viernes, 4 de mayo de 2012

Berenjenas: Usos

Las berenjenas son plantas procedentes de la India donde fueron cultivadas hace más de 4000 años. Llegó a Europa a través de España donde había sido llevada por los árabes. Poseen un fruto comestible. Inicialmente fue un fruto considerado de muy mala reputación, porque pensaban que su consumo producía locura, hasta el punto que linneo (Botánico famoso) la bautizo como Solanum insanum aunque posteriormente le aplicó el nombre científico actual.

USO TRADICIONAL
- Adelgazamiento: Consumir berenjenas ya que ayuda a adelgazar.
- Afecciones del hígado: Estimula la bilis por lo que resulta muy adecuado cuando nuestro hígado precisa una ayuda extra para disolver las grasas. Consumir berenjenas en forma diaria.
- Cáncer de Estómago: Tomar jugo de berenjenas porque inhibe el crecimiento de las células cancerosas en el estómago.
- Circulación: Comer berenjenas diariamente. Mejora la circulación sanguínea.
- Colesterol: Reduce el colesterol y previene la arteriosclerosis. Comer berenjenas en su dieta.
- Quemaduras: Aplicar una pasta hecha machacando la fruta sobre la piel.
- Quemaduras Solares: Aplicar una pasta hecha machacando la fruta sobre la piel.
- Reumatismo: Aplicar una pasta hecha machacando la fruta sobre las zonas doloridas del cuerpo afectadas por enfermedades reumáticas, tiene un efecto balsámico calmando los dolores.


FORMA DE USO:
La mejor manera de consumirla es guisarla al horno en combinación con cebolla, ajo, u otras hortalizas a las que realza el sabor y hace la función de pan. No resulta agradable comerla hervida. Es muy apetitosa cuando se come frita, pero por su peculiar textura absorbe mucho aceite y no resulta recomendable para las personas obesas.

Cuidado
La utilización del jugo fresco resulta peligroso, por tratarse de una planta perteneciente al la familia de las solanáceas, al igual que la doméstica patata, (Solanum tuberosum), la misteriosa mandrágora o el alcohol contienen alcaloides que resultan tóxicos para la salud. En el caso de este fruto el principal es la solanina, del cual posee bastante, aunque les supera la patata. Por este motivo, al igual que ocurre con la patata, es necesario comer el fruto cocido y en ningún momento ingerir las hojas que resultan muy peligrosas. Las personas con afecciones cardíacas deberían abstenerse de su consumo por los efectos excitantes que ejerce la solanina sobre el corazón.

La Ballena Blanca o Beluga en peligro de extinción.

La ballena beluga o ballena blanca, es un animal mamífero cetáceo, al nacer son de color marrón oscuro o gris azulado, luego pasan al color gris y en la madurez adquieren el color 
marfil o blanco; es la única en el mundo con toda su piel de color blanco.

Tiene pequeñas aletas, una enorme boca con 40 dientes, cabeza redonda con una forma parecida a la de los delfines aunque algo abultada, cosa que la hace encantadora según mi opinión, la forma de la cabeza determina los tipos de sonidos que emite.

Su hábitat son las zonas árticas y subárticas, donde se alimenta de crustáceos y peces, llega a ingerir entre 12 y 15 kg de pescado diarios, aunque pasan la mayor parte del tiempo en aguas poco profundas o incluso en la superficie. Son animales muy sociales, algo ruidosos y se comunican por un sistema llamado ecolocalización, sistema de ultrasonidos y recepción de ecos, similar a un sonar, también el delfín utiliza este sistema, el cual permite moverse y actuar con detalle dentro de la más profunda oscuridad.

La edad reproductiva empieza sobre los 7 años y solo tienen una cría una vez cada tres años. Tienen un promedio de vida entre 20 y 25 años.

Hoy en día esta especie está en peligro de extinción según la Lista Roja de la UICN, aunque sigue siendo uno de los alimentos de los inuit, los esquimales.

