lunes, 24 de septiembre de 2012

Informar a los hijos de la separación de los padres por José Luis Ysern de Arce

¿Cómo encontrar las palabras exactas para anunciar a los hijos que los padres se separan? ¿Cómo evitarles el dolor causado por este hecho? Esta es la preocupación, muy justa por lo demás, de muchas familias cuando algunos matrimonios están a punto de terminar su relación. Porque lo cierto es que los hijos tienen que ser informados, y lo tienen que ser sin dilación y con toda verdad. De nada valen en estos casos las mentirijillas piadosas, y las palabras dulzonas pero que no corresponden a la realidad.

Ante todo hay que decir que toda separación o ruptura matrimonial siempre es dolorosa, y que hay que evitarla en todo lo posible. Ella sólo es recomendable cuando ya no hay más remedio, cuando se han llevado a cabo todas las instancias y diligencias posibles para la recuperación del amor conyugal, pero este ya no es restaurable, y la vida en común, insoportable por donde se la mire, se ha convertido en un infierno. En momentos así no hay más remedio que enfrentar la posibilidad de la separación como un mal necesario, y como mal menor. Y por ahí, en esa dirección, habrá que apuntar la pedagogía a seguir con los hijos ante este hecho puntual de la separación de los padres.

El mensaje fundamental que hay que transmitir a los hijos, hijos de todas las edades (también los más pequeños), es que los padres ya no pueden vivir juntos, y que de seguir manteniendo la convivencia, la casa, el ambiente familiar, la relación de los padres, la misma relación padres – hijos, y de los hermanos entre sí, se deterioraría cada vez más hasta convertir la casa en un mundo insoportable. Tienen que darse cuenta, y así lo transmiten los padres, que lo ideal es poder vivir juntos y felices, y que eso es lo que sucede cuando existe un amor grande entre los padres, pero que cuando este ya no existe, esa convivencia es imposible, y el ambiente se torna insufrible. Por eso los padres se separan: porque, aunque hubo un momento en que les pareció estar enamorados el uno del otro, ahora las cosas han cambiado, y aquel amor no existe más.

A la vez, hay que hacer ver a los niños que lo fundamental respecto a ellos está preservado y seguro. No hay ninguna duda de que el amor de lo padres hacia los hijos sigue en pie, y con más fuerza si cabe. Lo que ha sucedido es un asunto de adultos, que atañe exclusivamente a los padres; este es problema de ellos, y no de los hijos. De esta manera hay que procurar que los niños no se impliquen en absoluto en el tema, y que perciban de la manera más clara posible, que se han quebrado los vínculos conyugales, pero que los vínculos parentales no están jamás en duda: el amor de los padres a los hijos permanece intacto. El hijo ve que su padre sigue siendo para siempre su padre, y que la madre permanece madre para toda la vida. Eso no está en duda.

Lo recientemente dicho sirve para evitar las posibles ráfagas de culpabilidad que suelen pasar por la mente de muchos hijos cuando sus padres se separan. Si las cosas no se hacen bien puede el niño experimentar una especie de sentimiento de culpa como si fuera él el responsable, al menos en parte, del conflicto surgido entre los padres. El niño verá que los padres pueden separarse entre sí, pero jamás podrán separarse afectivamente de sus hijos, ni romperán la relación con ellos. Debe palpar el hijo que, a pesar de todos los pesares, él va a crecer y se va a desarrollar, acompañado, guiado y protegido, por el amor de sus padres. Esta es la idea fuerte, central, que de alguna manera hay que hacer llegar hasta los hijos. El hijo experimentará que su vida va a continuar al cuidado de los padres, que puede contar con ellos siempre, y que podrá ver a cada uno cada vez que los necesite, aunque los dos no vivan con él. Por eso es muy importante que los padres, antes de hablar de su separación a los hijos, se hayan bien puesto de acuerdo acerca de la organización del plan de vida de estos.

¿Cuándo conviene comunicar al hijo el tema de la separación de los padres? Una vez que estos han tomado la decisión en firme. Es muy perjudicial lo que a veces sucede en algunos matrimonios cuando cada vez que entre ellos surge algún problema, conflicto, discusión fuerte, sacan a relucir la amenaza de la separación, divorcio, etc., pero luego esa amenaza no se cumple nunca. Este tipo de actitudes desorienta terriblemente al hijo. Él se convierte entonces en una especie de súper héroe virtual para evitar la temida separación de sus padres, implicándose más y más en el problema, y queriendo ejercer un cierto tipo de mediación entre ellos para que no suceda la tragedia tantas veces anunciada. Si finalmente la separación ocurre, aquella actitud de casi todopoderoso que el niño había sentido para interponer sus buenos servicios mediadores entre los padres, se convierte ahora en un doloroso sentimiento de culpa al no haber podido evitar la tragedia. Cuando los padres ya están seguros de que la separación es una decisión tomada e irreversible, conviene que los dos juntos y de mutuo acuerdo hablen con los hijos.

