX creció entonces vertiginosamente. El matrimonio hizo correr ríos de tinta durante los casi cinco años que duró. Habitual del papel couché y del glamour de Hollywood, la pareja no fue feliz y finalmente las infidelidades de la actriz (que tuvo un romance con Yves Montand), sus problemas con el alcohol y las tensiones durante el rodaje de Vidas rebeldes (1961), película de John Huston con guión del dramaturgo y protagonizada por Marilyn, acabaron con el matrimonio, que finalmente se divorció en enero de 1961. En esos años Miller se mantuvo alejado de los escenarios y no volvió a estrenar hasta 1964.

La estabilidad sentimental le llegó con la prestigiosa fotógrafa austríaca Inge Morath, pionera del fotoperiodismo. Se habían conocido durante el rodaje de Vidas rebeldes, donde ella ejercía de fotógrafa oficial del rodaje. Se casaron en 1962 y ya no se separarían hasta el fallecimiento de Inge, cuarenta años después (2002). Morath le dio una hija, Rebecca, y, según el biógrafo del dramaturgo, un hijo, Daniel, nacido con síndrome de Down y del que Miller nunca habló.

Arthur Miller volvió a los escenarios en 1964 conDespués de la caída, un texto autobiográfico durísimo en el que narraba su relación con Marilyn. Otras obras destacadas posteriores, que sin embargo ya no le reportaron tanta popularidad, fueron Incidente en Vichy (1964), El precio (1968), quizá su último éxito popular, En Rusia (1969), La creación del mundo(1972), En el paraíso (1974), La colcha de Marta(1977), El arzobispo (1977), El viajante en Beijing(1984), El descenso del monte Morgan (1991) yCristales rotos (1994).

En 1997, tras un largo silencio, escribió Una mujer normal, novela corta en la línea psicologista de sus últimas obras, que mereció excelentes críticas. Entre sus aportaciones a otros géneros sobresalen la colección de relatos Ya no te necesito (1967), el guión de la película El reloj americano (1980), las recopilaciones de ensayos tituladas Ensayos teatrales de Arthur Miller (1978) y Al correr de los años. Ensayos reunidos (1944-2001) y la novela autobiográficaTimebends: A Life (1987), que se publicaría en España un año después con el título de Vueltas al tiempo. Además de dramaturgo y escritor, intervino en diversas películas y documentales, como El edén(2001). Entre 1965 y 1969 fue presidente del PEN Club, el colectivo de escritores que vela por la libertad de expresión.

Elegido el mejor dramaturgo del siglo XX, según una encuesta convocada por el Royal National Theatre, en la que participaron ochocientas personas directamente relacionadas con el teatro, estaba en posesión de la Medalla de Oro de las Artes y las Letras (1959), del premio Angloamericano de teatro (1966) y del Lawrence Olivier Theatre Award (1995). En 2002 estuvo en España para recibir, de manos del príncipe Felipe, en una emotiva ceremonia en el teatro Campoamor de Oviedo, el premio Príncipe de Asturias de las letras en reconocimiento a su capital contribución a la “renovación de la permanente lección humanística del mejor teatro”. Contestatario hasta el final, un año antes había publicado La política y el arte de actuar, un alegato contra el establishmentpolítico estadounidense, George W. Bush incluido.

En los últimos años, Miller vivía a caballo entre Nueva York, donde sus obras se seguían representando con éxito, y su residencia de Connecticut. Desde 2002 vivía con Agnes Barley, una joven artista, con la que anunció públicamente que tenía intención de casarse. Enfermo de cáncer, neumonía y con problemas cardíacos, en 2004 estrenó su última obra, Finishing the Picture. Falleció en su rancho de Roxbury el 10 de febrero de 2005, acompañado de los suyos.