Fuente: Mundo Salvaje




Ventajas y desventajas de vivir solo por Merlina Meiler

Cada vez más personas adultas prefieren vivir solas. Creo que el éxito de esto radica en el nivel de dependencia/independencia que tengan. Además, conocer la soledad nos prepara de mejor manera para una vida futura en pareja. Me parece importante resaltar las ventajas y las desventajas que esto presenta.

Ventajas:
  • Nadie controla nuestros horarios y no tenemos que dar explicaciones de lo que hacemos o dejamos de hacer (¿esto siempre nos gusta?)
  • Limpiamos y cocinamos cuando queremos
  • Decoramos y le damos al lugar la apariencia que deseamos, sin precisar ponernos de acuerdo con nadie.
  • Ocupamos la totalidad de los closets (placares), cajones, armarios y todos los espacios libres.
  • Si tenemos pareja, no verse un par de días suele aumentar el deseo de volver a verse.
Desventajas:
  • Llegamos a nuestra casa y está vacía: no tenemos con quién hablar de lo que nos pasó durante el día, nos falta contención afectiva (según varios estudios, compartir nuestras tribulaciones diarias reduce el estrés).
  • Nos hacemos cargo de todos los gastos del hogar.
  • Comemos siempre solos.
  • Algunos nos volvemos más maniáticos con nuestras cosas, y cada vez nos molesta más lo que consideramos desorden ajeno (muchas veces, solo es un orden distinto).
  • Somos responsables de absolutamente todo lo que implica el manejo de una casa (ir al súper, lavar la ropa, encargarnos de las pérdidas de gas o de las filtraciones de agua).
  • Hay mayor tendencia a estar tristes. En ciertos momentos sentimos que nos falta algo, añoramos la compañía de otras personas, o de ese ser tan especial que vive en otro lugar…
Sinceramente, por más que en ciertos momentos haya roces o que sea preciso ponerse de acuerdo en muchos temas cotidianos, para mí, sigue siendo la mejor opción compartir la vida; creo que nada se compara a la magia de despertarnos y ver la cara de nuestro ser amado a poquitos centímetros de donde estamos.

¿Prefieres vivir solo o en pareja?

Biografía de Napoleón Bonaparte



Napoleón Bonaparte
Emperador de los franceses (Ajaccio, Córcega, 1769 - Santa Helena, 1821). Nacido en una familia modesta de la pequeña nobleza de la isla de Córcega -recién incorporada a Francia-, Napoleón siguió la carrera militar como becario, graduándose en la Academia de París en 1785. Tras el triunfo de la Revolución francesa (1789) simpatizó con el nuevo régimen, pero fracasó en su intento de intervenir en política en pugna contra el nacionalismo corso representado por Paoli.

En 1793 conoció a Robespierre y se adhirió al partido jacobino. En aquel mismo año adquirió notoriedad militar, al encargársele el mando de la artillería francesa en el asedio contra Tolón (ocupada por los británicos); el éxito de la operación le valió el ascenso a general. Posteriormente, el régimen del Directorio (1795-99) le empleó en la represión de los múltiples intentos de derrocarle, procedentes tanto de los realistas como de la izquierda.


Su prestigio culminó con el mando de la campaña de Italia (1796) que, concebida como una mera maniobra de distracción en la guerra contra Austria, fue llevada con tal éxito por el joven general que le hizo dueño de todo el norte de Italia y llegó a amenazar Viena, obligando a los austriacos a la rendición y desbaratando la coalición de príncipes italianos que se había agrupado en torno a Austria contra la Francia revolucionaria: batallas victoriosas como las de Mondovi, Lodi, Arcole, Rivoli y Bassano acabaron llevando a la Paz de Campoformio (1797), que otorgó a Francia la orilla izquierda del Rin y un Estado satélite en el norte de Italia (la República Cisalpina).