Hay que hablar con verdad y con la mayor sencillez posible; todos los hijos tienen derecho a saber la verdad. Una verdad que no debe detenerse en detalles odiosos referidos a la intimidad de la vida del matrimonio, pero que con el menor dramatismo posible dará a conocer a los hijos que el amor de los padres entre sí se ha terminado, y que ya no pueden vivir juntos. Hablar en común, y con la verdad sencilla y simple, permitirá a los hijos presentar sus protestas, reclamos y cuestionamientos, y puede reforzar el sentido de la unión fraterna, de la solidaridad entre los hermanos ante el chaparrón que se les viene encima. De esta manera los padres evitarán a los hijos más dolencias psíquicas de las que son necesarias.

Hablar en verdad y con verdad requiere también evitar algunos engaños bienintencionados pero muy perjudiciales porque hacen concebir falsas expectativas sin base en la realidad. Se producen esas falsas ilusiones cuando los padres hablan de una separación momentánea y pasajera, dando a entender que muy pronto se reunirán y todo se convertirá en un mundo feliz al interior de la familia. Gran error este, pues hace concebir al hijo fantasías de próximos reencuentros, y él mismo interpretará en ese sentido cualquier acontecimiento amistoso que se produzca entre los padres a partir de ese momento. Al ver después que el reencuentro definitivo no se produce puede vivir experiencias muy dolorosas, incluso con regresiones a etapas anteriores: pérdida de apetito, agresividad incontrolada, mutismo, pesadillas nocturnas, mojar la cama, fobia a la escuela, etc. etc.

Una angustia que hay que ahorrar al hijo por encima de todo, es la de pedirle, de maneras más o menos sutiles, que tome partido a favor o en contra de uno de los padres. A ello (ahorrar este dolor) contribuye el que los cónyuges, antes y después de la ruptura, procuren por todos los medios mantener el buen nombre y prestigio del otro padre. Hablar mal del papá o de la mamá ante el hijo es provocarle un enorme daño: él tiene que seguir queriendo a sus padres porque sus padres le siguen amando a él, y por eso no hay que demonizar a ninguno de los dos. Esta es la razón por la que tampoco es recomendable preguntar al hijo, especialmente si tiene menos de 14 o 15 años, con cual de los padres quiere vivir. Eso es ponerle en una situación muy difícil, entre la espada y la pared. Distinto es si él, libre y espontáneamente, sin condicionamientos de ninguna clase, pide vivir con uno de los dos. Un niño jamás debe ser inducido a elegir entre su padre y su madre... Pedirle que decida con quién quiere vivir es ponerle en una situación de máxima inseguridad..... con lo que se le refuerza implícitamente un conflicto de lealtades respecto a sus padres, provocándole un grave sentimiento inconsciente de culpa. (Dalloz, Hefez, Divorce. L’annonce faite aux enfants. Psychologies. Febrero 2002. p. 60).

Ante la separación de los padres el niño tiene que aprender a vivir la realidad por dura que sea, y por eso no conviene bajar el perfil a esa realidad ni banalizar tontamente el hecho. Se trata de un hecho doloroso, y así hay que vivirlo, como cuando nos enfrentamos a un duelo por la muerte de un ser querido. Educar al niño para enfrentar la vida como la vida es, procurando que salga airoso de las pruebas y buscando el lado positivo hasta de las experiencias más dolorosas, significa manejar una buena pedagogía. Es la pedagogía que ayuda a desarrollar la tolerancia a la frustración y a enfrentar el conflicto en vez de eludirlo o esconderlo. Por eso no pasa nada porque los padres, ante el hecho de la separación, no se esfuercen por disimular y poner buenas caras, máscaras fruto de la ficción, cuando no hay motivo para esconder el dolor, y el niño se da cuenta de ello. Se puede sufrir sin amargura ni odios, con paz en el corazón, aunque ese corazón esté sangrando a causa de la costosa decisión que se acaba de tomar. No hay que disimular ante los hijos, para que ellos tampoco disimulen. No hay que esconderles el dolor; hay que enseñarles a enfrentar el dolor con dignidad y hasta con amor.

