lunes, 17 de octubre de 2011

Buenas noches amigos, les mando un abrazo de oso!


"No te rindas, por favor no cedas, aunque el frío queme, aunque el miedo muerda, aunque el sol se esconda, y se calle el viento, aún hay fuego en tu alma, aún hay vida en tus sueños. porque la vida es tuya y tuyo también el deseo, porque cada día es un comienzo nuevo, porque esta es la hora y el mejor momento", Mario Benedetti

Ya no te quiero (Entrevista)



¿Se puede pasar del amor a la persona con la que, en algún momento, pensamos en compartir la vida, al crudo desamor e, incluso, a la indiferencia?
Me entrevistaron sobre este tema para la revista Entrecasa (Disco) de este mes. Acá transcribo gran parte de la nota, escrita por Daniela Ceccato:
¿Se puede dejar de amar a quien se creía el compañero de vida? Del amor al tremendo desamor. Tanto dejar como ser dejado es uno de los dolores más inmensos. ¿Cómo seguir?
Recostados en la cama, ella y su marido planean hacer un viaje juntos, pero finalmente ambos se van a dormir sin ponerse de acuerdo. Cada cual quiere un destino distinto. Esa misma noche, ella se despierta con una angustia que le presiona el pecho, llora cuanto puede en silencio -no quiere que su esposo, dormido, la escuche- y advierte que a su vida, así como está, no la quiere más. Entonces, toma la difícil decisión de decirle adiós a su matrimonio, y se lanza a la aventura de dejar todo lo conocido para animarse al cambio.
En Comer, rezar, amar -basada en el libro, homónimo, de Elizabeth Gilbert-, la protagonista (interpretada por Julia Roberts), además de tener una interesante vida profesional, está casada con un hombre noble, lindo y ¡que la ama! Sin embargo, lo cierto es que ella se ve en una vida que siente ajena. Esta historia, basada en una experiencia real, deja en evidencia que no hacen falta grandes conflictos de pareja para que el amor se termine. Y eso, quizá, es lo que lo hace aún más triste.
Porque, ¿cómo se puede dejar de amar a quien, se creyó, sería el amor de la vida? La verdad es que, no se sabe bien cómo, pero lo cierto es que uno pasa de sentir a ese otro, la mitad que complementa la vida entera, a verlo como si fuera un completo extraño. Y su presencia, antes esperada, ahora genera un malestar en el medio del estómago. De forma literal: donde hubo fuego… ¡ahora no quedan ni siquiera unas cenizas!
Tiempo que fluye
La vida es constante movimiento: “Las necesidades van cambiando con el tiempo, los deseos y los objetivos de los 20 años no son iguales a los de los 40 ó 60”, resume Merlina Meiler, coach con un máster en Programación Neurolingüística, a cargo de Mejora Emocional (ganador Premio Mate.ar, Mejor Weblog 2010). Y continúa: “No ir haciendo cambios a la par del otro, y desoír las nuevas necesidades de quien tenemos al lado, también va desgastando el amor”.
Además, comenta que uno de los motivos más comunes por los que una persona deja de amar es la falta de incentivos. La rutina desgasta a la relación y, entonces,  el hecho de que sea todo igual y que no haya nada que despabile o que re-enamore, da lugar a la apatía, y en muchos casos, a que algo nuevo llame la atención. Así surge un replanteamiento serio de seguir o no con el vínculo. También sucede, continúa Meiler, que cuando uno de los miembros de la pareja es muy dominante, el otro, con el tiempo y aunque no lo demuestre, va perdiendo interés y generando cierto resentimiento: “A todos nos gusta disponer de áreas de nuestra vida y de nuestra personalidad a nuestro antojo, aunque no lo demostremos. Más allá de que no demos señales de estar hartos de que nos manejen la vida, o que parezca que todo sigue igual, la marcha decididamente va por dentro”.