Napoleón fue recibido en Francia como el salvador de la República (tanto más cuanto que el botín enviado desde Italia contribuyó a sanear las agotadas arcas de la Hacienda francesa). La tarea de deshacerse del último enemigo que le quedaba a Francia -Gran Bretaña- resultaba más difícil: tras desistir del proyecto de desembarcar directamente en la isla, el Directorio concibió la idea de cortar las comunicaciones británicas con sus colonias en Asia mediante la ocupación de Egipto, y puso al mando de la operación a Bonaparte para alejarle de París, donde su popularidad resultaba preocupante.

Napoleón desembarcó en Alejandría en 1798 y luchó con suerte desigual contra turcos y mamelucos; pero Nelson le cortó la retirada al hundir la flota francesa en Abukir, y Napoleón prefirió regresar a Francia dejando a sus tropas abandonadas en Oriente Medio (1799). Antes de que su popularidad pudiera verse deteriorada por aquel fracaso o de que se le pudieran exigir responsabilidades por su conducta, se unió a un grupo de conspiradores en el que participaban su propio hermano Luciano y el abate Sieyès; él les aportó la fuerza militar que hizo triunfar el golpe de Estado de 1799 (el 18 de brumario, según el calendario republicano).

Napoleón se erigió enseguida en el hombre fuerte de la nueva situación, que se diseñó como una dictadura personal conservadora, encaminada a salvaguardar algunas conquistas esenciales de la Revolución (impidiendo el triunfo de una contrarrevolución monárquica), pero evitando igualmente su prolongación en un sentido democrático y poniendo fin a la inestabilidad social (descartando toda posible revancha de los jacobinos). La dictadura, apoyada en la primacía de los notables, se institucionalizó con la llamada Constitución del año VIII (1799), en la que formalmente el país quedaba gobernado por un triunvirato que presidía el propio Napoleón como primer cónsul.

El fortalecimiento del poder ejecutivo le permitió pacificar el país (acabando con la insurrección realista de la Vendée) y realizar importantes reformas de orden interno: normalizó las relaciones del Estado francés con la Iglesia (Concordato de 1801), completó la obra jurídica de la codificación (promulgando, entre otros, el Código Civil en 1804), centralizó y racionalizó la administración en torno a la figura del prefecto, puso en pie un sistema educativo público laico y eficaz, reorganizó la administración de Justicia estableciendo una jerarquía única de tribunales estatales, creó el Banco de Francia (1800) e impuso el franco como unidad monetaria nacional (1800).

Estas reformas, en las que predominó un sentido racionalizador, uniformizador y estatista, moldearon las instituciones francesas con arreglo al principio de igualdad jurídica surgido de la Revolución. Una combinación de reformas militares y genio estratégico personal le permitió completar la obra en el exterior, venciendo de nuevo a los austriacos (Paz de Luneville, 1801) y asegurando la hegemonía continental francesa en un reparto de esferas de influencia con Gran Bretaña, que conservaba el control de los mares (Paz de Amiens, 1802). Todos estos éxitos permitieron a Napoleón acentuar el carácter autoritario y monárquico de su régimen, decretando primero el carácter vitalicio del Consulado (1802) y proclamándose después emperador (1804).

Aparte de constituir una respuesta a los intentos por restablecer en el Trono francés a los Borbones, el Imperio suponía un ideal de poder continental por encima de los Estados nacionales. Efectivamente, apoyándose en el poder de sus ejércitos, Napoleón procedió a reorganizar el mapa de Europa en torno a una Francia fortalecida y extendida por múltiples adquisiciones territoriales (los Países Bajos, la costa alemana del mar del Norte, la orilla izquierda del Rin, Cataluña, Piamonte, Génova, Toscana y Roma). Él mismo se hizo coronar rey de un nuevo reino de Italia; situó a otros miembros de la familia Bonaparte como soberanos de Estados satélites en Nápoles (Murat), España (José I), Westfalia (Jerónimo) y Holanda (temporalmente entregada a su hermano Luis); reorganizó Suiza convirtiéndola en un Estado dependiente de Francia; controló personalmente el Estado creado en la costa dálmata bajo el nombre de Provincias Ilíricas; y reorganizó Alemania en 1806, estableciendo el protectorado francés sobre la llamada Confederación del Rin, en detrimento de la influencia de Austria (a la que venció en Ulm y Austerlitz en 1805, y de nuevo en Wagram en 1809) y de Prusia (vencida en Jena y Auestadt, 1806); tras vencer a Rusia en Friedland (1807), le arrebató Polonia, creando en aquel territorio un Gran Ducado de Varsovia gobernado por el rey de Sajonia, aliado de Napoleón; e incluso consiguió que uno de sus generales, Bernadotte, se hiciera con la Corona de Suecia.