Fuente:
http://www.biografiasyvidas.com

Biografía de Frédéric Chopin

Frédéric Chopin
Hijo de un maestro francés emigrado a Polonia, Chopin fue un niño prodigio que desde los seis años empezó a frecuentar los grandes salones de la aristocracia y la burguesía polacas, donde suscitó el asombro de los asistentes gracias a su sorprendente talento. De esa época datan también sus primeras incursiones en la composición.

Wojciech Zywny fue su primer maestro, al que siguió Jozef Elsner, director de la Escuela de Música de Varsovia. Sus valiosas enseñanzas proporcionaron una sólida base teórica y técnica al talento del muchacho, quien desde 1829 emprendió su carrera profesional como solista con una serie de conciertos en Viena.

El fracaso de la revolución polaca de 1830 contra el poder ruso provocó su exilio en Francia, donde muy pronto se dio a conocer como pianista y compositor, hasta convertirse en el favorito de los grandes salones parisinos. En ellos conoció a algunos de los mejores compositores de su tiempo, como Berlioz, Rossini, Cherubini y Bellini, y también, en 1836, a la que había de ser uno de los grandes amores de su vida, la escritora George Sand.

Por su índole novelesco y lo incompatible de los caracteres de uno y otro, su relación se ha prestado a infinidad de interpretaciones. Se separaron en 1847. Para entonces Chopin se hallaba gravemente afectado por la tuberculosis que apenas dos años más tarde lo llevaría a la tumba. En 1848 realizó aún una última gira de conciertos por Inglaterra y Escocia, que se saldó con un extraordinario éxito.

Excepto los dos juveniles conciertos para piano y alguna otra obra concertante (Fantasía sobre aires polacos Op. 13, Krakowiak Op. 14) o camerística (Sonata para violoncelo y piano), toda la producción de Chopin está dirigida a su instrumento musical, el piano, del que fue un virtuoso incomparable. Sin embargo, su música dista de ser un mero vehículo de lucimiento para este mismo virtuosismo: en sus composiciones hay mucho de la tradición clásica, de Mozart y Beethoven, y también algo de Bach, lo que confiere a sus obras una envergadura técnica y formal que no se encuentra en otros compositores contemporáneos, más afectos a la estética de salón.

La melodía de los operistas italianos, con Bellini en primer lugar, y el folclor de su tierra natal polaca, evidente en sus series de mazurcas y polonesas, son otras influencias que otorgan a su música su peculiar e inimitable fisonomía.

A todo ello hay que añadir la propia personalidad del músico, que si bien en una primera etapa cultivó las formas clásicas (Sonata núm. 1, los dos conciertos para piano), a partir de mediados de la década de 1830 prefirió otras formas más libres y simples, como los impromptus, preludios, fantasías, scherzi y danzas.

Son obras éstas tan brillantes –si no más– como las de sus predecesores John Field y Carl Maria von Weber, pero que no buscan tanto la brillantez en sí misma como la expresión de un ideal secreto; música de salón que sobrepasa los criterios estéticos de un momento histórico determinado. Sus poéticos nocturnos constituyen una excelente prueba de ello: de exquisito refinamiento expresivo, tienen una calidad lírica difícilmente explicable con palabras.

(Fryderyk Franciszek Chopin; Zelazowa Wola, actual Polonia, 1810-París, 1849) Compositor y pianista polaco. Si el piano es el instrumento romántico por excelencia se debe en gran parte a la aportación de Frédéric Chopin: en el extremo opuesto del pianismo orquestal de su contemporáneo Liszt –representante de la faceta más extrovertida y apasionada, casi exhibicionista, del Romanticismo–, el compositor polaco exploró un estilo intrínsecamente poético, de un lirismo tan refinado como sutil, que aún no ha sido igualado. Pocos son los músicos que, a través de la exploración de los recursos tímbricos y dinámicos del piano, han hecho «cantar» al instrumento con la maestría con qué él lo hizo. Y es que el canto constituía precisamente la base, la esencia, de su estilo como intérprete y como compositor.

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