Fuente:
http://www.ubiobio.cl


La Paciencia de tener paciencia de Maytte Sepúlveda

'En una aldea de África, un hombre y una mujer, ambos viudos, se enamoran y deciden formar una nueva familia. Pero el hombre tiene un hijo pequeño que no ha superado la muerte de su madre. A pesar de que la nueva esposa del hombre hace todo lo posible por consentirlo, preparándole platos especiales y siendo amable con él, el niño la rechaza y ni siquiera le dirige la palabra. Así que ella va a pedirle consejo al hombre más sabio de la aldea, a quien le pregunta: '¿Qué puedo hacer para que su hijo me acepte como su madre?'. 'Me has de conseguir tres pelos del bigote de un león', le dice el viejo sabio.

La mujer se va muy preocupada, pensando en cómo conseguirá acercarse al león sin que éste la muerda, pero por el bien de su nueva familia decide intentarlo. Cuando por fin encuentra al león, lo observa desde lejos durante un rato, con miedo de acercarse. Pasan los días y la espera se hace interminable. Hasta que un día, la mujer decide acercarse un poco y le deja un pedazo de carne. Así, diariamente hace lo mismo. El león se acostumbra a la presencia de la mujer hasta que ésta pasa a formar parte de su vida. Un día, cuando el león estaba dormido, le arrancó los tres pelos sin ningún problema. Entonces, cuando iba a llevárselos al sabio, de pronto se dio cuenta de que había resuelto su problema, al encontrar el valor de la paciencia y la perseverancia".

¿Cuántas veces nos sucede lo mismo que a la mujer de la historia, en diferentes situaciones o circunstancias? A todos nos gustaría que los resultados que buscamos se presentaran inmediatamente, que las personas se comportaran como nosotros queremos que lo hagan; que todos los eventos que vivimos, inclusive el tráfico, fluyeran rápidamente… pero lo cierto es que todo proceso se toma su tiempo, y si no somos lo suficientemente pacientes para aceptarlo, la frustración, el estrés y la ira se apoderarán de nosotros, alterando nuestra manera de ser y de afrontar la vida. La impaciencia nos llena de tensión, nos pone de malhumor y nos convierteen el obstáculo más difícil de vencer al momento de afrontar y solucionar una situación inesperada.

La paciencia es una virtud que algunas personas interpretan como debilidad, sobre todo si quien es paciente, permite y tolera el abuso por parte de los demás. No hay que confundir una actitud pacífica y tolerante con la pasividad, la sumisión y el temor. Sólo una persona madura emocionalmente, consciente y equilibrada puede hacer uso de una actitud paciente en el momento en que lo considere necesario.

¿Qué podemos hacer para resolver o manejar las situaciones que no salen como lo esperábamos o que se presentan de forma inesperada, en lugar de seguir pensando en lo que pudimos hacer para que no ocurrieran de esa manera? Es necesario un trabajo personal dirigido a balancear nuestras emociones y a relajar y soltar las tensiones y el estrés que nos producen las ocupaciones de la vida diaria.

Para ser más pacientes

Maneja tu reacción. Si en lugar de actuar con la mente fría, lo haces con la emoción del momento, seguramente que más tarde te arrepentirás de tu reacción. Toma unos segundos para pensar antes de actuar.

Ponte en el lugar de la otra persona. Conoce y acepta a las personas como son. Reconoce los aspectos positivos de su personalidad y ten en cuenta sus limitaciones, así sabrás qué puedes esperar de ellas.

Analiza la situación con objetividad. Considera todos los aspectos involucrados. Pregúntate qué puedes hacer para cambiarla. Si la respuesta es positiva, ponte a hacer lo necesario para mejorarla; pero si es negativa, trabaja la aceptación para que no te desequilibre.

Canaliza tu estrés. El ejercicio físico diario, la relajación, el ubicarnos en el presente, la respiración profunda, hacen que nuestro nivel de tolerancia sea más amplio y nuestra tensión sea menor, lo que evita la reacción inmediata a las situaciones difíciles.

Ajusta tu nivel de expectativa. Muchas veces esperas más de lo que los demás te pueden dar, lo que hace correr el riesgo de dañar tus relaciones con ellos. Otras veces te exiges a ti mismo demasiado. Sé paciente y toma el tiempo para descansar y recuperar la energía y la claridad que necesitas. Saber soltar a tiempo es señal de inteligencia y equilibrio.

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