La hora de dejar
“Cuando lo conocí, me enamoré perdidamente. Aunque luché contra mí misma, en cuanto me quise dar cuenta ya estaba totalmente perdida de amor”, cuenta sobre su experiencia Valeria (30), comerciante que cuenta que en su historia no todo fue un lecho de rosas. Ella llevaba siete años en pareja cuando decidió convivir, una etapa que duró tres años más. Cuenta que siempre había soñado con ser una mujer libre, no quería ni vestido blanco, ni casamiento y, mucho menos, convivencia. Y que su pareja, que también es una persona muy libre, se había enamorado de ella con locura.
“La pasábamos muy bien juntos, y a la vez tratábamos de mantener nuestros espacios: desde estar cada uno abocado a su deseo profesional a salir con los propios amigos. La libertad era nuestro leitmotiv. Cuando empezamos a convivir, fue difícil acostumbrarnos. Lo peor para mí fue que vivíamos al lado de la mamá de él. Aunque me llevaba bien con ella, me molestaba mucho que fuese tan metida. Estaba atenta a cuándo llegaba, a cuándo me iba. Cuando estábamos en casa, se aparecía. Eso era uno de los principales conflictos de la pareja, porque él defendía mucho a su mamá. Entonces se me hacía muy difícil plantearle que me molestaba que ella se metiera en nuestras vidas.
Con el tiempo, hubo un cambio. Él supo entender que no la quería a ella cada fin de semana en nuestra casa. Además, el hecho de que no fuese ‘nuestra casa’, y que nos costase tanto el poder independizarnos, hacía todo muy cuesta arriba. El último año que convivimos fue horrible. Él se había quedado sin trabajo y se me había pegado a mí. Yo trabajaba, y cuando llegaba a mi casa lo veía a él deprimido y me deprimía la situación, realmente no me bancaba eso. Yo sabía, él era el amor de mi vida, pero no soportaba que dependiera de mí. Él siempre había sido muy independiente, y ahora lo sentía a mis pies. Yo no quería estar en casa y trabajaba hasta tarde. Además, él, con esa realidad, quería tener un hijo y yo no quería saber nada. A fin de año, después de haberlo pensado por meses y con una angustia terrible, decidí pedirle un tiempo. En ese entonces, creía que era un tiempo y nada más. Él, aunque no estaba muy de acuerdo, cedió. Me fui a lo de mis viejos. Estuvimos separados tres meses, en los que hablábamos seguido y él me pedía de volver. Yo sentía que no era el momento; hasta que él, cansado, me dijo que se terminaba de forma definitiva la relación. Empecé terapia, porque no sabía para qué lado correr. Y fue ahí donde me di cuenta que, en realidad, lo había dejado de amar. Me costó horrores aceptarlo. Pero el hecho de habernos separado pensando que era solamente por un tiempo, de alguna manera aminoró el duelo. De todas formas, creo que tanto él como yo sabíamos la verdad: ¡pero ninguno se animaba a decirlo en voz alta!”.
“No hacer cambios a la par del otro y desoír las necesidades de quien está a nuestro lado son motivos que desgastan al amor”. (Meiler)
¿Por qué cuesta tanto advertir que no se ama más al otro? Probablemente porque la seguridad de que el otro era el compañero eterno es algo que pesa. A punto tal que hasta llegamos a preguntarnos: ¿Será que, en realidad, nunca fue un sentimiento genuino? “Para nada”, afirma de forma rotunda Meiler, y remarca que pudo haber sido sólo un deseo o bien un sentimiento profundo. “Hay que ver qué buscábamos en esa persona cuando la elegimos. Tal vez, sólo quisimos escaparnos de la casa paterna o de un amor no correspondido, o teníamos cierta edad, queríamos formar una familia y esa persona nos cayó como anillo al dedo para lograr lo que deseábamos. Luego de alcanzar nuestros objetivos, lo que nos unía dejó de tener sentido”.