Controlada la práctica totalidad de Europa occidental, el poderío naval de Gran Bretaña le impidió una vez más doblegar a este último enemigo (batalla de Trafalgar, 1805); intentó entonces rendir a Gran Bretaña mediante un bloqueo continental que la aislara de los mercados europeos (Decreto de Berlín, 1806), pero los perjuicios fueron mayores para los comerciantes europeos que para la economía británica. Aquel primer ensayo de unificación europea llevó a gran parte del continente las ideas e instituciones surgidas de la Revolución francesa, extendiendo a otros países la dinámica de transformaciones políticas, económicas y sociales del liberalismo, que habrían de marcar su entrada en la Edad Contemporánea.

Sin embargo, las ambiciones napoleónicas toparon con demasiados enemigos: nacionalistas, liberales, católicos, tradicionalistas, víctimas del bloqueo continental… La invasión de España (1808) dio lugar a una insurrección permanente en la península Ibérica, con una lucha guerrillera que absorbería grandes recursos humanos y financieros del Imperio.

El posterior intento de invadir Rusia en 1812-13 le permitió tomar Moscú, pero hubo de retirarse ante la estrategia rusa de «tierra quemada» y de rehuir las batallas decisivas; la retirada del Gran Ejército del emperador constituyó un desastre, por efecto combinado del clima, las grandes distancias y el acoso enemigo, iniciándose entonces el derrumbamiento del sistema napoleónico (1813). Una gran coalición de todos los enemigos de Napoleón (con Rusia, Austria, Prusia y Gran Bretaña a la cabeza) acabó por consolidarse y derrotarle en la batalla de Leipzig (1813): el emperador tuvo que retirarse hasta territorio francés, mientras veía esfumarse su anterior poderío en el resto de Europa. En 1814 los aliados completaban su avance tomando París y Napoleón era obligado a abdicar. Se le confinó en la isla mediterránea de Elba, mientras los aliados iniciaban la restauración del Antiguo Régimen en el Congreso de Viena.

Restablecida en Francia la monarquía borbónica en la persona de Luis XVIII, la arbitrariedad y el revanchismo de los vencedores causaron pronto descontentos entre la población. Unido esto a las disensiones políticas que surgieron entre los antiguos aliados, Napoleón se decidió a intentar recuperar el poder. Escapó de su confinamiento y desembarcó en Cannes, reuniendo a sus fieles en apoyo del llamado Imperio de los Cien Días (1815). El rey huyó y Napoleón se puso de nuevo al frente del Estado y del ejército.

Mientras intentaba ganarse a los franceses presentándose con un proyecto más liberal, preparó la inevitable confrontación militar contra los aliados. Ésta se produjo en la batalla de Waterloo (Bélgica), donde los aliados derrotaron definitivamente a Napoleón bajo el mando de Wellington. La segunda restauración castigó más duramente a Francia y a Napoleón, que fue desterrado en peores condiciones a la lejana isla de Santa Helena (océano Atlántico), bajo control británico. Allí permaneció hasta su muerte, viendo deteriorarse su salud gradualmente, al tiempo que dictaba al conde de Las Cases unas memorias en donde interpretaba su labor como un intento de continuar y consolidar la obra de la Revolución de 1789, añadiéndole una idea de orden y extendiéndola por el resto de Europa.