Por su parte, el psicólogo Juan Pinetta, del Centro Racker de la Asociación Psicoanalítica Argentina, afirma que: “Es necesario diferenciar el amor maduro de aquel que se caracteriza por una intensa necesidad patológica de compañía para no perecer, lo cual lleva a querer controlar al otro de forma irreflexiva. También, hay que distinguirlo de cierta suerte de amor por temor al abandono, donde por asegurar la permanencia del partenaire, uno puede llegar a convertirse en el objeto de él”. Entonces, continúa, tomando como base a la pareja “normal” -aquella que se plantea los motivos que pueden llevar al desamor-. La pérdida del amor se puede deber a que el otro ya no está en capacidad de responder a las expectativas originarias, o a que uno mismo cambió sus expectativas volviéndose más exigente. Además, para llegar a esto debe haberse deshecho, si la hubo, la capacidad de negociación y de adaptación mutua. Por otro lado, prosigue el especialista:
“El llamado aburrimiento en una pareja sin conflictos, no es otra cosa que la falta de vitalidad para recrear a la relación en forma permanente, o una sobre expectativa que la realidad no puede brindar. No obstante, la mayoría de las veces, se trata de la propia persona que se siente aburrida al carecer de proyectos personales. También están los casos de parejas con hijos, en las cuales el amor filial sirve para camuflar la crisis en el matrimonio, que aparece cuando se vacía el nido”.
Cuando lo dejan a uno
En la película Blue Valentine, una historia de amor, él se enamora perdidamente de ella apenas la ve. La persigue con la convicción de que será su mujer y, como una premonición pero con la idea de conquistarla, le canta esta canción: “Tú siempre lastimas a quien tú amas/ a aquel que ni deberías de lastimar/ tú siempre tomas la rosa más bella/ y la aprietas hasta que los pétalos caen/ tú siempre rompes el más dulce corazón/ con una palabra que ni siquiera puedes recordar/ así que si rompí tu corazón anoche/ es porque te amo… más que nada”.
Viven juntos una bella historia de amor. Después de un tiempo, ella se desamora. Previamente, le cuestiona a su marido el no tener objetivos más pretenciosos, a lo cual él le responde que le alcanza con su trabajo y con el amor que le tiene a ella y a su hija. Primero, la mujer le demuestra el no quererlo más, negándole una noche de pasión -lo esquiva hasta que él se harta-. Y después, sus palabras sinceras le vacían el alma a quien, hasta hacía unos meses, había sido su gran amor.
Juan (28) músico, vivió algo similar. Conoció a su mujer en el secundario, cuando tenían 17 años. Se enamoraron y, después de siete años de noviazgo, decidieron irse a vivir juntos.
“Ella había seguido una carrera universitaria y estaba muy abocada a su profesión. Yo soñaba con vivir de la música. Mientras me preparaba y con mi banda tratábamos de hacer algo que nos dé de comer, por mi cuenta daba clases de guitarra. Ella ganaba más que yo, y aunque me molestaba un poco, me ponía feliz que le fuera bien. Aunque nos amábamos con el alma, no coincidíamos en muchas cosas. Ella odiaba a mi banda, no le gustaba en absoluto ni la música que hacíamos, ni mis amigos. Entonces, cuando tenía algún recital, iba solo. Al principio me acompañaba, pero cuando regresábamos a casa nos peleábamos porque siempre hacía algo que le molestaba.
Cuando cambió su trabajo por uno en el que le iban a pagar mucho más, empezó a estar más distante. Me hablaba siempre de sus compañeros, y en especial de uno. Yo no me daba cuenta, pero con el tiempo entendí que en realidad empezó a dejar de quererme en ese momento.
Estuvimos juntos un año más, hasta que ella me dijo lo que nunca hubiera querido escuchar: que no me amaba más. Para todo esto, ella ya estaba saliendo con su compañero; lo que empeoró mi dolor aún más. Cuando se fue, sentí un vacío y una tristeza inmensos. No salía, mis amigos hacían lo posible por verme mejor, pero no había caso. Claro que el tiempo curó las heridas, pero a veces siento que se me va a hacer muy difícil volver a confiar en alguien y entregarme”.