Fuente: http://www.biografiasyvidas.com

Biografía de Karl Heinrich Marx



Karl Marx
Pensador socialista y activista revolucionario de origen alemán (Tréveris, Prusia occidental, 1818 - Londres, 1883). Karl Marx procedía de una familia judía de clase media (su padre era un abogado convertido recientemente al luteranismo). Estudió en las universidades de Bonn, Berlín y Jena, doctorándose en Filosofía por esta última en 1841.

Desde esa época, el pensamiento de Marx quedaría asentado sobre la dialéctica de Hegel, si bien sustituyó el idealismo de éste por una concepción materialista, según la cual las fuerzas económicas constituyen la infraestructura que determina en última instancia los fenómenos «superestructurales» del orden social, político y cultural.


En 1843 se casó con Jenny von Westphalen, cuyo padre inició a Marx en el interés por las doctrinas racionalistas de la Revolución francesa y por los primeros pensadores socialistas. Convertido en un demócrata radical, Marx trabajó algún tiempo como profesor y periodista; pero sus ideas políticas le obligaron a dejar Alemania e instalarse en París (1843).

Por entonces estableció una duradera amistad con Friedrich Engels, que se plasmaría en la estrecha colaboración intelectual y política de ambos. Fue expulsado de Francia en 1845 y se refugió en Bruselas; por fin, tras una breve estancia en Colonia para apoyar las tendencias radicales presentes en la Revolución alemana de 1848, pasó a llevar una vida más estable en Londres, en donde desarrolló desde 1849 la mayor parte de su obra escrita. Su dedicación a la causa del socialismo le hizo sufrir grandes dificultades materiales, superadas gracias a la ayuda económica de Engels.

Marx partió de la crítica a los socialistas anteriores, a los que calificó de «utópicos», si bien tomó de ellos muchos elementos de su pensamiento (de autores como Saint-Simon, Owen o Fourier); tales pensadores se habían limitado a imaginar cómo podría ser la sociedad perfecta del futuro y a esperar que su implantación resultara del convencimiento general y del ejemplo de unas pocas comunidades modélicas.

Por el contrario, Marx y Engels pretendían hacer un «socialismo científico», basado en la crítica sistemática del orden establecido y el descubrimiento de las leyes objetivas que conducirían a su superación; la fuerza de la Revolución (y no el convencimiento pacífico ni las reformas graduales) serían la forma de acabar con la civilización burguesa.

En 1848, a petición de una Liga revolucionaria clandestina formada por emigrantes alemanes, Marx y Engels plasmaron tales ideas en el Manifiesto Comunista, un panfleto de retórica incendiaria situado en el contexto de las revoluciones europeas de 1848.

Posteriormente, durante su estancia en Inglaterra, Marx profundizó en el estudio de la economía política clásica y, apoyándose fundamentalmente en el modelo de David Ricardo, construyó su propia doctrina económica, que plasmó en El Capital; de esa obra monumental sólo llegó a publicar el primer volumen (1867), mientras que los dos restantes los editaría después de su muerte su amigo Engels, poniendo en orden los manuscritos preparados por Marx.

Partiendo de la doctrina clásica, según la cual sólo el trabajo humano produce valor, Marx denunció la explotación patente en la extracción de la plusvalía,es decir, la parte del trabajo no pagada al obrero y apropiada por el capitalista, de donde surge la acumulación del capital. Criticó hasta el extremo la esencia injusta, ilegítima y violenta del sistema económico capitalista, en el que veía la base de la dominación de clase que ejercía la burguesía.