Pinetta señala: “El ‘no te amo más’ marca un evento disruptivo, algo que emerge ante nosotros como un evento estresante, al modo de un accidente, una pérdida. Es, de hecho, la pérdida de un ‘estado de cosas’, más o menos, ideal”. Pero, explica, no lo viven todos de la misma manera, dado que depende, entre otras cosas, de la personalidad. Por un lado, está quien lo puede vivir como una forma de abandono vital, un trauma no procesable que lo lleve a una profunda depresión. En el otro extremo, está quien tiene una cierta indiferencia ante el hecho, lo cual implica -por muy variadas causas que nunca amó al otro. Por último, en el medio, está quien acepta la crisis por la pérdida de quien aún ama y trata de reconocer que ya no va a haber una reciprocidad con esa persona; y acepta, además, que puede haber otra que lo haga. Es el conocido proceso de duelo normal.
“El aburrimiento en una pareja sin conflictos no es otra cosa que la falta de vitalidad para recrear la relación de forma permanente”. (Pinetta)
¿Puede no morir el amor?
Cuando se sufre por amor, el simple hecho de respirar lastima. Como si el aire entrara contaminado y se exhalase un penetrante ácido. Y entonces uno pide, más que ninguna otra cosa, que en las noches mudas, sólo hable el amor más sincero. No más desengaños, no más daños al alma ajena. Cuando se percibe el desamor, el corazón galopa desconcertado, la tristeza inunda el presente y el saber que nadie nunca más nos va a amar de esa manera, buena o mala, se establece en nuestro pensamiento como una verdad absoluta.
Duele la existencia. Para evitar llegar a este punto, ¿cómo saber que lo que se siente por el otro, y viceversa, es genuino afecto? El amor, explica Adrián Sapetti, médico sexólogo y psiquiatra –también escritor de, entre otros, Confesiones íntimas-, tiene que ver con el respeto por la pareja, la admiración por el otro, el estimularlo en sus actividades, sus deseos, y valorar lo que nuestro compañero logra. También, con disfrutar de los encuentros, incluidos, por supuesto, los sexuales. En cambio, recalca, cuando se pierden el respeto y la admiración por el otro, el vínculo se vuelve aburrido.
Uno de los principales victimarios del amor es la monotonía, la cual puede llegar por los años, por los hijos, las enfermedades y miles de otros motivos. En parejas jóvenes, la pérdida del amor se puede deber a la pérdida de la ilusión (“pensé que, una vez casados, él iba a cambiar”); una  desilusión de lo que iba a ser el compañero, y de lo que uno mismo iba a ser con él. Sin embargo, con un dejo de positivismo, el especialista aclara: “No todo final es un cierre definitivo; en ocasiones, algunos necesitan separarse para volver a encontrarse, ya que la reconquista los lleva a amarse de nuevo, a desear estar con ese ser conocido que se muestra renovado”.
Habrá que pensarlo dos, tres, cuatro veces antes de dar el salto, con o sin red. Porque muchas veces el paso de la pasión exquisita de los primeros tiempos al momento en que la pareja llegue a consolidar el amor real (claro, si existe), la placidez que se alcanza puede resultar apabullante, y hasta llegar a confundirse con la muerte del sentimiento.
Ya lo dijo el filósofo alemán Arthur Schopenhauer: “Una vez satisfecha su pasión, todo amante experimenta un especial desengaño: se asombra de que el objeto de tantos deseos apasionados no le proporcione más que un placer efímero”. Pero claro, si el espíritu grita que así la cosa no va más, se lo deberá atender. Él sabe, más que el raciocinio, cuándo es momento de abrir un paréntesis o de poner un punto final. Dar vuelta la página puede costar. No obstante, hacer lo que se siente -aunque requiera de dolor y lágrimas- brinda una recompensa al alma inconmensurable. Y quizás, quién sabe, se logre escribir un nuevo relato de amor, en el que los protagonistas sean felices y coman perdices.
Fuente:

Buenos días amigos, les mando un abrazo de oso.


"Cuando todos los días resultan iguales es porque el hombre ha dejado de percibir las cosas buenas que surgen en su vida cada vez que el sol cruza el cielo", Paulo Coelho