Sin embargo, su análisis aseguraba que el capitalismo tenía carácter histórico, como cualquier otro sistema, y no respondía a un orden natural inmutable como habían pretendido los clásicos: igual que había surgido de un proceso histórico por el que sustituyó al feudalismo, el capitalismo estaba abocado a hundirse por sus propias contradicciones internas, dejando paso al socialismo. La tendencia inevitable al descenso de las tasas de ganancia se iría reflejando en crisis periódicas de intensidad creciente hasta llegar al virtual derrumbamiento de la sociedad burguesa; para entonces, la lógica del sistema habría polarizado a la sociedad en dos clases contrapuestas por intereses irreconciliables, de tal modo que las masas proletarizadas, conscientes de su explotación, acabarían protagonizando la Revolución que daría paso al socialismo.

En otras obras suyas, Marx completó esta base económica de su razonamiento con otras reflexiones de carácter histórico y político: precisó la lógica de lucha de clases que, en su opinión, subyace en toda la historia de la humanidad y que hace que ésta avance a saltos dialécticos, resultado del choque revolucionario entre explotadores y explotados, como trasunto de la contradicción inevitable entre el desarrollo de las fuerzas productivas y el encorsetamiento al que las someten las relaciones sociales de producción.

También indicó Marx el sentido de la Revolución socialista que esperaba, como emancipación definitiva y global del hombre (al abolir la propiedad privada de los medios de producción, que era la causa de la alienación de los trabajadores), completando la emancipación meramente jurídica y política realizada por la Revolución burguesa (que identificaba con el modelo francés); sobre esa base, apuntaba hacia un futuro socialista entendido como realización plena de las ideas de libertad, igualdad y fraternidad, como fruto de una auténtica democracia; la «dictadura del proletariado» tendría un carácter meramente instrumental y transitorio, pues el objetivo no era el reforzamiento del poder estatal con la nacionalización de los medios de producción, sino el paso -tan pronto como fuera posible- a la fase comunista en la que, desaparecidas las contradicciones de clase, ya no sería necesario el poder coercitivo del Estado.

Marx fue, además, un incansable activista de la Revolución obrera. Tras su militancia en la diminuta Liga de los Comunistas (disuelta en 1852), se movió en los ambientes de los conspiradores revolucionarios exiliados, hasta que, en 1864, la creación de la Asociación Internacional de Trabajadores (AIT) le dio la oportunidad de impregnar al movimiento obrero mundial de sus ideas socialistas. Gran parte de sus energías las absorbió la lucha, en el seno de aquella primera Internacional, contra el moderado sindicalismo de los obreros británicos y contra las tendencias anarquistas continentales representadas por Proudhon y Bakunin. Marx triunfó e impuso su doctrina como línea oficial de la Internacional, si bien ésta acabaría por hundirse como efecto combinado de las divisiones internas y de la represión desatada por los gobiernos europeos a raíz de la revolución de la Comuna de París (1870).

Retirado desde entonces de la actividad política, Marx siguió ejerciendo su influencia a través de sus discípulos alemanes (como Bebel o Liebknecht); éstos crearon en 1875 el Partido Socialdemócrata Alemán, grupo dominante de la segunda Internacional que, bajo inspiración decididamente marxista, se fundó en 1889.

Muerto ya Marx, Engels asumió el liderazgo moral de aquel movimiento y la influencia ideológica de ambos siguió siendo determinante durante un siglo. Sin embargo, el empeño vital de Marx fue el de criticar el orden burgués y preparar su destrucción revolucionaria, evitando caer en las ensoñaciones idealistas de las que acusaba a los visionarios utópicos; por ello no dijo apenas nada sobre el modo en que debían organizarse el Estado y la economía socialistas una vez conquistado el poder, dando lugar a interpretaciones muy diversas entre sus seguidores.

Dichos seguidores se escindieron entre una rama socialdemócrata cada vez más orientada a la lucha parlamentaria y a la defensa de mejoras graduales salvaguardando las libertades políticas individuales (Kautsky, Bernstein, Ebert) y una rama comunista que dio lugar a la Revolución bolchevique en Rusia y al establecimiento de Estados socialistas con economía planificada y dictadura de partido único (Lenin, Stalin, Mao).